México se paraliza para frenar el avance de la gripe

El país amaneció desolado después de que las autoridades dispusieron un asueto nacional
CIUDAD DE MEXICO.- Cuenta la historia que el calendario azteca tenía 360 días. Sabían los antiguos pobladores de estas tierras que había otros cinco para completar el año. Ellos no los contaban, pues, según dicen, ésas eran las jornadas que dedicaban a festejar la muerte. Cinco, precisamente, son desde ayer los días que este país permanecerá parado, viviendo puertas adentro, para tratar de que la muerte, vestida de influenza, detenga su avance.

Ayer, Ciudad de México amaneció vacía, desolada. Esta ciudad, de 22 millones de habitantes, semejaba un desierto de cemento, torres, plazas y parques vacíos, donde sólo se veían ocasionales paseantes.

En una jornada en la que oficialmente se reconoció que las muertes ocasionadas por el virus ascendían a 15 y que los pacientes tratados por el mal sumaban 343, los mexicanos prefirieron quedarse en sus casas. Las autoridades entienden que ésa es la mejor manera de prevenir la propagación del mal.

Nadie en El Zócalo, atracción turística por excelencia. Apenas unos pocos locales y pocos, muy pocos turistas. Misas suspendidas en la catedral, en cuyas puertas voluntarios de la Cruz Roja repartían folletos explicativos y barbijos ?"tapabocas", en la jerga local? confeccionados por voluntarios, ya que los de fabricación industrial hace días que se agotaron.

Inútil la presencia de los mariachis en la plaza Garibaldi, donde ningún turista estaba dispuesto a negociar los 200 pesos mexicanos que cuesta escuchar una canción tradicional de estas tierras.

Pocos, poquísimos peregrinos en el templo de la Virgen de Guadalupe, patrona de estas tierras y venerada por todos los mexicanos.

Desolación. Tranquila desolación rota, de tanto en tanto, por ruidosas bocinas y sirenas de ambulancias o patrulleros que corren vaya a saber uno detrás de qué urgencia. El alerta roja está vigente y así será hasta el martes, cuando el gobierno decidirá la extensión de la medida o la morigeración de la situación.

Fue muy claro el secretario de Salud, José Angel Córdova Villalobos, en el primero de sus habituales contactos diarios con la prensa. "Las próximas 72 horas son cruciales y a partir de los resultados que obtengamos, analizaremos la posibilidad de pasar a un alerta amarilla, pero tenemos que ser conscientes de que el virus no desaparecerá de un día para el otro", dijo.

Hasta ayer, la Secretaría de Salud confirmaba 397 casos positivos del virus de la gripe porcina. De ellos, 16 fueron mortales; 12 eran mujeres y los otros cuatro, hombres. Ciudad de México encabeza la estadística de fallecimientos, con 11 casos.

Sin embargo, Marcelo Ebrard, alcalde de Ciudad de México, daba a conocer cifras, si se quiere, alentadoras, o al menos, esperanzadoras. En las últimas 24 horas no hubo muertes atribuibles al mal causado por el virus A (H1N1) en esta megalópolis. En la red hospitalaria capitalina durante el jueves último tan sólo 21 pacientes fueron internados.

"Si avanzamos en la detección temprana, lograremos que las cifras mejoren todos los días", dijo el jefe de gobierno en contacto con la prensa.

Para el resto de este fin de semana largo, en el que miles de mexicanos prefirieron dejar esta ciudad, se mantendrán sólo los servicios esenciales.

Mientras tanto, los espectáculos públicos estarán prohibidos. De hecho, el campeonato local de fútbol, que está en etapa definitoria, se jugará a puertas cerradas. Los partidos sólo se podrán ver por televisión.

El golpe a la economía

La parálisis decretada para frenar la crisis podría asestar un golpe fatal a la economía mexicana. La crisis global hacía prever una caída del PBI local cercana al 2,5%. Hoy, sólo gracias a la influenza, esa cifra treparía al 5%.

El gobierno analiza la posibilidad de otorgar ayudas a ciertos sectores para que puedan pagar salarios. De hecho pasado mañana comenzará a funcionar un Consejo Ciudadano para proteger el empleo y la reactivación económica.

Ciudad de México está vacía; literalmente vacía. Los hoteles cierran pisos y concentran a los pocos viajeros en uno solo. De hecho, en los 15 pisos de 50 habitaciones cada uno en el que se aloja este enviado sólo hay 27 ocupantes. Ayer, todos fueron relocalizados en el tercer piso. El resto de los pisos de esta mole que da cara a la céntrica plaza de la Reforma está cerrados y a oscuras. Infunde temor el silencio en los pasillos.

Jacques y Mariel son una pareja de franceses de Montpellier, que desde hace tres semanas están de vacaciones en estas tierras. "¿La gripe? Sí, claro que nos enteramos", dice Mariel ante la consulta de LA NACION. "Miedo no tenemos, tomamos algunas precauciones, nada más. Pasamos unas vacaciones fantásticas y esta noche [por anoche], regresamos a Francia", acota Jacques.

Fueron los únicos extranjeros que LA NACION pudo contactar en una larga recorrida por los sitios de interés de esta ciudad.

El golpe al turismo también es fatal para la economía mexicana. Desde la Unión Europea se anunció la cancelación de 2500 reservas turísticas previstas para los próximos días. Los vuelos llegan vacíos y parten llenos de visitantes que sólo desean abandonar estas tierras.

Se estima que las pérdidas en el vital sector del turismo rondarán un 60%, cifra extremadamente alta para una economía que ya venía sacudida por la crisis. De hecho, la cámara que agrupa a los hoteleros locales dijo ayer que para la semana próxima el nivel de cancelaciones alcanzó el 90%.

Es notorio y llamativo el extraño contraste entre la paranoia que, en ciertos casos, se percibe en los medios de comunicación y la calma con la que el ciudadano común se toma la situación. Alfredo, el educado y atento chofer contratado por LA NACION, tiene una explicación.

"Estamos tranquilos porque aquí nadie le cree nada al gobierno. Casi todos piensan que esto no es tan grave, que en realidad, lo que se intenta es esconder alguna otras cosas", dice. La explicación, aunque no exacta, al menos suena bien latinoamericana. Casi calcada a la que daría cualquier remisero en la Argentina.

Osvaldo, mozo de uno de los tantos bares cerrados de la Zona Rosa, tiene un punto de vista diferente. "¿Sabe lo que pasa, señor? Estamos tranquilos, porque a nosotros, desde siempre, nos encanta festejar la muerte. ¿O es que nunca estuvo en estas tierras para el Día de los Santos Difuntos?" pregunta sin ocultar una gran sonrisa.

Lo paradójico del caso es que esa celebración, llamativamente, también dura cinco días.

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