Mientras viene el verano

Por Mario Wainfeld

“Sancho, juzgo que debes ser gobernador de mil ínsulas: buen natural tienes, sin el cual no hay ciencia que valga. Encomiéndate a Dios, y procura no errar en la primera intención, quiero decir que siempre tengas intento y firme propósito de acertar en cuantos negocios se te ocurrieren porque siempre favorece el cielo los buenos deseos.”

Los Kirchner suelen ser invitados incómodos en los encuentros empresarios. El ex presidente trascendió las fronteras, allá lejos y hace tiempo, para reprender de cuerpo presente a lo más granado del empresariado español. “Nos hizo parir”, dicen que le dijo José María Cuevas, pope de ese sector; se sentaba un precedente. Cristina Fernández dejó de lado esa tradición el martes: habló ante la plana mayor de la Unión Industrial Argentina (UIA) y de la Cámara Argentina de la Construcción y les hizo anuncios que deseaban escuchar. No era (en especial en el caso de la UIA) lo que esperaban ni lo que más ansiaban. Pero, aunque las medidas los sorprendieron y no los colmaron (misión imposible si las hay), los halagaron.

Las repercusiones fueron congruentes con el guiño, pues llovieron loas de los anfitriones, hacía un rato largo que no se juntaban tantas. Hermes Binner, un opositor sui generis que habla con serenidad y no se pone por reflejo de punta con el Gobierno, se sumó a los plácemes.

La Presidenta indicó un rumbo productivista, atendió reclamos sectoriales, mostró estar preocupada por el empleo, la recaudación y los equilibrios fiscales. Tuvo cuidado en indicar que todo beneficio ofrecido tiene una contrapartida virtuosa (formalización de trabajadores, pago de impuestos, por caso)... seguramente las palmas corporativas batieron más por los logros sectoriales y por haber sido contemplados por el Gobierno.

El neonato Ministerio de la Producción fue bienvenido, con la lógica expectativa de que será un ámbito de escucha, de articulación. Y, aunque esté contra el canon discursivo dominante, porque suponen que habrá ahí una (perdón...) caja a la que acudir.

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Money is always welcome: Es un quemo alegar a favor de “la caja”. Cuando los gobiernos del centro del mundo vuelcan fortunas al sistema financiero se habla de “medidas” o de “salvatajes”, al cronista (parroquial él) le parece que echaron mano a la oprobiosa caja estatal. Barak Obama promete crear millones de puestos de trabajo, sus funcionarios harán una cuenta simple: multiplicar cuánto cuesta generar cada uno de ellos por el número de Homero Simpson que tendrán conchabo.

Las políticas públicas se construyen con ideología, creatividad, liderazgo, consensos y otros ingredientes que queda lindo nombrar... pero en algún extremo el vil metal es necesario. Los que fulminan la voluntad de construir solidez fiscal para tornarla acción de gobierno, o son necios o mienten en cobertura de otros intereses.

El Ministerio de la Producción, si camina bien, será una interlocución especializada, facilitará el debate de las políticas, atenderá a los representantes de intereses particulares, tratará de articular con ellos. Pero nadie deja de pensar en subsidios, exenciones, regímenes especiales, reintegros. Money, money, money. ¿Es forzoso acotar que no será pecado si los recursos se aplican bien? Por las dudas, se deja constancia.

La innovación burocrática tiene una funcionalidad desde la cuna: es una señal a la sociedad y a los futuros interlocutores de Débora Giorgi de la importancia asignada al tema. Además, aligera a Carlos Fernández de tareas que no lo atraen y no son su mejor especialidad.

Mirada desde la lógica de Palacio, suma una externalidad positiva: agrega volumen a un Gabinete que promedia muy bajo. Habrá que ir viendo si Giorgi da la talla, si no se suma al exceso de funcionarios de bajo perfil y nula palabra.

Ya que por Palacio transitamos, otro interrogante es saber qué tal se llevará la ministra flamante con el hipersecretario comodín Guillermo Moreno.

La acogida de las corporaciones patronales a Georgi fue fervorosa, muy fervorosa.

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Blanco que te quiero blanco: La expresión “repatriación de capitales” contiene una palabra edificante que es impropia por partida doble. Primero porque lo que se dispuso es un blanqueo y, en esos trances, bueno es no menear a la patria. Segundo, porque los dineros en cuestión bien pueden estar a la vuelta de la esquina, en un colchón, una caja fuerte o un canuto criollos. Vuelven al circuito fiscal nativo, no hace falta que hayan cambiado de domicilio.

Un blanqueo y una moratoria ecuménica (ranqueada por el hiperbólico Sergio Massa como la mayor de la historia) tienen el acre sabor de la desigualdad ante la ley, del premio al que no cumplió. Los empresarios aducen que hubo tiempos atroces, que nadie podía pagar. Es una verdad parcial, sesgada. Seguramente hubo quien pagó y lo pasó mal, quien cerró por no poder hacerlo y hubo millones de consumidores (preferentemente pobres) que pagaron IVA como soldados así fuera porque eran el eslabón débil de la cadena y no tenían cómo evadir. Todos ellos quedan un poco off side en el nuevo escenario.

La fundamentación de los perdones fiscales no es moral, se sabe. La necesidad tiene cara de hereje, hay urgencia por recaudar y mantener el superávit fiscal, un objetivo loable. Así las cosas, se asiste a la clásica tensión entre fines y medios. Nicolás Maquiavelo, su primer teórico, zanjaba bien el tema. El florentino tiene mala prensa, pero no era un apologista de la ruindad, de la demasía ni del desparpajo. Su obsesión era la economía del mal, encarnado en sus libros en la violencia (el hombre no escribió sobre blanqueos). Honrando su memoria, podrá decirse que las disfunciones de esos medios (que son patentes desde el vamos) sólo se paliarían si la cosecha es generosa y su utilización, virtuosa.

Sin hacer vaticinios, a puro ojímetro, no da la impresión de que una reducción impositiva sea un aliciente que contrapese la desconfianza de los mercados y la propensión a la fuga. Con el tiempo se irá viendo.

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Luces y anuncios: La presidenta Cristina habló de un inmenso plan de obras públicas. Fue su promesa más importante, la única que tiene directo impacto en empleo y nivel de actividad. Pero, hasta acá, anunció que va a hacer un anuncio. Cuando se conozcan detalles o así fuera lineamientos generales y algunas cifras, se podrá sopesar cuánto hay que festejar la iniciativa, keynesiana e intervencionista como Dios manda (sólo para contexto de crisis, según predica la Vulgata).

Otras propuestas incentivan la formalización de trabajadores, un objetivo impecable que siempre debe ser remachado, aunque parezca entre difícil e imposible que se creen nuevos empleos en lo inminente.

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Del peso no se habla: El oficialismo pone sobre la mesa su activismo y sus principales preocupaciones, dignas de compartir. Los instrumentos son más controversiales.

Un silencio resonó tanto como lo que se expuso: es el referido a la paridad cambiaria, una viga de estructura del “modelo” que según muchos (incluidos funcionarios oficiales) quedó desfasada y conspira contra la competitividad. Los industriales la seguirán pidiendo en cuanto foro aparezca y en el Ministerio de la Producción cuando abra sus puertas. En el elenco del Gobierno, hay varios que piensan parecido.

El Gobierno busca lleno de esperanzas tener tiempo, dinero, iniciativa. Se acabó la era (su era) del acelerador a fondo, aquélla en que los veranos eran para excitar el consumo, solazarse con el record de turistas locales, mirar el disyuntor de reojo por el excesivo gasto de los aires acondicionados. Todo es más intrincado ahora, hay que regular la marcha, ganar tiempo, ver cómo evolucionan variables externas que fueron propicias y se soñaron eternas. Dejar que decante el verano sin mayores deterioros es toda una ciencia.

En el marasmo económico-financiero que no cesa hay muchos datos imprecisos, entre ellos la magnitud de la destrucción de riqueza y la cronología de la caída. Pero coexiste una referencia que está agendada, que causará efectos relevantes en todo el planeta: la asunción de Obama y sus primeras movidas. Mantener el volante firme, procurar que el paisaje no cambie, no atropellarse, pasan a ser fines desdeñados antaño, saludables en los tremendos días que corren.

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