Michelle ¿derrota o triunfo?

Por Alvaro Abós

En agosto de 1881, un grupo de once indios kawesqas fueron capturados en la Tierra del Fuego chilena por el empresario alemán Carl Hagenbeck, quien los llevó a París, donde los exhibió en teatros con el título de Zoológico Humano.

Luego recorrieron Europa: Hamburgo, Berlín, Leipzig, Munich, Stuttgart y, finalmente, Zurich. Muchos años después, un antropólogo suizo descubrió sus restos. El pasado 12 de enero, los despojos de seis de ellos regresaron a Chile, contenidos en canastas de junquillo. En el aeropuerto de Pudahuel, la presidenta Michelle Bachelet los recibió con honores. Trasladados a Punta Arenas, fueron velados en una dependencia oficial.

Tuve la suerte de presenciar esa ceremonia, presidida por la dignidad y la contención. Ni la televisión oficial ni la privada pudieron tomar imágenes de ese último adiós, porque la comunidad indígena exigió el silencio y respeto para sus muertos.

El Chile moderno, representado por el Estado democrático y los medios de comunicación de masas, pero en el que palpita también un corazón antiguo, rescataba la memoria histórica, y, al mismo tiempo, reparaba una injusticia: algunos de sus hijos infortunados podrían ahora descansar en paz, en su tierra.

Fue natural que estos actos, realizados cinco días antes de los comicios nacionales, buscaran algún rédito electoral. Al fin y al cabo, había sido el gobierno de Michelle Bachelet el que se tomó el trabajo de repatriar los restos. Pero ningún énfasis proselitista empañó la serena gravedad del acto. En la madrugada del 13 de enero, un buque de la Armada chilena zarpó de Punta Arenas con los canastillos, que fueron depositados en una roca de la isla de Kurikinká, en Tierra del Fuego, donde yacerán para siempre. Sólo unos pocos descendientes del pueblo kawasqa los acompañaron en el último viaje.

Al día siguiente, Bachelet inauguró el Museo de la Memoria, en Santiago. Es un edificio de ochenta metros por dieciocho, en el cual se exhibe todo tipo de testimonios sobre las violaciones a los derechos humanos cometidas por la dictadura de Augusto Pinochet.

Mientras pronunciaba su discurso frente a la sede del Museo, la Presidenta fue interrumpida por los gritos de una mujer trepada a una torre, donde no podía ser alcanzada por los guardianes. Era la madre del mapuche Matías Catrileo, muerto por los carabineros en un incidente callejero. Michelle Bachelet, durante unos minutos, siguió hablando pero los gritos persistían. Entonces calló y miró hacia la persona que la interpelaba, acusándola por un crimen de Estado. Y le contestó con sobriedad y determinación: "Señora: entiendo su dolor, pero en democracia se hace justicia y se hará justicia, cosa que décadas atrás hubiera sido imposible".

En estos episodios, Bachelet mostró algunas de sus cualidades: el respeto por el pasado, sin manipulación; la amplitud para escuchar otras voces y la convicción para contestarlas entablando un diálogo sin avasallamiento. Cualidades que me ayudaron a responder una pregunta acuciosa: ¿cómo es posible que haya perdido las elecciones el oficialismo si la Presidenta tenía el 81% de apoyo popular?

No hay gobernante, en lugar alguno del mundo, que no envidie semejante aceptación al terminar su mandato. Aunque en Chile no hay reelección, ni nadie plantea instalarla, la popularidad presidencial era un pasaporte seguro para un candidato oficialista. Y Michelle respaldó sin fisuras a Eduardo Frei. Pero ganó Sebastián Piñera.

Varias explicaciones se han dado al triunfo del candidato opositor, Piñera. Se ha dicho que hay un desgaste natural de la Concertación. También, que el candidato elegido no fue el más adecuado. Quizás el resultado pudo ser otro si el candidato hubiera sido el ex presidente Ricardo Lagos o el diplomático José Miguel Insulza, secretario general de la OEA. Si la Concertación hubiera convocado a elecciones internas abiertas (se hicieron, pero cerradas), quizás el socialista Marco Enríquez-Ominami hubiera ganado la candidatura y dado pelea a Piñera. Como es sabido, el joven Ominami compitió como candidato independiente y obtuvo el 20 por ciento de los votos. Todo ello es posible.

Pero, a mi juicio, la causa por la que Michelle Bachelet perdió las elecciones es otra. Ella, en lugar de hacer política, gobernó. No le hubiera sido difícil construir un delfín. Pero se despreocupó de esa carga, que dejó en manos de los operadores de la Concertación.

Cuando, en 2005, Bachelet ganó la presidencia, por cierto ante el mismo Salvador Piñera ahora triunfador, algunos dudaron de su capacidad. Sin embargo, durante la presidencia Bachelet, Chile mantuvo y culminó un ya largo ciclo de crecimiento: durante diez años, al 6 por ciento o al 7 por ciento; durante la última década, al 4 por ciento anual. Afrontó con decisión la crisis mundial de 2008. Impulsó la igualdad de género: once de los veintidós ministerios fueron ocupados por mujeres, algo nunca visto en Chile. Se completó la protección social para pobres, trabajadores, madres, jóvenes. La esperanza de vida trepó de 72 a 78 años. Se mejoró el transporte público: durante la campaña se inauguró un nuevo tramo del subte de Santiago, que data de los años setenta y que, con sus casi cien kilómetros, ya duplica al de Buenos Aires, inaugurado en 1913.

Los chilenos apreciaron el estilo suave pero inclaudicable de la presidenta Bachelet, su presencia constante en pequeños gestos de solidaridad y afecto con los chilenos, gestos que, en la medida de lo posible, eludieron el acartonamiento ceremonial. Así cimentó su popularidad. La derrota electoral de Michelle Bachelet fue, paradójicamente, su triunfo. La Concertación deja el poder porque un Chile fortalecido intentará nuevas vías; pasado el remezón de la derrota, la Concertación quizás renazca o quizás se disuelva para dar paso a otra formación.

¿Le irá bien o mal a Salvador Piñera? En el fondo, y este es otro triunfo de Chile, no importa tanto. La transición de la dictadura a la democracia ha terminado. De aquí en más, la alternancia, con su capacidad para corregir errores, será un componente habitual de la vida nacional.

Por todo ello, el protagonista del proceso electoral chileno no ha sido Sebastián Piñera sino Michelle Bachelet. Desde ya, queda instalada como candidata de hierro para las presidenciales de 2014. Pero, de momento, volverá al llano. Y Chile tendrá una personalidad relevante en su reserva, papel que ya ocupa Ricardo Lagos. Son políticos que han pasado por el poder sin enriquecerse, sin provocar odios ni destruir. Contar con esos referentes es un tesoro para cualquier país. Esas sí que son reservas importantes, más que las de los Bancos Centrales?

Los kawesquas descansan en la paz eterna de sus islotes, arrullados por el mar austral. Y en el Chile moderno, al caer la noche del 17 de enero, unos muchachos salieron a agitar las banderas de los triunfadores y hacer sonar las bocinas de sus coches.

Pero la ciudad apenas alteró su rutina. Era la primacía de lo absoluto lo que se había disuelto en el aire tibio del Parque Forestal, donde los pololos se besaban. La vida sigue y la política ya no es tan importante. Por eso, el 17 de enero, en Chile, se hablaba sobre todo de otro tema: de la Roja.

El único argentino que existe para los chilenos se llama Marcelo Bielsa.

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