Metáforas de la oficina

Por: Osvaldo Pepe

En Capital y GBA, según la encuesta de una consultora, más del 50% de empleados tiene, en distinto grado, mala relación con sus jefes. En verdad se trata de un vínculo que puede hacerse extensivo a un campo más amplio de las relaciones humanas, ya que desde los tiempos de la Antigua Grecia el pensamiento político convalida, simplificando, aquelllo de que "hay gente que nació para gobernar y otra para ser gobernada".

La ciencia política, precisamente, es la que informa que todo vínculo entre personas implica una relación de mando y obediencia. Y se transforma así en una relación de poder, propia de un jefe y un empleado. Sin embargo, lo que enriquece esa dialéctica son los matices, la capacidad de diálogo, lo más difícil de vislumbrar cuando se habla del poder, entendido éste como la capacidad de influir, regir o forzar la conducta ajena.

El arte de una buena conducción, aun mirada ésta desde el crudo interés personal, digamos desde la mera razón del príncipe, es el de lograr la mayor cantidad de consensos, el de generar voluntades antes que sometimientos. Está en persuadir antes que en imponer. Desde el poder siempre es más sencillo y tentador lo segundo que lo primero. Mandar es relativamente fácil, convencer es siempre un ejercicio más difícil.

Hay muchos escrito sobre las raíces autoritarias del poder en la Argentina, de a poco asimiladas por la sociedad y en consecuencia legitimadas en diferentes órdenes de la vida comunitaria. Es una conducta propia de los súbditos. El país, claro, no es una oficina.

Por aquello de que los súbditos, tarde o temprano, se asumen como ciudadanos. Y no hay categoría social a la que los jefes sin sustancia, más producto de los accidentes de la historia que de otra cosa, le teman más que a un simple ciudadano común que un buen día pronuncia el monosílabo más irreversible: "No".

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