Metáfora del triunfo de Chávez

Por: Osvaldo Pepe

Chávez consolidó anoche su proyecto ilimitado de poder, luego del intento fallido de fines de 2007, cuando las urnas habían tabicado sus ambiciones personales.

Pero ayer y hoy, más allá de los resultados, tiene ante sí una sociedad impregnada por el rencor, una polarización social casi sin retorno. Las tensiones electorales y las fricciones y querellas de la política son inevitables en la vida democrática. Pero la crispación y la exacerbación del conflicto son errores gravísimos, propios de los cesarismos plebiscitarios que quieren ahogar los procesos políticos bajo el manto de la uniformidad, cuando el arte de la política son los matices y la articulación de las disidencias.

En ese sentido, y en un año electoral, la sociedad argentina ha mostrado en la semana que pasó algunos rasgos de madurez política que deben ser bienvenidos. Y agradecidos si es que pudieran conservarse durante la campaña. El oficialismo, luego de más de cinco años en el poder, en boca de la Presidenta debió reconocer que la pobreza está bien viva y que es un estigma de la política, que los políticos deben resolver por encima de la competencia en las urnas, sin cálculos para transferir costos políticos ni especulaciones sectoriales. Algo de eso olfateó el campo cuando decidió postergar su nueva protesta a la espera de un diálogo con el Gobierno. Y lo hizo aunque los indicadores económicos de su sector son en su mayoría más negativos que cuando estalló la pelea por las retenciones móviles.

Si Gobierno y oposición pudieran discutir ideas antes que ideologías cerradas, si no quisieran "sumar porotos" sólo en función del poder antes que de los consensos, el voto de octubre no sería cuestión de vida o muerte. Chávez es un buen espejo: aunque se gane, las urnas no reparan lo que la política ya quebró para siempre.

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