Los microcréditos no tienen demanda

Mientras en el resto de Latinoamérica la demanda se triplicó en el último lustro, en Argentina no supera los 50 mil clientes, aun cuando los datos de pobreza marcan un potencial importante. El país pierde millones de dólares disponibles para el fondeo de estas líneas.
Los tiempos cambian. Hace casi tres décadas Argentina era considerada un país de ingresos medios y, como tal, las microfinanzas -destinadas básicamente a los pobres- eran casi despreciadas, ahora frente a una pobreza estructural podrían ser una alternativa para sostener emprendimientos familiares. Aún así la demanda es bajísima en relación al potencial: no hay más de 50 mil microcréditos otorgados por unos 2 millones de pesos.

En Latinoamérica el crecimiento de las microfinanzas se triplicó en el último lustro y hay casi seis millones de clientes. Las instituciones que los otorgan en Argentina, pese a todo, son optimistas. Esperan alcanzar 500 mil colocaciones en tres años. Estos financiamientos son de entre 400 y mil pesos. En el mundo hay 500 millones de potenciales receptores y se llega a unos 100 millones.

Desde los fondeadores internacionales, entre los que se cuentan el BID, bancos privados y fondos de inversión, insisten en que la Argentina se pierde cientos de millones de dólares al año porque hay falta de capacidad de gestión, ausencia de managment y exceso de regulaciones. Por ejemplo, los microcréditos pagan 50% de IVA porque sus destinatarios no están inscriptos.

Los organismos que administran los recursos a nivel mundial -y de los que depende, en gran medida, la Argentina- admiten que este año la financiación, producto de la crisis global, es más cara y difícil ya que se cerraron los mercados de capitales y de securitización. Una de las alternativas que se analiza en este contexto es profundizar la toma de depósitos de la gente, aunque descuentan que la recesión hará que el público utilice sus ahorros de los últimos cinco años.

Estas líneas otorgan entre 500 y 20 mil pesos, aunque estos últimos montos son para quienes cumplen algunas condiciones, como no estar en listas de riesgo crediticio (Seven o Veraz), tener conocimientos para manejar el emprendimiento o tener garantías. En cambio, los más bajos están destinados a pobres sin más requisito que el de tener un proyecto con el que se pretende generar ingresos.

Castigo impositivo

El ex presidente del Banco Central y actual candidato a diputado nacional por la Coalición Cívica, Alfonso Prat Gay, es titular de la Fundación Andares desde donde impulsa las microfinanzas como una forma de crear recursos para quienes no los tienen, aunque aclara que "por sí solas no eliminan la pobreza".

En contacto con LA MAÑANA señala que en la Argentina, donde el mercado potencial es 15 veces superior al actual, es imperativo flexibilizar condiciones que limitan y "castigan" el acceso de los pobres a financiarse. "Hay que entender que estas líneas también sirven a las pequeñas empresas, a los emprendedores, pero para eso hay que modificar exigencias y esquemas impositivos", agrega y hace hincapié en que se debe abandonar la idea de asimilar informalidad e ilegalidad.

"No es lo mismo. La obligación de los Estados es ayudar a los informales a abandonar su situación, facilitarle esa tarea", dice.

En Córdoba, a través del Banco de la Gente, hay asistencia que, además, incluye una capacitación de los interesados. Siguiendo la tendencia mundial, la morosidad es muy baja de entre el dos y el 2,5 por ciento. Los que toman devuelven, dicen los especialistas, porque saben que no tienen opciones para renovar la confianza. Si no cumplen quedan afuera de todo.

Prat Gay plantea que en tiempos de vacas flacas estos esquemas son claves porque sostienen el autoempleo, pero enfatiza que requieren de un compromiso por parte de los gobiernos que deben colaborar con las instituciones para que no dependan de subsidios y donaciones, crear entornos en los que la política partidaria no intervenga, garantizar la transparencia y apostar a la educación financiera a largo plazo.

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