La miel y la cicuta, un libro que explica la obsesión del poder

Por: Mariano Grondona.

Algunos observadores han empezado a llamar a Kirchner "el resucitado". Esta denominación parece apropiada si se tiene en cuenta que al día siguiente del 28 de junio el ex presidente parecía políticamente "muerto" o al menos agonizante, pero que ha venido ofreciendo desde entonces, como un nuevo Lázaro, inesperados signos de vitalidad.

Acaba de conseguir que el Congreso renueve por un año los poderes extraordinarios del Ejecutivo, retenciones incluidas, mediante una holgada mayoría que contrastó con su derrota de hace un año, cuando pretendió imponer sin lograrlo la aprobación legislativa de la famosa resolución 125.

A la inversa de esta ocasión los bloques kirchneristas se han alineado ahora, casi sin fallas, detrás de Kirchner, mientras antiguos opositores, como la senadora Roxana Latorre, hasta ayer invariable compañera de ruta de Carlos Reutemann, parecen haberse dado vuelta.

A ello habría que sumar que los gobernadores e intendentes también insinúan el regreso al redil kirchnerista mientras la pareja presidencial ha retomado la iniciativa política a través de "la guerra del fútbol" que le acaba de declarar a Clarín, a lo cual podría sumarse el inminente lanzamiento de un proyecto de ley de radiodifusión que, en línea con la ideología de Hugo Chávez, apuntaría a coartar la libertad de prensa de los medios audiovisuales.

Cual si fuera una reencarnación del conocido personaje que interpretó Bruce Willis, pues, Kirchner está demostrando que es políticamente "duro de matar", lo cual llama la atención si se tiene en cuenta que no "ganó" sino que "perdió" las elecciones de hace dos meses, con el agregado de que, habiéndose jugado "personalmente" en ellas, la mayoría del pueblo votó, más que contra el Partido Justicialista como tal, contra él mismo, contra su estilo agresivo y nada democrático.

Desde el momento en que el 10 de diciembre el kirchnerismo quedará en franca minoría en el nuevo Congreso, podría decirse que su primacía tiene, como dijo Duhalde, "fecha de vencimiento".

Llaman la atención, en consecuencia, dos cosas. Una es que Kirchner, habiendo perdido, se comporte como si hubiera ganado. La otra es que, si bien su destino parece sellado, es tal su "voluntad de poder" que aún sigue combatiendo ardorosamente. Citando la frase que se atribuye al poeta José Zorrilla, ¿podrá decirles entonces Kirchner a sus opositores que "los muertos que vos matáis gozan de buena salud"?

La tesis de Sagan

¿Qué nos deparará entonces el futuro inmediato? La respuesta que demos a este interrogante dependerá de la hipótesis que escojamos sobre el carácter del ex presidente. Si aquello que lo mueve es una inspiración "táctica", excepcionalmente persistente pero en el fondo "racional", lo más probable es que a último momento resuelva batirse ordenadamente en retirada procurando sacar, eso sí, el mejor provecho de una situación quizá desesperada. Pero también a Kirchner podría moverlo una compulsión "emocional" que, más que al análisis objetivo de su situación, lo llevaría a librar una incesante batalla en la que, como escribió Almafuerte, "no se daría por vencido ni aun vencido", pero ya no en función de un frío cálculo político sino en íntima respuesta a la configuración de su propia personalidad.

Puesto contra las cuerdas, ¿demostrará Kirchner ser "racional" o "irracional"?

En un libro dedicado a la fascinante vida política de los griegos, el historiador Eli Sagan ha ofrecido una introducción a la psicología de los políticos más exacerbados que ayuda a explicar la obsesión por el poder que los alimenta ( Eli Sagan, The Honey and the Hemlock , es decir, La miel y la cicuta , el lado seductor de la vida política, pero también su lado trágico, que obligó a Sócrates a beber la cicuta en obediencia a la condena que le habían impuesto los celos, la intolerancia, de los políticos atenienses).

Para analizar la ambición obsesiva de los políticos más exaltados de la historia, Sagan explica en las páginas 13 a 35 de esta obra que ellos revelan los excesos de una personalidad en definitiva paranoide . No "paranoica" porque en tal caso estaríamos frente a una "psicosis", una patología inescapable como la esquizofrenia, sino "paranoide", en cuyo caso estaríamos ante una "neurosis", es decir, ante un desorden psicológico en última instancia superable.

¿Cómo se desarrollan los caracteres "paranoides"? Sagan, desde su evidente filiación freudiana, explica que todas las personas, aún las más "normales", atraviesan en el curso de su evolución una fase "paranoide". Ella marca el paso de los sueños infantiles de omnipotencia, cuando el niño aún cree en una realidad en el fondo "mágica" en la que todo parece posible, a una edad "adulta" en la que aprende y acepta que los seres humanos somos limitados, contingentes. Durante su fase "paranoide", el niño tiende a pensar que los fracasos que empieza a experimentar frente a la indócil realidad no provienen del mundo externo sino de la conspiración de aquellos a quienes percibe como obstáculos inaceptables para la realización de sus sueños.

Cuando el niño madura, deja atrás esta fantasía conspirativa. Pero cuando no consigue hacerlo, pasa a creer que el mundo que lo rodea está poblado de enemigos, lo cual le genera una actitud general de desconfianza hacia todos aquellos que no se pliegan a su voluntad e incluso hacia aquellos que, aparentemente, se le subordinan. Esta desconfianza primordial frente a la sociedad genera en las víctimas de la "posición paranoide" una intensa ansiedad, una profunda angustia, a la que sólo pueden ahuyentar recurriendo a la única arma que les queda: la búsqueda obsesiva del control, tanto sobre aliados a los que considera inseguros como sobre adversarios a los que considera enemigos, porque cree que sólo así hallará la paz, esa maravillosa condición a la que Santo Tomás de Aquino definió como "la tranquilidad de un orden", que sus contrincantes reales o presuntos parecen negarle.

Desde una "situación paranoide" sólo el control, cada vez más control, trae el alivio de la presión que genera la lucha política, donde el "control" pasa a llamarse poder.

De ahí que, en el caso de los políticos hiperambiciosos, la búsqueda constante del poder, del dominio sobre los demás, es en definitiva una lucha por dominarse a sí mismos porque sólo mediante ella se podría calmar el desorden psíquico de quien no ha logrado superar en su edad adulta las pulsiones desbordadas de una infancia desafortunada, cuando el sujeto finalmemente madure en dirección de un mundo poblado de enemigos pero también de amigos, de adversarios pero también de aliados, un mundo "mezclado" frente al cual, de superar su afección, el político paranoide pasaría de una situación original de desconfianza a una situación plenaria de confianza.

Choque de interpretaciones

Estamos por lo visto en medio del choque entre dos interpretaciones opuestas sobre el destino del país y del propio Kirchner.

Si aceptamos la hipótesis de que su ambición por el poder resulta de una condición emocional incontrolable, al mismo tiempo que lo absolveríamos de toda culpa personal también tendríamos que temer hacia dónde puede llevar a los argentinos su incesante lucha interior.

Si, por el contrario, estuviéramos frente a un jugador del poder astuto, temerario, pero también racional, habría que esperar con paciencia el bienvenido momento de su rendición condicional ante la realidad. Lo más inquietante de esta disyuntiva es que ni nosotros ni quizás el propio Kirchner conocemos, aún, su desenlace.

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