Metarrelato

Convencido de que no existen realidades sino sólo interpretaciones, Néstor Kirchner hizo de la hermenéutica una ciencia política. Y fracasó. Gastó todas sus fuerzas en la construcción de un relato que los argentinos terminaron no aceptando.Por Jorge Fontevecchia
Convencido de que no existen realidades sino sólo interpretaciones, Néstor Kirchner hizo de la hermenéutica una ciencia política. Y fracasó. Gastó todas sus fuerzas en la construcción de un relato que los argentinos terminaron no aceptando. Superficialmente influenciado por intelectuales posmodernos, quiso contruir una ética, pero ni siquiera le alcanzó para una estética (lo que sí logró Perón) y mucho menos aún para una económica.

No hay política sin mito, y mito significa narración. En Antropología estructural, Levi-Strauss sostiene que “nada se asemeja tanto al pensamiento mítico como la ideología política”. Sin un mito (“el sueño americano” que reinstala Obama), es imposible movilizar a las masas. Pero Kirchner no se conformó con usar un mito, como sí hizo, aunque frustradamente, su más modesta esposa con Eva. El quiso construir una historia nueva, a la que denominó “el relato”.

Quien crea una historia, crea un sistema de valores nuevo. Los occidentales ordenamos “la” historia a partir del año cero, con el nacimiento de Cristo; para los asiáticos, esa perspectiva de la historia es extravagante. Los americanos comenzamos nuestra historia en el 1500; los pueblos originarios lo ven de una forma muy diferente.

Cuando el origen es la meta, crear una historia es crear un calendario, y Kirchner estableció que el año cero de la política argentina moderna era en torno a los años 70. Desde ese punto, organizó los cánones políticos, económicos y culturales: todo aquello que no se hubiera opuesto a los militares era malo, y todo lo demás, bueno. La enorme mayoría de la sociedad argentina aborrece a la dictadura militar, pero los hechos de los 70 no ocupan en su vida el mismo espacio que en la del ex presidente. Por eso fracasó Kirchner: porque tomó una parte por el todo. Muchísimos ciudadanos celebran que se condene a Domingo Bussi, pero no creen que la hiperinflación de 1989/90 o la megadevaluación de 2001/2002 haya sido culpa de los modelos económicos heredados de la dictadura.

La crisis del campo derrumbó al Gobierno no por su propia problemática, sino porque puso en evidencia la desmesurada centralidad que para Kirchner tiene la problemática previa al regreso de la democracia en los problemas actuales. Gritar golpistas a quienes se le oponían develó su historicidad ajena a gran parte de la sociedad.

Nuestra conciencia está moldeada por la historia a la cual pertenecemos y de la que no podemos escapar, porque la tradición determina nuestros comportamientos. Somos ese conjunto de prejucios compartidos, heredados de la historia, desde los cuales entendemos el mundo y nos reconocemos.

Cuando el ministro Randazzo dijo esta semana que si los empresarios ahora se quejan esto indica que la redistribución de la renta está funcionando, porque si ganan menos los empresarios es porque ganan más los asalariados, se pareció bastante a la ignoracia de la frase que le atribuyen al Quijote: “Ladran Sancho, señal de que cabalgamos”. Al ministro Randazzo, sus prejuicios económicos le impiden pensar que simultáneamente podría bajar la rentabilidad de las empresas y los salarios (reales) de sus empleados, porque la inflación a cierto punto termina destruyendo el valor de toda la economía. Como por el opuesto sucede lo mismo en los momentos buenos en que mejora la rentabilidad de las empresas y los sueldos de sus trabajadores. Para Randazzo, si la empresa gana menos es porque los empleados ganan más. Este pensamiento, apenas uno entre tantos similares que desde todos los ámbitos emanan del Gobierno, es el resultado de una concepción de la historia reciente argentina: “Son ricos, están contra el pueblo, son golpistas”. Otro ejemplo: “La empresa es española, los españoles son colonialistas, todo lo que a ellos los perjudique nos tiene que beneficiar a nosotros”.

No se equivocaron los intelectuales que influyeron sobre Kirchner al decirle que el hombre es un animal interpretante, que existir es interpretar porque toda comprensión es un comprenderse, que no hay enunciado sin motivación y presupuestos que no enuncia; pero, ¿no le explicaron que la posmodernidad trajo o devino de la postmetafísica, y que la gente ya no cree más en un relato único y divino? ¿Que cuanto más desaforado grite un pastor que prometa el infierno a quien no lo siga, más patético y solo quedará? Le habrán leído a Kirchner el Nietzsche que dijo: “Necesitamos de la historia, pero de otra manera que como la necesita el ocioso exquisito en los jardines del saber”, pero no el que declaró que “Dios ha muerto”.

Walter Benjamin, en su célebre Tesis sobre la filosofía de la historia, criticó con igual dureza a “las falsas imágenes del pasado creadas por el historicismo para guiar a los hombres según un sistema de valores de pueblos victoriosos” como a las promesas emancipadoras de “las falsas esperanzas del futuro del materialismo histórico”.

No hay historia que pueda evitar toda complicidad con sus relatores, lo que Benjamin llamaba “la empatía con el vencedor resulta en cada caso favorable para el dominador del momento”, pero es muy distinto sumar la propia interpretación del pasado enriqueciendo la intersubjetividad histórica, a utilizar la histora como un misil para destruir a todos aquellos que se le oponen. La sociedad no le perdonó a Kirchner su solipsismo (“solamente yo existo”) ni que hiciera lo mismo que la dictadura militar: contar su propia historia como única. Bellamente, Leibniz decía que “los múltiples espejos del universo, que son los individuos, componen en su conjunto el único universo”.

Somos seres históricos; nuestro modo de ser es el resultado de ese compartir una perspectiva sobre nuestra historia y nada es más “destituyente” para el ser que la imposición violenta de su propia historia fabulada. La reacción de la clase media se explica mucho mejor por ese sentimiento de violación que le produjo la “historia oficial” que por los temas puntuales que realmente estaban en discusión. Es el mismo sentimiento que impulsó a los excluidos (de la economía y de la historia) a cruzar a nado el Riachuelo el 17 de octubre de 1945: piden ser escuchados. La clase media no reclama su inclusión en la economía donde ya está afincada, sino en la historia de la que pretenden desterrarla o asignarle el papel de cómplice. Los verdaderos truhanes serían los empresarios que, con semejante papel social, no podrían hacer otra cosa que vender sus empresas y desinvertir. Hace algunos años, también Carrió tuvo una gran responsabilidad en diabolizar a los empresarios ante la sociedad.

El maestro de la hermenéutica filosófica, Hans-Georg Gadamer, escribió en Verdad y método que “no hay perspectiva sin expectativa, ni prospectiva sin retrospectiva”. El próximo ciclo político requerirá un alejarse del pensar violento y el actual tardo-clasismo que en lugar de ser fundante resultó desfondante. Una política que integre respetuosamente los relatos históricos de los distintos sectores de la sociedad, “articule” matices y repare las heridas que dejó esta perversa taxonomía entre pueblo y gorilas.

La política no puede ser una religión que arcaicamente divida las prácticas entre sagradas y prohibidas. Si como dice Gianni Vattimo en Etica de la interpretación, no existe ningún tipo de certidumbre que conduzca a la razón y la verdad, sino que todo es interpretación, y existe una herencia interpretativa que nos legaron las anteriores generaciones y legaremos a las próximas, podríamos comenzar por aspirar a transmitirle a la próxima que una de las causas de nuestra decadencia fue la violencia, y no sólo la de los militares. Otra causa ha sido nuestra inagotable tendencia a repetir el pasado como si éste, inconcluso, hubiera quedado abierto como posibilidad no consumada.

Difícil será que podamos conversar civilizadamente sobre qué quiere decir lo que pasa ahora si simultáneamente intentamos imponer a todos relatos-interpretaciones del pasado. Hay una continuidad narrativa de la historia pasada a la presente; si radicalizamos el pasado para ocupar una posición más cómoda en el presente, en lugar de hacer historia “seguiremos soñando sabiendo que se sueña”.

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