Miles de residentes en Argentina cruzaron el río en clima de fiesta

"Clarín" viajó en uno de los barcos, en los que los uruguayos viajaron a su país para votar.
"La 18 de julio va a quedar chica para tanto festejo", avisa don Acuña, que de puro coqueto esconde la edad pero no su uruguayísimo nombre Wilson. Ojos de bonachón y pelo bien canoso, lleva anudada al cuello una bandera tricolor, "la de Artigas y del Frente", que llevan la firma del Pepe Mujica y otros dirigentes tupamaros. Y además una leyenda de Don José, el padre de su patria: "La causa de los pueblos no admite la menor demora". A este dueño de un bufet gastronómico en Buenos Aires se le parecen casi todos los pasajeros del Silvia Ana, uno de los ocho barcos que Buquebús despachó el fin de semana para cubrir parte de una demanda de 25 mil uruguayos que volvieron a cruzar el charco hacia el "paisito" para votar. Ellos lo definen como una obligación moral, una tradición cívica. O, simplemente, otro acto de amor para apagar el desarraigo. El "voto Buquebús" fue determinante, según los analistas, para que Tabaré Vázquez se alzara para el Frente Amplio con la presidencia en primera vuelta de 2004. Tanto que el Partido pactó con la empresa un precio único de $ 40 (ida y vuelta, es decir entre cinco y diez veces menos que el pasaje normal) para que ningún oriental se quedara sin viajar.

Sin la pasión desbordante de aquella vez, pero con la certeza y tal vez la tranquilidad que auguran las encuestas, la escenografía a bordo derrama de uruguayez frenteamplista. Hay mate con yerba Canaria, camisetas de Peñarol y Nacional, bigotes setentosos, tupidos y ya canosos, un "A mi Gente" sonando por los Los Olimareños que se escapa de un celular, los "ta, ta, ta" y las sonrisas que iluminan rostros en su mayoría arrugados. Para los uruguayos de acá y de allá, del Frente, blancos o colorados, votar es una verdadera fiesta. Se embanderan, se trenzan en respetuosas discusiones, se alegran, se toleran. Y muchos de los 300 mil que viven en la Argentina, lo repiten cada cinco años.

"Por favor no ocupar asientos con bolsos ni equipaje ya que la totalidad del buque fue vendida", dice una voz de bingo desde el parlante. Y hay que hacer caso para no dejar a ningún "hermano" parado. En una mesita con vista al río-mar, una familia entera mata el tiempo mateando (qué novedad), leyendo el diario y chismeando. A su lado, Líber Suna, tapicero de profesión y argentino por amor, llegó con la primera oleada inmigratoria masiva, a mediados de los '70. "Pero ni pienso en volver al Uruguay. Por mi forma de ser me siento argentino. Lástima que por las trabas nunca pude hacer los papeles", afirma.

Casi al descuido, Gladys Epifanio (59, encargada), a quien su propia familia oriental la recibe habitualmente con un "llegó la Mirtha Legrand o la Su Giménez", de acuerdo a cómo se acomode su melena rubia, tira un palito a la argentinidad: "Nosotros somos más tranquilos, humildes y solidarios. No somos ni amargos ni agrios".

Desde el free shop los empleados miran aburridos y asumen que el target no da para una jornada de recaudación. De repente María de los Ángeles se cruza ofreciendo boinas tricolores. Explica que las teje una amiga y ella las vende para recaudar para el Frente. Está feliz y lo grita, jura que en los cinco años de gestión de Tabaré Vázquez se hizo más que en 70 de bipartidismo, y que su voto cantado lo pondrá en el Buceo, lejos de su Merlo adoptivo.

El culto a lo uruguayo tiene sus fans. Ulises Guede (35) no vota porque es argentino, pero siempre acompaña a tres compañeros de trabajo. ¿El motivo? "Siempre digo que vengo a hacer un máster en mate, aunque la verdad me interesa el proceso, la construcción de la política. Soy hijo de desaparecidos y el personaje Mujica es atractivo, tiene la generosidad que tenía mi viejo y lo veo reflejado". Cerquita suyo, Leonel (36, docente) se une en la melancolía de una generación que mamó el retorno a la democracia en recitales y actos políticos de uruguayos en Buenos Aires. "La felicidad es muy grande. Y me hubiera encantado que Pancho, mi viejo, pudiera haber disfrutado y cumplido su sueño de compartir un gobierno votado por él"

La corta travesía toca tierra. Maravilla el buen humor de todos y las cosquillas en la panza que contagia el sentir que "algo lindo está por ocurrir", festivo y sin distinción de banderas políticas, no se empañan entre los apretujones y "permisos" y desorden siempre evitables que propone la travesía Buquebús.

La ansiedad del familiar que recibe, las explicaciones a los chiquilines que preguntan a qué vienen y las banderas que abrazan sueños lo llevan a uno a contagiarse, a percibirse como parte importante de un evento maduro y democrático.

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