El miedo a la política

Por Santiago Kovadloff

Raúl Alfonsín fue el dirigente político que concentró en su figura las más altas expectativas de redención democrática surgidas en la Argentina moderna. A la vez, fue su gobierno el que evidenció, de manera incomparablemente dramática, las dificultades estructurales que impedían al país convertir esas expectativas en realidad. Mucho antes de que él muriera, ya resultaba evidente que los pocos, pero fundamentales, pasos que había logrado dar en la dirección deseada estaban lejos de haber dejado una huella perdurable en el espíritu de quienes, tras él, ejercieron la presidencia de la Nación. Es más que improbable que a un hombre de su sagacidad se le haya escapado la evidencia de que el retroceso había podido más que el progreso.

La ciudadanía que integró el nutrido cortejo que acompañó a Alfonsín hasta su sepultura no sólo estaba allí para rendir tributo a quien había resucitado la esperanza de reconciliar la política con la justicia social y las instituciones de la República. También estaba allí para dejar testimonio de que esa esperanza, si bien mancillada por tanta frustración, a la que no fue ajeno el propio Alfonsín, seguía tercamente viva en el corazón de millones de argentinos.

Alfonsín dejó esta vida en un país reconquistado por el autoritarismo, la instrumentación perversa de la ley, el envilecimiento de las instituciones, el descrédito de la educación, la indefensión de la salud, la ruina de los partidos políticos, la expansión de la pobreza y la parálisis del trabajo productivo. Obra, toda esta catástrofe, de una dirigencia sin escrúpulos ni cultura nacional. Así, una democracia anémica y de cartón pintado en órdenes decisivos ha hecho de la Constitución un pretexto para el abuso del poder.

La vida ha vuelto a perder valor entre nosotros. Ya no menoscabada por el terrorismo de Estado sino por un Estado sin responsabilidad social, tergiversador de la verdad, manipulador de las cifras y de los hechos, de los dineros públicos y de las necesidades irresueltas de los más necesitados.

También ha perdido valor entre nosotros la palabra, esa herramienta decisiva de la construcción política democrática. El Gobierno hoy la agita como un estandarte del miedo. Con ella amenaza, con ella pretende atemorizar; de ella se vale en un intento desesperado de reducir la realidad a su diagnóstico apocalíptico. No hay, para los que mandan todavía, más que réprobos y elegidos. Y réprobos, claro, son todos aquellos que no coinciden con el discurso en llamas de un ex presidente que jamás se resignará a serlo mientras pueda instrumentar las instituciones como lacayos de su omnipotencia. La desesperación de Néstor Kirchner se justifica. No es su esposa la que no podrá gobernar si el oficialismo pierde fuerza en las próximas elecciones legislativas. Es él quien ya no podrá hacerlo con la impunidad con que hasta ahora procedió. ¿A qué llama caos el ex presidente? ¿Al empeño puesto en devolver al Parlamento una dignidad perdida? ¿Al fin de la obediencia debida? ¿A la necesidad de dejar de ignorar de una buena vez el drama social, laboral, productivo y sanitario que vive un país congelado en el tiempo? ¿A la agonía del caudillismo que se propone como modelo de conducción? ¿Al límite que se le quiere fijar a la impunidad con que se procede en el uso de los fondos públicos?

Nadie más apropiado que el ex presidente Kirchner para hacer suyas las palabras que hace cuatrocientos años supo emplear John Locke para retratar el espíritu cerril del despotismo: "Si la realidad no coincide con mis palabras, peor para la realidad".

Se equivoca quien, desbordado por la indignación y el desaliento, se niegue a reconocer que Néstor Kirchner es un hombre inteligente. Pero, además de equivocarse, se priva de una explicación indispensable si desconoce hasta qué punto una autosuficiencia enfermiza puede instrumentar en una dirección perversa las aptitudes de la inteligencia. Sólo si se recurre a la psicopatología podrá entenderse por qué tuvo lugar, en la forma en que lo tuvo y tiene, la contribución del hombre fuerte de Santa Cruz al empobrecimiento moral y cívico de la República, para no hablar de los pesares de toda índole acarreados a un país donde educarse, trabajar, invertir y desarrollarse parecen aspiraciones sobrenaturales y no derechos legítimos que el Estado debería respaldar.

A medida que junio se aproxima, se hace más y más evidente por qué resulta indispensable acotar al oficialismo en el uso indiscriminado que hace de las atribuciones parlamentarias. Pero, para eso, los sectores de la oposición deben llegar a ser emisarios de una verdadera alternativa. La oposición de por sí no es más que mera negación. El debate en ambas cámaras debe perfilarse, a partir del mes de diciembre próximo, como vocero de una discusión imprescindible: la de un proyecto de nación capaz de revertir la parálisis que sufre la Argentina. El Parlamento debe construir esa alternativa. Es imperioso, por eso, que la oposición amplíe su espacio participativo y logre mayor protagonismo en la función legislativa. Lo que está en juego es la producción de nuevos escenarios sociales; la renovación conceptual que permita abordar de manera innovadora los problemas comunes. Sólo así será posible volver a reconciliar el sentimiento colectivo con la valoración de la política. Si hacia 2010 se contara con un escenario de acción parlamentaria saneado, se le rendiría al Bicentenario de la Patria el mejor de los homenajes que el presente puede tributar al pasado y al porvenir. Es cierto que, a lo que todo indica, ese mismo escenario impondría a Néstor Kirchner un desafío inaceptable. Gobernar en minoría, tener que consensuar pareceres y proyectos con sectores disidentes, romper con el monólogo es una práctica totalmente ajena a sus costumbres políticas. Todo acotamiento de su monolítica suficiencia constituye para él una demanda intolerable. Convivir, para él, es dejar de vivir. Subordinarse a las leyes del juego democrático equivale a desaparecer de la escena política. Se entiende que llame caos a lo que entonces sobrevendría. Donde hay lugar para otro, no hay lugar para él. ¿Quién iba a sospechar que la rígida retórica del ex presidente Bush ejercería tamaño ascendiente sobre Néstor Kirchner? El periodista norteamericano Michael Freedman escribió en la revista Newsweek : "El mensaje de Obama, de respeto y aprecio, supone una marcada diferencia con el discurso de «amigos o enemigos» de George W. Bush, que sugería implícitamente que Estados Unidos estaba en el camino correcto y los demás países, no".

Al igual que su maestro texano, Kirchner vive en un mundo de clara demografía: no hay en él más que leales y traidores, promotores del caos o del cosmos, fieles e infieles. Un mundo insular que debe ser gobernado por un solo hombre. Rosas, seguramente, no le hubiera retaceado su simpatía.

Si la salud del sistema político argentino depende exclusivamente de aquel que concentra en sus puños el poder, el mensaje enviado a la sociedad es que la República, para verse preservada, no necesita contar con instituciones sólidas, sino con hombres iluminados. No obstante, el ejercicio solapado de la presidencia de la Nación le ha brindado a Néstor Kirchner, de 2007 a esta parte, menos rédito del esperado. Baste decir, para probarlo, que, por obra de su propio desenfreno, desdibujó sus posibilidades de reconquistar abiertamente la primera magistratura en el año 2011. Y así como hoy se vale de su esposa para ejercer su implacable intendencia sobre el país, así ha empezado a buscar a alguien de quien valerse para ese entonces y preservar, de ese modo, el poder indirectamente ejercido, arte en cuya confección y práctica ha demostrado ya idoneidad.

El hombre providencial no retrocede, no se retracta, no se rectifica. Lo suyo es avanzar. No hay para él otro horizonte que el configurado por su inagotable ambición. Suponiendo que estuviéramos ante un lector de Sófocles, estaríamos, a no dudarlo, ante un mal lector del desenlace de sus tragedias.

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