El mito Sebreli

Por Pablo Alabarces.

Su pensamiento forma parte de aquello mismo que critica: la liviandad exasperada con la que nuestra cultura erige a ciertas figuras como faros intelectuales o culturales a despecho de sus pobrezas.

En su último y más o menos flamante libro, el celebérrimo intelectual todoterreno Juan José Sebreli la emprende, como dice el subtítulo, contra los mitos argentinos. Contra cuatro de ellos: Gardel, Eva Perón, el Che y Maradona. El ensayo está –desde el comienzo– fatalmente incompleto, porque no puede ocuparse de otro de los mitos centrales de nuestra cultura, que es, justamente, el propio Sebreli.

Posiblemente, la trayectoria de Sebreli sea más o menos desconocida para el gran público, incluso para sus lectores actuales. De joven, sartreano, filoperonista y animador de la revista Contorno (junto a, entre otros, Noé Jitrik y los hermanos David e Ismael Viñas), estudió sociología en la UBA para luego dedicarse desde los años 60 al ensayo como género literario: una tradición poderosa de la crítica intelectual y la producción cultural latinoamericana, en un arco que va de Sarmiento a Martínez Estrada, para ser escueto. En esa línea, se convirtió en best seller en 1964 con su Buenos Aires, vida cotidiana y alienación, su mejor libro. En Eva Perón: ¿aventurera o militante? asumió lo que hoy llama su “peronismo izquierdizado prepolítico”, que le permitió paradójicamente el último destello de su talento. A partir de allí comenzó la deriva habitual latinoamericana: nuestro hombre de letras fue virando hacia la derecha –otro arco: el que va de Lugones a Vargas Llosa, también escuetamente– y a exhibir un antiperonismo militante y con mejor prensa. Su retorno a la fama fue con Los deseos imaginarios del peronismo, en 1984, y a partir de allí nos viene asestando golpes con cierta periodicidad no exenta de oportunismo: en 1998, casualmente antes del Mundial de Francia, reeditó su viejo Fútbol y masas, de 1981, agregándole un par de capítulos y titulándolo La era del fútbol.

En Comediantes y mártires –este último libro que nos ocupa– Sebreli pone en escena sus recursos habituales, hasta con cierta exasperación. Ellos son, a grandes rasgos, tres: el lugar común, la referencia falaz y el error empírico. La argumentación de Sebreli, a despecho de su reivindicación crítica, está plagada de lugares comunes que viene diseminando hace un cuarto de siglo: el más notorio es el de la asociación del peronismo con el fascismo nazi, pero el más grosero es el de la descalificación en bloque de todo lo que llama el estructuralismo y el postestructuralismo (la facilidad con la que envía a Foucault al arcón de los “irracionalistas” da un poquito de vergüenza ajena). Las referencias falaces consisten en aludir a fantasmas: “Los intelectuales populistas proclaman que sólo la comunión con la sensibilidad popular permite percibir la emoción de los mitos populares”, sostiene en la página 15, sin citar un solo ejemplo en su auxilio; o la vieja muletilla de que los pobres beneficiados por las dádivas peronistas eran “desclasados más que trabajadores” (103).

Pero la mayor grosería es su desprecio por la empiria, la “realidad” que paradójicamente invoca en su respaldo. Para ser un destructor de mitos, Sebreli carece de información suficiente, o no chequea adecuadamente sus datos: afirma que Maradona fue exceptuado del servicio militar –y a la página siguiente transcribe sus declaraciones como “soldado”–; sostiene que el Napoli lo sometió al antidoping finalmente positivo de 1991; declara suelto de cuerpo que “el dictador Videla dirigía, desde el canal de televisión estatal y por vía satélite al Japón” los saludos a Maradona –como si en 1979 hubiera habido otra cosa que canales estatales–; y llega a su esplendor cuando critica el robo del cadáver de Aramburu realizado por Montoneros para reclamarle a Lanusse el cuerpo de Evita. Un gesto estremecedor: lástima que ocurrió en 1975, cuando la presidenta era Isabel y no Lanusse… El colmo de sus aberraciones argumentales consiste en cuestionarle a Horacio González el uso de La razón de mi vida como fuente de sus análisis, afirmando que “es arbitrario interpretar a Perón y a Evita (…) en base a la lectura de textos que ni siquiera escribió ella” (108). Apenas ocho páginas antes, había comparado La razón… con Mi lucha, el manual hitleriano.

El problema no está en que Sebreli cuestione los mitos: es una tarea indispensable de las ciencias sociales cuestionar los mitos, las fantasías, los lugares comunes sobre los que se construye una cultura. Pero esa tarea exige, como toda la sociología contemporánea ha demostrado, someter el propio trabajo a examen, para evitar repetir aquello que se cuestiona. El pensamiento de Sebreli forma parte de aquello mismo que critica: la liviandad exasperada con la que nuestra cultura erige a ciertas figuras como faros intelectuales o culturales a despecho de sus pobrezas. Exagerando, pero no tanto: Sebreli es a la sociología lo que Tinelli a la cultura de masas. No en vano, hace unos años le dio clases de filosofía a Mirtha Legrand. Los resultados están a la vista.

Comentá la nota