México bajo fuego: En el frente de la narcoguerra

Luchan el Ejército contra los carteles y los narcos entre ellos. Hay 45.000 soldados en las calles. Hubo 8.000 muertos en 18 meses. Un conflicto que amenaza propagarse al resto del continente.
Quebraron al "Dorado" Rentería a la salida del rancho de los Carrillo Fuentes, dijo la voz profunda del otro lado de la línea. El reportero Martín Durán recibió la llamada mientras intentaba buscar una pista de otro caso en la redacción de su diario La I de Culiacán, la capital narco que destronó a las colombianas Cali y Medellín de los titulares en todo el mundo. Corrió hasta la sala donde trabaja su colega Noel Vizcarra del diario El Debate, de la misma empresa. El fotógrafo Abel Avilés y yo lo seguimos mientras alistamos los equipos. Noel ya sabía que había dos cuerpos baleados dentro de una camioneta en la zona de Guamuchilito, camino a la sierra, a unos 25 kilómetros de Culiacán, en pleno territorio del cartel del narcotráfico de Sinaloa. Y que era en los campos del mítico "Señor de los Cielos", Amado Carrillo Fuentes, el piloto de avionetas del narco más audaz de la historia, que en los 90 había trasladado parte de sus negocios y a su familia a Buenos Aires y que, se dice, murió en una cirugía de cambio de identidad.

Un minuto más tarde volábamos por una carretera repleta de camiones, gente caminando y varios retenes de la policía local y federal. En un momento nos tuvimos que detener a un costado de la ruta para dejar pasar a un convoy del ejército. Cuarenta minutos más tarde dejamos el asfalto y nos internamos unos 2.000 metros por un camino de tierra. El lugar estaba infectado de uniformados y en el medio de un potrero relucía al sol la camioneta Chevrolet Blazer verde selva, patente VJP-4973, rodeada de forenses y policías de la división homicidio. Al volante, caído sobre la ventanilla estaba el cuerpo de Daniel Díaz Escobar, un tipo de 48 años que algunos creen que era un jefe sicario y otros que era un productor agrario que estaba en una mala compañía en un mal momento. Aún sangraba de una de las heridas de la cabeza. Del otro lado, tirado hacia el costado interior se encontraba lo que había quedado de Gaspar "el Dorado" Rentería Lara. Los proyectiles del "cuerno de chivo", que es como acá denominan al AK-47, le habían arrancado buena parte de la cabeza.

El silencio casi total que había en el lugar se rompió cuando de la nada apareció un grupo de chicas y una de ellas gritó "¡Ay, papito, ay.¡¿Qué te pasó?!, papito!". Las otras la contuvieron y el sollozo se acalló por un momento. El silencio se hizo más profundo y los forenses se detuvieron unos segundos, tal vez por respeto. Incluso en un país en el que se vive una verdadera guerra contra el narcotráfico y entre los carteles que quieren dominar el paso de las drogas hacia Estados Unidos, con 8.000 muertos en 18 meses, hay espacio para que el ser humano se conmueva. Incluso, si ese ser humano es un narco como el "Dorado" Rentería y lo que ocurrió acá hace apenas un rato fue un simple ajuste de cuentas entre el cartel de Sinaloa y el de Juárez o el del Golfo. México está en guerra. Se discute si se trata ya de un "Estado fallido" que no puede imponer la ley, la corrupción está arraigada hasta la médula de esta sociedad, el Ejército patrulla las calles como si se tratara de Irak, las bandas se matan entre ellas y caen sicarios como moscas; el negocio de las drogas de entre 25.000 y 40.000 millones de dólares por año penetra en los poros de los mexicanos. Pero no puede destruir ese sentimiento de respeto y convivencia que México tiene con la muerte.

La guerra se desató cuando el presidente Felipe Calderón decidió sacar el Ejército a la calle para intentar imponer un orden que el Estado comenzaba a perder en al menos 10 provincias. "Esto no puede seguir así porque un día nos vamos a levantar y va a estar gobernando el narcotráfico" llegó a sincerarse el ministro de Finanzas. Pero lo que en realidad destapó la ofensiva es la enorme corrupción que carcome a todos los estamentos del gobierno y el Estado. Al menos el 50% de la policía, tanto municipal, estatal como federal, está involucrada de alguna manera con el narcotráfico. No sólo se arrestaron a decenas de altos jefes policiales sino que cuando se sometió a toda la fuerza a una prueba de honestidad, la mitad de los uniformados no la pasó. Un negocio de esta magnitud puede comprar muchas voluntades. Y lo hace desde hace décadas. La semana pasada el director de la Oficina de Narcotráfico Internacional del Departamento de Estado, David Johnson, dijo que de acuerdo a fuentes de inteligencia unos 450.000 mexicanos trabajan directamente para el narcotráfico que el año pasado produjeron 16.000 toneladas de marihuana, 18 toneladas de heroína y transportaron 300 toneladas de cocaína proveniente en su mayoría de Colombia. De las drogas sintéticas no se sabe las cantidades pero México pasó a ser el principal exportador de todo el mundo. Todo eso para el mercado estadounidense que es donde se encuentra el 95% de los consumidores del producto de estos narcotraficantes. Hay más de 13 millones de consumidores en Estados Unidos. Y de allí, del otro lado de la frontera, es de donde proviene el espectacular arsenal que manejan los narcos. En un radio de 150 kilómetros a lo largo de toda la valla que divide a ambos países hay 6.500 armerías y se realizan 150 ferias de armamento por año a las que acuden sin falta los más famosos lugartenientes de los grandes capos.

Una guerra que también se libra entre los propios carteles que se encuentran en el medio de una sangrienta disputa territorial. Hay cuatro grandes carteles históricos en México: Sinaloa, Juárez, Tijuana y Golfo. A esto hay que sumarle otras veinte organizaciones criminales con control de territorio y más de 600 pandillas. Hace ya al menos cinco años que estas organizaciones criminales comenzaron a pasar las fronteras de unos y otros para apoderarse de plazas dentro del territorio enemigo. "Hay una guerra de todos contra todos que va a acabar cuando se logre un acuerdo sobre cómo se va a repartir el negocio. Y habrá que ver si en ese pacto entrará también el Estado o no, si el gobierno de Calderón negocia o tiene la fuerza suficiente para derrotar a los carteles", me explica mientras tomamos un café en una de las tiendas Sanborns del sur de la Ciudad de México el periodista Ricardo Ravelo de la revista Proceso, uno de los grandes investigadores del tema.

En las sierras de Sinaloa se cultivan amapolas para producir opio y heroína desde principios del siglo pasado cuando llegaron inmigrantes chinos a construir una red de ferrocarriles. En la Segunda Guerra Mundial, los traficantes fueron tolerados porque el ejército estadounidense necesitaba ese opio para producir la morfina necesaria para atender a los miles de soldados que regresaban heridos de los campos de batalla europeos y asiáticos. En los setenta, era muy popular para los estadounidenses comprar la marihuana sinaloense, considerada una de las mejores del mundo. Esa región era uno de los paraísos hippies. De Culiacán, la capital de Sinaloa, salieron todos los grandes capos que se apoderaron del negocio del traspaso de la cocaína al otro lado de la frontera tras la decadencia de los carteles colombianos. Es ahí donde se forja la amistad entre los hermanos Beltrán Leyva y el actual hombre más buscado por narcotraficante, Joaquín "El Chapo" (petiso) Guzmán. Este grupo manejaba hasta fines del 2007 unos 10.000 millones de dólares al año. El Chapo llegó la semana pasada -para escándalo del gobierno mexicano-- a la lista de los más ricos de la revista Forbes "con una fortuna personal de al menos 1.000 millones de dólares".

En enero del 2008, un comando conjunto del Ejército y la policía, logró detener a uno de los más poderosos jefes narcos: Alfredo "El Mochomo" Beltrán Leyva. "Con una fija mirada, hombre de barba cerrada, con un acento de orden, así le habla a su plebada, caballero y buen amigo, Alfredo Beltrán se llama", dice uno de los narcocorridos (canciones populares dedicadas a los grandes traficantes) que interpretan "Los Canelos de Durango". Conocido por su sadismo, obtiene el sobrenombre de un plato sinaloense elaborado con pescado seco muy machacado. Dicen que precisamente "machacaba" a sus enemigos con palos y hierros especialmente acondicionados. Su hermano Arturo, alias "El Barbas", culpó de la detención a una venganza del Chapo Guzmán y su socio Ismael "El Mayo" Zambada -- su hijo Vicente Zambada Niebla alias "Vicentico", que estaba a cargo de la seguridad del cartel, cayó el miércoles en el DF-- con los que formaba hasta ese momento la denominada "Federación" de carteles que habían logrado convivir por años. A partir de ese momento los Beltrán Leyva se aliaron con el Cartel del Golfo liderado por Osiel Cárdenas Guillén y comenzaron una guerra contra el Chapo y sus compadres de Sinaloa. Las batallas más sangrientas las protagonizaron los hombres de "Los Zetas", el grupo ejecutor del cartel del Golfo. Los Zetas son ex comandos especiales de las Fuerzas Armadas entrenados por agentes israelíes, estadounidenses y franceses que hace unos años se pasaron de bando. El jefe de Los Zetas es Heriberto "El Lazca" Lazcano, sanguinario como ninguno, es quien impone la decapitación y la mutilación de los genitales como castigo a cualquier enemigo que encuentre en el camino.

El día en que aparecen cinco cabezas guardadas en unas pequeñas heladeras portátiles en Jalisco, que se suman a los tres cuerpos decapitados de la semana pasada en Tijuana y las dos mujeres desmembradas en el DF hace diez días, busco a Sergio González Rodríguez, el autor de "El hombre sin cabeza", que contabilizó 170 decapitados en el 2008 y 41 en lo que va del 2009. "Los narcotraficantes están buscando crear el mayor efecto de temor en la sociedad, y desde luego en las instituciones. Es un funcionamiento expansivo, que se ha hecho a partir de crear miedo y corrupción. Las decapitaciones son realizadas y mostradas para coaccionar a algún funcionario, pero también tienen una onda expansiva y aterrorizan al resto de los mexicanos", explica González Rodríguez. Claro que estos cuerpos aparecen -aunque muy pocos se atreven a reclamarlos; el 60% son enterrados como NN porque hay muchos otros miles de desaparecidos. La detención de Santiago Meza López más conocido como "El Pozolero" en enero reveló otro aspecto atroz de la violencia del narco. Este hombre, que toma su sobrenombre del pozole, un popular guiso de fuerte consistencia, confesó haber diluido en ácido más de 300 cuerpos que le entregaron los hombres de Teodoro García Simental, "El Teo", jefe del cartel de Tijuana. Cuando tenían un cuerpo que los podía comprometer, los sicarios lo llamaban y le daban un punto de encuentro. Hasta allí iba el Pozolero con unos barrilles de 200 litros en los que "cocinaba" a las víctimas hasta que sólo quedaban la dentadura y las uñas.

Bota-Tango-591, dice el piloto y el helicóptero MI-8T de fabricación rusa de la Fuerza Aérea mexicana comienza a elevarse por encima del aeropuerto de Culiacán. Vamos hacia el corazón de la sierra de Sinaloa, el epicentro de la producción de narcóticos en México y escenario principal de la guerra lanzada por el gobierno del presidente Calderón contra los carteles. Sobrevolamos el río Humaya por encima de la represa El Batamota y llegamos a lo que los militares denominan Área 94-J. El teniente coronel Raúl Nahon Gopar me señala un monte de árboles más verdes que los del resto en la ladera de una de las elevaciones. Por debajo de esos árboles hay una plantación de marihuana de la mejor calidad pero sólo la puede ver un ojo entrenado. Desde el aire se ve un bosque seco sin mayores detalles. Pero el Ejército acaba de encontrar varias hectáreas de un sembradío muy bien acondicionado con un sistema perfecto de riego. Cuando el helicóptero aterriza entre unos matorrales, cerca del río, ya se pueden ver las columnas de humo de las hogueras donde se están quemando las plantas. "Acá hay una gran inversión en el sistema de riego. Pero es que el negocio es magnífico. De una hectárea se puede obtener hasta una tonelada de marihuana de primera calidad. Y por un cigarrillo de dos gramos pueden conseguir hasta cinco dólares en las calles de Nueva York", explica el teniente coronel Nahon.

De regreso al aeropuerto de Culiacán, en un sobrevuelo puedo ver una enorme cantidad de avionetas casi todas flamantes y de colores brillantes. Son las que les confiscaron a los narcos. Fueron 129 en los últimos seis meses. Cada avioneta puede costar medio millón de dólares. Al otro lado de la ciudad, en el cuartel del Batallón de Infantería, tienen los autos que les quitaron. Hay centenares. Se destacan los Hummer, enormes como camionetas adoradas por los raperos estadounidenses --la concesionaria de Culiacán es la que más Hummers vende en el mundo--. Pero también hay camiones especialmente equipados y transformados en vehículos de guerra con una torreta desde la que asoma una ametralladora de 50 milímetros capaz de perforar un tanque. Varios autos de colección y hasta un Chevrolet 46 con placas de la policía de Chicago que tenía un narco en su rancho cerca de Durango. En otro patio del cuartel está desplegado el armamento confiscado. Hay centenares de "cuernos de chivo", los AK-47. Sofisticados rifles de precisión y el último modelo de fusil del ejército estadounidense. Pero se destacan por su brillo las pistolas con incrustaciones de oro y diamantes. Hay una con los colores de la bandera mexicana armada con brillantes rojos, verdes y blancos y la inscripción en el cañon de "El Rey". Era de uno de los hermanos Arellano Félix del Cartel de Tijuana que aparece retratado en la película "Trafic" de Steven Soderbergh.

Después de observar el poder bélico de los carteles voy al lugar donde se encuentra su principal soporte espiritual: la capilla del narcosanto Jesús Malverde. Una construcción caótica en pleno centro de Culiacán que guarda un altar con el busto de un hombre joven, de fino bigote y camisa de charro. Parece mas bien la imagen de uno de esos cantantes de rancheras de los años 40. La leyenda cuenta que Malverde fue un bandido que vivió a finales del XIX en la sierra de Sinaloa. Su cabeza tenía precio. Un cazador de recompensas lo hirió en una pierna pero Malverde consiguió refugiarse en las montañas. La herida se gangrenó y, cuando ya no tenía esperanzas de salvarse, pidió a uno de sus compañeros que lo entregara al gobernador, cobrara la recompensa y utilizara el dinero para ayudar a los pobres. Desde entonces, este Robin Hood sinalolense, es el favorito de los narcos que llenan su altar con plaquetas del tipo: "Gracias por tu ayuda en Barranquita" o "Gracias por salvarme la vida". "En la madrugada, a veces, aparecen muchachos que, tal vez, vuelven de alguna labor difícil y agradecen al santo", cuenta Guadal Sánchez Salazar, el cuidador de la capilla.

Regreso a la redacción de La I y El Debate para ver cómo terminó el día. Me entero que "El Dorado" Rentería había perdido a un hijo en un enfrentamiento similar apenas una semana antes. "Lo rafaguearon de carro a carro", cuenta el joven reportero Martín Durán. "Pero parece ser un ajuste de cuentas local aunque ocurrió en la puerta del lugar donde vive la madre de los Carrillo Fuentes, un lugar sagrado para los jefes narcos de la zona". De todos modos, es sólo uno de los casos. En las últimas 24 horas, aquí en Culiacán, se encontraron nueve cadáveres. En el resto del país hubo 25 muertes por la misma violencia. Apenas un día más en esta narcoguerra que se libra en las calles y en las mentes de México.

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