México bajo fuego: La ciudad de la muerte

México bajo fuego: La ciudad de la muerte
Es Juárez, en la frontera con Estados Unidos. Allí se registró la mayor cantidad de muertos en esta guerra contra el narcotráfico. La morgue está colapsada. El jefe de policía tuvo que renunciar. Y el alcalde escapó hacia El Paso, en EE.UU.
Los perros forman el coro que da sonido a la escena. La camioneta del ejército frena de golpe frente a un kiosco de la calle Francisco Villa del pobrísimo barrio de Anapra, a unos metros de la frontera con Estados Unidos, en el noroeste de Ciudad Juárez. Cuatro soldados bajan de un salto. De la cabina sale un sargento gritando: "¡manos a la vista, quietos, los vamos a requisar!". Un perro cimarrón sigue ladrando solo. Los tres tipos a los que apuntan los soldados parecen estar muy acostumbrados a estas lides. Dejan sus cervezas con tranquilidad en el suelo y se ponen contra la pared pintada con cal coloreada de verde manzana. Tienen pinta de duros, tatuajes en la cara, cicatrices en los brazos, ojos dilatados por la droga, pero nada inconveniente encima. "Son de la ganga (pandilla) de acá, Los Aztecas, vinculada al Cartel de Juárez, pero si no están haciendo nada no los podemos detener. Tenemos que esperar a que cometan algún delito", dice el teniente coronel a cargo de la unidad. Los Aztecas están en una guerra contra las otras dos pandillas poderosas de Juárez, los Mexicles y los Artistas Asesinos. Hace dos semanas pelearon por el control de la cárcel local y quedaron 21 muertos.

Tomamos el Camino Real, por atrás de la ciudad, subiendo las montañas. Es una nueva autopista por la que supuestamente deben salir los 5.000 camiones que cruzan cada día el puente internacional y que es conocido por los juarences como un verdadero monumento a la corrupción. Nos detenemos frente a una quebrada en la que se pueden ver unas cuevas. Hay un dato de que en esa zona se ocultan unos narcos que escaparon de un tiroteo unas horas antes. Los soldados trepan con poca habilidad. Son ocho apoyados por otro grupo que se apuesta por encima de la pendiente que aparece enfrente. Cuando llegamos a la cueva encontramos rastros de que alguien hizo fuego hasta hace apenas unos minutos. En la otra cueva hay dos tipos que dicen ser campesinos del sur del país que no pudieron cruzar la frontera y que están esperando a poder hacerlo esta noche. "Hubo más carnales (compañeros) anoche, pues por el frío. Pero ya se han ido", explica uno que parece haber tomado una buena parte de la producción local de tequila. Y lanza la frase favorita en México: "Nosotros no vimos nada".

Mientras avanzamos de regreso al centro de Juárez, pasan otras dos patrullas del ejército y un convoy de la policía federal. Son 5.000 soldados y 3.000 policías los que tomaron Juárez por asalto en los últimos días después de que la policía local fuera desbordada. El jefe de la policía, Sacramento Pérez, y dos de sus escoltas fueron acribillados a principios de año. El responsable de la Seguridad Pública, el mayor retirado Roberto Orduña Cruz, tuvo que renunciar hace tres semanas cuando los narcotraficantes dejaran una cartulina verde colgada del monumento al Policía Caído, en el centro de la ciudad. "Si el jefe de la policía no renuncia, mataremos a un agente cada 48 horas", decía la pancarta. Al día siguiente aparecieron los dos primeros muertos, un policía municipal de 25 años y un custodio de un penal. Orduña mandó una carta de renuncia al alcalde y escapó hacia el Distrito Federal. El alcalde José Reyes Ferris aceptó la renuncia diciendo solemnemente que "la delincuencia organizada pretende controlar a la policía, pero no lo vamos a permitir". Se olvidaba que era su segundo jefe de seguridad que tenía que renunciar ante el acoso de los narcos y que en lo que va del año mataron a 28 policías. En Ciudad Juárez se pasó de los 300 asesinatos atribuidos a los carteles en el 2007 a 1.607 el año pasado y más de 300 en lo que va del año.

En febrero fueron 231 asesinatos en 28 días, un promedio de casi nueve por día en esta ciudad de un millón y medio de habitantes. Es por eso que sorprendió el título de El Diario de Ciudad Juárez de la semana pasada que decía "Una noche sin ejecutados". Era el resultado de la entrada de un convoy de un kilómetro de largo con más de 2.500 soldados que tomaron prácticamente la ciudad. Los narcos se retiraron y esperaron. Fue apenas unas pocas horas. Dos noches después aparecían nueve cadáveres mutilados, aparentemente un ataque sorpresa del Cartel de Juárez a sus enemigos de El Golfo que pretendían "copar la plaza" y pasar heroína al otro lado de la frontera sin pagar "el peaje".

El martes de la semana pasada la llamada Operación Conjunta Chihuahua terminaba siendo un "golpe de Estado" contra el gobierno local. Los militares tomaron el control de todo el aparato de seguridad, incluyendo la policía municipal y las cárceles. Juárez es una ciudad absolutamente militarizada. La avenida principal que va desde el puente internacional hasta los nuevos barrios altos donde las familias de los narcotraficantes se construyen unas casas estrafalarias y ostentosas, es recorrida por convoyes de policías federales con las caras tapadas con pasamontañas negros que pasan cada tres o cuatro minutos en un sentido u otro. Y cuando hay tanto despliegue militar, como ya es muy conocido en toda América Latina, comienzan los abusos de poder. En la fiscalía local ya hay decenas de denuncias de violaciones a los derechos humanos. Son 1.600 en todo el país desde que el presidente Felipe Calderón ordenó la salida de los militares a la calle hace dos años. "La violencia no se puede combatir con más violencia. Ya deberíamos haber aprendido esto. Los militares van a traer más sangre a Juárez de la que ya había", dice Esther Chávez, una prestigiosa activista de Derechos Humanos que me recibe en su casa de la colonia (barrio) Los Nogales. La gente, en la calle, ve la llegada de los militares como el mal menor. "Los soldados sí son unos desgraciados bien hechos (buenos y efectivos), pero esos de la Federal no son así, andan pidiendo mordida (coima). Pero ni modo, tenían que venir a poner paz", me dice Lorenzo Morales, un vecino del lugar.

Héctor Hawley Morelos es quien tuvo el mayor alivio con la entrada de los militares y la baja en el número de víctimas. Es el director del servicio forense de la ciudad. Tiene un enorme complejo de laboratorios en la zona de Nuevo Juárez con 110 médicos, peritos y técnicos de investigación. Un servicio suficiente para una gran ciudad pero que fue colapsado en febrero cuando les llegaron 21 cuerpos de golpe y la capacidad de almacenamiento de 100 cadáveres fue superada totalmente. El año pasado llegó a hacer 2.300 autopsias. Hawley se hizo famoso por su investigación sobre la muerte de más de 300 mujeres en esta ciudad entre 1993 y 2006. "El problema que tenemos es que la mayoría de los cadáveres no son reclamados. Es por miedo de los familiares. Entonces tenemos que esperar un tiempo hasta que se complete el proceso y puedan ser enterrados en una tumba común", explica Hawley.

Hay un conductor de una de las ambulancias y sus camilleros que viven cerca de la colonia de Tierra Nueva. Un barrio de casas modestas en las afueras de la ciudad donde habitan muchos de los trabajadores de las 284 maquiladoras (fábricas de ensamblaje) de la ciudad. Ahí arman televisores, turbinas de avión y asientos de autos por 5 dólares la hora. Claro que la mayoría de estos trabajadores no conservan sus puestos por mucho tiempo. Su intención es pasar la frontera para irse a trabajar a Houston o Atlanta donde les pagan hasta 10 dólares la hora en la construcción. El conductor y los camilleros muchas mañanas no van a la oficina.

Tienen trabajo en su propio barrio. Por esa zona aparecen muertos de a decenas. Saben cuando un comando de los temibles Zetas –ex agentes especiales del Ejército que trabajan para el Cartel del Golfo—o de La Línea –el grupo de choque del cartel de Juárez- anduvieron por el lugar porque encuentran los cadáveres por un lado y las cabezas o los genitales por el otro. A mediados de febrero, todas las ambulancias tuvieron que correr hasta Villa Ahumada, a unos 80 kilómetros de Juárez. Unos sicarios habían secuestrado en ese pueblo a nueve personas y las llevaron hasta el rancho El Vergel, en el medio del desierto de Chihuahua. Alguien pasó el dato a los militares y cuando quisieron asaltar el lugar, los sicarios mataron a seis de sus rehenes. Allí comenzó una persecución por entre las montañas que terminó con 14 narcos y un militar muerto. "Íbamos levantando muertitos cada dos o tres kilómetros", cuenta uno de los camilleros.

En este clima hay casi 100.000 personas que se fueron de la ciudad. La mayoría vive en El Paso, del lado estadounidense y viaja cada mañana hasta Juárez para seguir con sus negocios. Uno de los exiliados es el periodista Jorge Luis Aguirre que edita el sitio de Internet La Polaka, uno de los mejor informados sobre esta guerra. Cruzó el puente con las piernas temblándo el 13 de noviembre del año pasado. Ese día habían asesinado a otro periodista, Armando Rodríguez de El Diario de Ciudad Juárez, uno de los mejores cronistas de policiales de México. Cuando volvió del funeral del colega, Aguirre recibió una llamada en la que le decían: "Tú eres el próximo palmado". "Es muy difícil hacer periodismo aquí. Nunca sabes de dónde puede venir el plomo. Ya no hay límite. Todo está revuelto. Y los periodistas pasamos a ser las víctimas", cuenta Julio Fentanes, un colega de Radio Trece, que me hace un "narcotour" por los barrios cerrados de la ciudad como el Rincón de San Marcos donde tienen casas y autos extraordinarios las familias de los grandes capos de todos los carteles.

Carlos Chavira de COPARMEX, la cámara empresarial mexicana, me recibe en su oficina y niega rotundamente que haya dinero del narcotráfico envuelto en cada negocio que se realiza en Juárez. Pero lo cierto es que los entre 10.000 y 15.000 millones de dólares que pasan sólo por esta zona cada año desde México a Estados Unidos en diferentes tipos de drogas, refuerzan y mantienen viva una economía muy golpeada por la crisis internacional. Muchas maquiladoras tuvieron que suspender su producción y eso ha llevado a muchos trabajadores a realizar tareas para los narcos, la única industria pujante de la ciudad.

Antes de dejar Juárez paso por la oficina del alcalde José Reyes Ferris. Me atiende amablemente y niega absolutamente que esté viviendo del lado estadounidense por razones de seguridad. "Mandé a mi familia en un momento pero ya pasó", confiesa. Dice que ahora su principal problema es cómo "volver a la normalidad" y terminar con la ocupación militar. El titular principal del diario del día que llega a su despacho en ese momento no lo ayuda mucho. Anoche hubo otros nueve muertos. Un comando de sicarios se infiltró entre las patrullas militares y mató a un grupo de rivales. Gente de Gerardo "Tony La Mentira" González, el primo del gran capo del cartel de los Beltrán Leyva, Edgard "La Barbie" Valdez.

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