El miedo al gran elector

Por Carlos Pagni

No es necesario conocer los detalles de ningún contacto secreto para advertir que los Kirchner están haciendo, a su modo, un esfuerzo por reconquistar al sector agropecuario. Bastó ver ayer, en la residencia presidencial, la escenografía que se dispuso para anunciar un haz de medidas destinadas a la actividad.

La Presidenta eligió la escolta de Hermes Binner, Juan Schiaretti y Gerardo Zamora, próceres de la saga contra las retenciones móviles, y marginó a verdugos como Guillermo Moreno o Ricardo Echegaray. Si hubieran invitado a Julio Cobos, el montaje habría sido perfecto. Pero lo sigue sustituyendo su segundo en el Senado, José Pampuro, un ejemplar del conurbano bonaerense que sólo conoce de la soja lo que le cuenta su hermano chacarero.

Las palabras acompañaron los gestos: Cristina Kirchner convocó a la "buena onda" y pidió sustituir los agravios por la búsqueda de soluciones. El invariable malhumor de la pareja gobernante y su legendaria propensión al conflicto hicieron pensar por un momento en una autocrítica. Falsa alarma: en Olivos el infierno son los otros, siempre.

La necesidad intenta convertirse en virtud. El de ayer fue un acto de campaña subliminal para seducir al campo, que será el gran elector en octubre. Los anuncios administrativos hacen juego con el lanzamiento de Carlos Reutemann como la figura más aceptable con que cuenta el oficialismo para, al menos, evitar la ira de los votantes rurales.

Si además de signos hicieran falta datos verificables, hay que recordar que, como informó LA NACION el domingo pasado, hace ocho días los Kirchner autorizaron a Julio De Vido a internarse en tierra de infieles para intentar una aproximación con la dirigencia agropecuaria. El ensayo encontró grandes dificultades hasta ahora. Apenas sirvió para que De Vido, auxiliado por el secretario de Agricultura, Carlos Cheppi, verificara el inventario de inquietudes que podrían desatar, en marzo, una tormenta social como la del año pasado, capaz de arruinar al oficialismo toda pretensión electoral.

Las medidas que se conocieron ayer son un resultado defectuoso de ese experimento. Llevan la marca de la ambigüedad: un sector mayoritario del gabinete entiende que sin importantes concesiones al campo el Gobierno sólo puede esperar una derrota. Pero esa idea choca contra la roca de siempre: Kirchner. Como siempre, De Vido cuenta con un ínfimo margen de maniobra para sus negociaciones. Los líderes rurales no aceptan fotos con los funcionarios; menos aún un acuerdo. Y el esposo de la Presidenta sólo está dispuesto a ceder en lo accesorio.

Por eso ayer, en vez de liberar a las exportaciones de las trabas que impone la Oncca, se prefirió anunciar un brumoso plan de subsidios al comercio exterior. Y en vez de eliminar por 6 meses el peso mínimo de faena para la ganadería, se optó por financiar la alimentación de los terneros overos durante 90 días: dada la falta de pastos por la sequía y los altos costos del maíz y el arroz, los expertos consideran que la ecuación sólo es rentable si se suspenden todas las restricciones por un tiempo.

El entredicho del año pasado pulverizó la credibilidad del Gobierno delante de los productores. Por eso, aunque sea sólo para sacar ese conflicto de la discusión electoral, los Kirchner están condenados a dictar medidas más audaces. Por ejemplo: eliminar de a poco las retenciones para los productos regionales, comenzando por la lana y el algodón; liberar las exportaciones; asignar el subsidio a la harina compensando a los molineros y no suspendiendo exportaciones; reducir la canasta de productos con precios sugeridos -algo que acobarda a la Presidenta-, y, como coronación, suprimir las retenciones al girasol, el maíz y el trigo.

La encrucijada revela, al cabo de casi un año, cuán descuidado estuvo Kirchner con sus propios intereses cuando decidió tratar al campo como a un enemigo. Las elecciones tienen cara de hereje: impedido de cualquier reconciliación con los sectores medios urbanos, la población rural se ha convertido, para las urgencias kirchneristas, en un dios insaciable.

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