Ministro de Cultura en problemas

Por: Sylvina Walger.

Frédéric Mitterrand escribió un libro, La mala vida, cuando todavía era presentador de televisión. En el último capítulo, "Bird", cuenta su vida sexual con adolescentes en Tailandia.

Sus tribulaciones comenzaron cuando el 27 de septiembre detuvieron en el aeropuerto de Zúrich a Roman Polanski, por una violación ocurrida hace 32 años en Los Ángeles, cuya condena el director de cine evitó aplicando el sencillo trámite de la huida. Frédéric Mitterrand, ministro de Cultura de Francia y sobrino del ex presidente de ese país, calificó a Polanski –ciudadano francés y polaco– como "víctima de un arresto horroroso", hiriendo sensibilidades –Polanski había admitido la violación– muy a flor de piel. Por ejemplo, las del ultraderechista Frente Nacional cuya vicepresidenta, Marine Le Pen, tiene un buen manejo de la oportunidad y el cinismo. La sensibilidad parece serle más desconocida. La rubia Marine que pretende aggiornar su partido y heredar a papá Jean-Marie, y que incluso se ha declarado abortista, vio en el episodio una oportunidad para echarle sombra al gobierno de Sarkozy por su supuesta apertura a la izquierda.

Se dedicó a revisar el pasado de Frédéric y encontró que en 2005, cuando todavía era presentador de televisión, había escrito un libro, La mala vida (La mauvaise vie, Ediciones Robert Lafont). Ni autobiografía ni novela, La mala vida es una mezcla de relatos imaginarios con episodios vividos por el autor. El más fuerte es el penúltimo capítulo, "Bird", donde Frédéric cuenta su vida sexual en Tailandia. Un verdadero error en un país que, como Francia, está comprometido en la lucha contra el turismo sexual.

Cuando salió, el libro tuvo una buena acogida por parte de la crítica. Le Nouvel Observateur no encontró ninguna obscenidad. Le Monde escribió que "seguramente no imaginan al hombre que revela ese libro (…) delicado, púdico hasta la impudicia". La mala vida vendió alrededor de los 200 mil ejemplares. Sarkozy lo había leído a pedido del autor cuando lo designó al frente de la codiciada Villa Médici, sede de la Academia de Francia en Roma. Como buen francés, el presidente sostuvo que la vida privada de las personas no era materia de discusión. Aunque a Frédéric le dijo que lo encontró "valiente y hecho con talento". Pero lo más incómodo para el presidente de Francia es que Mitterrand llegó recomendado por su mujer, Carla Bruni.

La señora Le Pen subrayó unos cuantos párrafos y los leyó en voz alta el lunes 5 de octubre, en una emisión de televisión. En ellos, el autor reconoce que le gustan los hombres y jóvenes, no dice nunca que le gustan los nenitos –es que para el FN, homosexualidad y pedofilia son lo mismo–, reconoce que pasó una noche intensa con un tal "Bird", quien además tenía noviecita –los "niñitos" no suelen tenerlas.

Marina Le Pen logró su objetivo e impuso la agenda política de la semana. Convertida en portavoz del sentido común popular "frente a una casta que piensa que tiene el derecho a hacer lo que quiere y cuyos miembros se protegen entre sí".

Mientras, reclamaba la renuncia de Mitterrand. También atacó a Sarkozy por haber prometido durante su campaña electoral "dar vuelta la página del 68 y sus excesos", que a sus ojos encarna el ministro de Cultura.

El debate se extendió y ha provocado divisiones tanto dentro de la izquierda como de la derecha. Los socialistas, llenos de rencor y deseos de venganza por el constante robo de dirigentes a que los somete Sarkozy, pidieron también la cabeza de Mitterrand.

Por si todo esto fuera poco, alguien hizo llegar a la prensa una carta de cuando el ministro era el director de Villa Médici, en la que intercedía ante la Justicia por dos violadores residentes en la isla de la Reunión –una pequeña colonia francesa en el Índico– y se ofrecía como garante moral para reinsertarlos en la sociedad. Uno resultó ser, además, su ahijado. Eran los hijos de su maquilladora cuando trabajaba en televisión. Peor suerte imposible, los violadores, como corresponde, cumplen una larga condena en prisión.

El jueves 8, y siguiendo en parte instrucciones del Elíseo, se presentó en televisión para hacer su descargo. En los estudios de TF1 precisó que no pensaba renunciar, admitió que pagó por sexo en Tailandia, pero que en ningún caso hizo apología del turismo sexual. Aceptó que tenía relaciones con varones (sic) a veces más jóvenes que él, pero no con efebos. También admitió haberse extralimitado con Polanski. Y finalizó con un "no se trata de un complot, pero si me llamara Tartampion, no pasaría por estas indignidades".

En algún sentido, Mitterrand está pagando no sólo su defensa de Polanski sino también su calidad de artista que le cuesta plegarse a los códigos de la política. Entre sus logros como ministro se cuenta el hacer pasar la ley Hadopi que penaliza duramente las descargas por internet. Luego de su designación, Frédéric no ha hecho nada como los otros y no respeta el protocolo ni sus modales. Una de sus gaffes fue contar su designación como ministro al diario italiano La Stampa antes de que el Elíseo hubiera dado el comunicado pertinente.

A sus consejeros los vuelve locos con su imprevisibilidad. Les ordena cosas que, normalmente, toman tres semanas y ellos deben resolverlas en tres horas. Le gusta insistir con que no pertenece a ningún bando, y tanto asiste a la universidad de verano de la UMP (el partido de Sarkozy) como se presenta en la fiesta de L’Humanité (el diario del Partido Comunista). Este año, su estadía en la fiesta fue más que breve, lo sacaron carpiendo al grito de "vendu" ("vendido").

Los corresponsales no lo han tratado mejor. El del diario El Mundo de Madrid tituló "El ministro de Cultura pedófilo de Sarkozy". El título de Time fue un poco más humano: calificó el episodio como "muy francés", pero vaticinó que "el mal ya está hecho". Los franceses saben, ahora, que quien detenta uno de los más prestigiosos ministerios es un adepto proclamado del turismo sexual.

En su editorial del 9 de octubre, Le Monde destaca que Mitterrand habla de un acto homosexual, no de pedofilia, de una relación consentida entre adultos. "¿Mitterrand ha cometido una violación?", se pregunta, "No. Entonces, si el ministro no ha mentido sobre la edad de sus parejas sexuales, el linchamiento del cual es víctima es una fea mancha sobre todos aquellos que, en nombre de mezquinos intereses, desean voltearlo". Otra periodista del mismo diario escribió que "si bien Frédéric Mitterrand reconoce haber hecho turismo sexual, nada sugiere, en sus escritos, que lo haya hecho con menores".

Mientras, el responsable de semejante tormenta, el setentón Roman Polanski, se encuentra encerrado en una prisión secreta en Zúrich bajo condiciones bastante duras. Sólo puede usar el teléfono esporádicamente y recibir visitas semanales de una hora. ¿Habrían aplicado la ley con tanto rigor a un financiero, dictador o ministro?, se pregunta más de uno.

Polanski, efectivamente, cometió una violación y la admitió, pero peor es Suiza que deja entrar a cuanto corrupto con billetes se acerque a sus "templos" (los bancos). En este caso, el cineasta está pagando la necesidad de Suiza de lavar sus cuantiosas deudas con la comunidad internacional. Una linda manera de quedar bien con el gobierno norteamericano, al que le negó conocer las cuentas de sus compatriotas.

Detenido a los 76 años el 27 de septiembre de 2009 en el aeropuerto de Zúrich, el mismo día en que Susan Atkins, la discípula de Manson que degolló a Sharon Tate y apuñaló a su bebé, moría de un cáncer cerebral en la cárcel de California.

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