Un minué de hombres que ya estaban

Por Joaquín Morales Solá

No se fueron Julio De Vido ni Guillermo Moreno. Aníbal Fernández, el vocero más confiable que tuvo Néstor Kirchner en los últimos años, fue ascendido. Amado Boudou, un complaciente ejecutor de las órdenes del ex presidente, se encaramó al Ministerio de Economía. Julio Alak, uno de los espadachines de Kirchner para lograr la estatización de Aerolíneas Argentinas, también escaló hasta llegar al Ministerio de Justicia. La conclusión no puede ser otra que la de un gobierno cada vez más encerrado en sí mismo.

Hasta los amigos de Kirchner venían aconsejándole que formara un gobierno de "unión peronista"; esto es, un gabinete que expresara la opinión, cada vez más disidente, de los gobernadores que habían ganado en sus provincias el 28 de junio. Pero el mandamás de la administración decidió no escucharlos; en los últimos días, ya ni siquiera atendía esas llamadas.

Kirchner ha elegido como estrategia definitiva ratificarse en sus posiciones y reconstruir su liderazgo con las mismas políticas ?y los mismos hombres? que lo llevaron a la derrota de hace diez días. La respuesta al reclamo electoral de la sociedad consistió en decirle a ésta que ella está equivocada y que lo único que les importa a los gobernantes argentinos es no cambiar nada.

Es difícil imaginar un futuro sin recurrentes problemas en medio de tantas intransigencias. Alfonsín, en 1987, y Menem, en 1997, también se abroquelaron en torno de sus hombres y de sus políticas luego de derrotas electorales. Los políticos argentinos reaccionan como si tuvieran la certeza de que no los venció la voluntad social, sino una suma de traiciones políticas. Y a esas supuestas traiciones en el campanario les contestan abrazándose a los últimos islotes de lealtad que entreven.

Al fin y al cabo, lo que el matrimonio presidencial ha hecho ayer fue un simple cambio de funciones entre funcionarios que ya estaban en la administración y que, eso sí, habían demostrado una lealtad ciega a la voluntad del ex presidente. ¿Acaso no merecía un premio Aníbal Fernández luego de lanzar ayer mismo la candidatura presidencial de alguno de los dos Kirchner para 2011?

El flamante jefe de Gabinete no carece de audacia: tiró esas candidaturas cuando todo el peronismo viene analizando quién o quiénes integraran la mejor fórmula para ganarle a la propuesta no peronista, que esta vez tiene candidatos que cuentan con la simpatía popular. ¿Reutemann o Macri? ¿Y si fueran Reutemann y Macri?, preguntaban los peronistas. No, será un Kirchner, respondió Aníbal Fernández.

Boudou estudió en la universidad del liberal CEMA, pero fue el hombre que ejecutó la estatización de los fondos de pensión. Recién llegado a la cima de la política, es una persona agradecida hacia los autores de una carrera tan meteórica como contradictoria. Si Miguel Peirano y Martín Lousteau no pudieron con Moreno, menos podrá Boudou, que no tiene los pergaminos de economista de aquellos dos.

Su presencia en la jefatura de la cartera económica garantiza, además, la continuidad de Ricardo Echegaray al frente del ente recaudador. Etchegaray es peor que Moreno para las organizaciones agropecuarias, pero cuenta con la eterna confianza de Kirchner. Todo lo que está es creación política y personal de Néstor Kirchner y figura entre ellas, también, la continuidad de la guerra que les declaró a los ruralistas.

Kirchner es Kirchner. Venía repitiendo que el Gobierno había perdido la elección del 28 de junio por "un poquito". Sólo la escuela de los caudillos latinoamericanos cree que las elecciones se ganan o se pierden por 20 puntos de diferencia. En Europa o en los Estados Unidos, partidos políticos han ganado o han perdido gobiernos con menos porcentaje de diferencia que el que él tuvo en Buenos Aires. Pero ese error en el diagnóstico lo condujo, irremediablemente, a equivocar la solución del conflicto. ¿De qué serviría hacer grandes cambios, sobre todo si se tratara de sus sublimadas políticas y de sus leales hombres, si la derrota fue una cosa menor y despreciable?

La situación se convierte en más sombría aún para Daniel Scioli. Kirchner delegó en el acto en Scioli, el día después de la derrota, la conducción formal de peronismo para esquivar las críticas de sus partidarios. A los gobernadores, por ejemplo, no les importa castigar al bonaerense, sobre todo cuando suponían que Kirchner sabría leer esos cuestionamientos. Van dirigidos al ex presidente, en rigor. Kirchner decidió ayer ignorar esas objeciones y jugar su juego. Los gobernadores harán también su propio juega a partir de ahora.

Un enorme porcentaje de los votos antikirchneristas de las perdidosas elecciones fue un claro rechazo a esos modos encerrados y endogámicos de hacer política. Sin embargo, nada es más parecido al aislamiento absoluto que lo que sucedió ayer: una danza y contradanza de hombres conocidos del poder, un minué interminable de funcionarios que ya estaban. Alak puede dirigir la Justicia de la misma manera que manejaba los aviones de Aerolíneas Argentinas. La compañía aérea cayó en manos de Hugo Moyano (la familia Recalde cuenta con la máxima confianza del líder sindical) para que éste no se terminara yendo con Duhalde.

No hay coherencia ideológica si se miran las cosas desde muy arriba. Aníbal Fernández y Boudou no vienen de ningún progresismo. ¿Importa eso? Por ahora, al que menos le importa es a Kirchner, decidido a aplicar sus parámetros ideológicos con hombres resueltamente leales, dispuestos a cumplir las resoluciones de la cima, sea cuales fueran ellas. El Gobierno prefirió insistir con los desdichados métodos que Kirchner practica desde que conoció el poder y ha perdido, así, la mejor oportunidad que tenía para superar la resaca de la derrota.

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