Michelle, la Jackie Kennedy del siglo XXI.

Por Mario Diament.

La primera gira europea de Barack y Michelle Obama transcurrió como envuelta en el hechizo de un cuento de hadas.

Si Barack Obama cautivó con su soltura, inteligencia y disposición a concertar, su esposa deslumbró con su naturalidad, su humor, su elegancia y su belleza a todos aquellos que cayeron bajo su influjo, de Estrasburgo a Estambul.

Desde que Jacqueline Kennedy desembarcó en Europa, en 1961, ninguna primera dama norteamericana ha sido tan admirada, elogiada y agasajada. Tanto, que el diario The Guardian, de Londres, reflexionó: "Carla Bruni puede haber seducido a cada hombre que encontró el año pasado, pero Michelle nos ha encantado a todos".

El País, de Madrid, tituló "Michelle Obama reina en Europa" y The Times londinense preguntó "¿Carla, qué?", para sugerir que la presencia de la norteamericana había reducido a la francesa al anonimato.

Hasta la prensa en los Estados Unidos, poco adicta a elogiar a los ocupantes de la Casa Blanca, sucumbió a la marea ponderativa. "Es una verdadera bocanada de aire fresco", dijo Katie Couric, la conductora del noticiero de CBS. "Todo el mundo en Europa está embelesado con ella", aseguró Meredith Vieira, de NBC. Y Diane Sawyer, de ABC, comentó: "Ha causado sensación".

Infatigable, Michelle Obama fue una presencia tan persistente como su marido. Desde el Palacio de Buckingham, donde la Reina se permitió tomarla por la cintura, gesto que Michelle correspondió, y provocó un miniescándalo protocolar, hasta la escuelita, al norte de Londres, donde se acercó al enjambre de niñas de color, diciéndoles "yo no tengo problema en que me abracen", cada uno de sus actos y gestos llevaba una carga de candor y espontaneidad.

¿Cuál es la razón de semejante entusiasmo? ¿Qué es lo que la gente advierte en Michelle Obama que la diferencia de la larga lista de primeras damas que hicieron su misma travesía sin pena ni gloria?

Tina Brown, la célebre columnista, ensayó una explicación: "La excitación que las mujeres inglesas sienten por ella está colmada de admiración. Es tan imponente. Tan llena de confianza en sí misma. Tan desprovista de esa inseguridad muy británica. En un país donde la mayoría de las esposas de políticos y las representantes femeninas en el Parlamento son el equivalente estilístico de un sillón otomano, la seguridad de Michelle, su glamour y su atractivo se percibe muy del siglo XXI. El hecho de que sea afroamericana añade a esa magia inspiracional".

Hay seguramente mucho de eso, como también está la frescura que la llevó a confesarle a The New York Times que se irritaba cuando su esposo se entrometía con su ropa. "Le dije: ¿por qué no te ocupás de tus cosas? Resolvé el hambre del mundo. Salí de mi closet."

Pero hay más que eso. Michelle Obama representa la otra cara de Estados Unidos, la que emergió de la esclavitud y debió trepar arduamente la cuesta hacia la aceptación y la normalidad. Es la contracara de la Norteamérica a la que se refería Lula cuando le dijo al premier inglés, Gordon Brown, que la crisis financiera había sido causada por "los blancos de ojos azules".

Michelle Robinson Obama creció en el barrio sur de Chicago, donde los esclavos liberados emigraron después de la Primera Guerra Mundial en busca de trabajo en las fábricas. La atmósfera no era tolerante. Martin Luther King la llamó "la ciudad más segregada de los Estados Unidos". Michelle nació allí en 1962, hija de un operador de la compañía de agua afectado de esclerosis múltiple. Pero había, por lo visto, un sentido de misión en los Robinson que habría de llevar a su hermano Craig al estrellato como jugador de baloncesto y a ella a una exitosa carrera como abogada y más tarde a la Casa Blanca.

Es esa historia, vivida sin rencor ni resentimiento, la que acerca a Michelle al resto del mundo. Tiene el encanto de Jacqueline Kennedy o de la princesa Diana sin la opulencia de su alcurnia. Es la cara de los Estados Unidos con la cual cualquiera puede mirarse.

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