Miles de haitianos buscan escapar por la frontera con Dominicana

Sólo dejan pasar a los heridos. Otros quieren llegar a Puerto Príncipe para encontrar familiares.
No hay división política, social o cultural a la hora de medir el dolor. De ambos lados de la frontera se llora, se gime y se levantan los brazos. La línea fronteriza entre República Dominicana y Haití está repleta de oficiales de las Fuerzas Armadas. Se intenta mantener el orden. Pero los haitianos se aglomeran en los grandes portones. En medio de un gran griterío, unos quieren entrar a territorio dominicano, huir del horror. Otros buscan ingresar a Haití para recibir noticias -de primera mano- de sus familiares que sufrieron el terremoto del martes. Son malabaristas que tratan de saltar el gran muro del pánico, la incertidumbre y la angustia.

Todo resulta muy difícil. A la llegada de miles de heridos a los hospitales dominicanos, tanto por aire como por tierra, se suma el aumento de los controles de seguridad y chequeo en la frontera para evitar la entrada masiva de haitianos. A la vez, decenas tratan de cruzar la frontera para llegar a la casa de familiares en Puerto Príncipe. Temen, sin embargo, que las autoridades dominicanas no los dejen entrar nuevamente. "Quiero ver a mis familiares, pero es un verdadero dilema", reconoció Chinelo, un vigilante haitiano. Agregó que su esposa está muy preocupada, porque no se han podido comunicar con sus parientes en la capital haitiana. Han decidido preparar las valijas para buscar noticias.

La incertidumbre y el pánico han trastornado la vida de los haitianos que viven en Dominicana. En el Pequeño Haití, una zona comercial en la que los haitianos se ganan la vida en Santo Domingo, reina la tristeza por no saber el destino de familiares y amigos. Jean Louis, un vendedor haitiano, expresó su desesperación. "No aguanto más, me voy a ver a mi familia a Clercine", sollozó.

Ante esta realidad, el director de Migración, Sigfrido Pared Pérez, suspendió las repatriaciones de ciudadanos haitianos indocumentados que residen en el país hasta que Haití se restablezca.

El presidente dominicano, Leonel Fernández, no cree en la posibilidad de que un gran problema migratorio. Pero los ómnibus que ofrecen trasporte a Jimaní, punto de acceso más cercano a Puerto Príncipe, no dan abasto. Radhamés Suárez, control de la parada, dijo que la demanda creció en las últimas horas. "Cada 25 minutos está saliendo una guagua (ómnibus) hacia Jimaní cuando lo normal es que salgan cada 40".

En los hospitales dominicanos, donde muchos de los heridos han sido trasladados de emergencia, se escucha una misma nota musical: el llanto. Familiares y amigos de posibles víctimas se amontonan en los pasillos y las puertas en busca de información. Los mostradores del Hospital General Plaza de la Salud y el Centro de Medicina Avanzada y Telemedicina (Cedimat) recibían pedidos cada minuto. Jean Michel, un estudiante haitiano, quería recibir información de sus parientes. "No se dónde están, quiero saber si están aquí", dijo nervioso. Otro centro que ha recibido gran cantidad de heridos es el Hospital Darío Contreras. El director del hospital, Héctor Quezada, llamó a la ciudadanía a donar sangre. El centro no tiene la suficiente cantidad para atender a los pacientes referidos desde Haití. El Centro de Operaciones de Emergencias (COE) aseguró que unos 2 mil heridos fueron atendidos en dos hospitales de Jimaní y Barahona, fronterizos con Haití, y que 200 de ellos fueron intervenidos quirúrgicamente.

No hay otro tema del que se hable en las calles. Muchos dominicanos también lloran. Desean un consuelo para el empobrecido y azotado Haití. Esta tragedia no sólo enluta a los haitianos, ya que al menos se ha reportado la muerte de unos seis dominicanos y se cree que las víctimas criollas podrían ser decenas.

Doce vuelos salieron de la Embajada dominicana en Haití en el inicio de una operación humanitaria para evacuar a los ciudadanos dominicanos afectados por el sismo. Camiones repletos de comida, comedores ambulantes y helicópteros van y vienen. De un lado al otro se transporta de todo. Las iglesias, las empresas privadas, la ciudadanía, los medios de comunicación y el Estado se esmeran en colaborar.

Más allá del desastre, la tristeza y el olor a muerte, una niña haitiana vende -junto a su madre- ropas usadas en Dajabón, trabajadores haitianos van a labrar los campos dominicanos, o un niño de ese país pide algunas monedas en las calles de Santo Domingo. Pareciera que nada pasó. Tratan de salir adelante en medio de las adversidades, aunque se les augure un futuro cada vez más incierto y sombrío.

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