La metáfora del camino trunco y las guitarras

El conflicto en el Parque del Bicentenario ya excede lo que se ve. O es lo que se ve, pero en metáfora: un camino bloqueado y un Gobierno que no encuentra cómo seguir. La alternativa entre proceder, dialogar o esperar con paciencia. Y lo que queda en juego en un equívoco inesperado.
Para que la realidad misma se transforme en una metáfora debe darse tal combinación de circunstancias que ese momento es muy raro, casi prodigioso. La metáfora es una construcción del lenguaje, con un poder de síntesis, de narración y de estética tales que, en apenas un instante, hablan de lo real con una precisión y una belleza casi inhumanas.

Pero que la realidad misma sea metáfora de una realidad más amplia ya es otra cosa. La realidad no es un lenguaje, por más que los lingüistas repitan que sí lo es.

A veces, de todos modos, la realidad se transforma en una enorme metáfora política. Olavarría ha construido una, poco a poco y durante días, y hoy está frente a ella, con todos los elementos, en pleno centro.

El berenjenal en que ha ingresado el Gobierno municipal respecto de la tala de dos árboles en el Parque Mitre tiene pocos precedentes, sobre todo porque la gestión de José Eseverri construyó el brete sin necesidad de que nadie lo ayudara. A solas y por las suyas se cargó con un problema que era muy menor pero que no ha dejado de amplificarse día a día. Y que hoy aparece sumamente complicado.

Ese tema es, de acuerdo a los analistas del oficialismo, menor. En ese razonamiento, la gente pierde el tiempo ocupándose de apenas dos árboles, cuando en realidad hay temas más urgentes a los cuales abocarse. En esa línea, la puja por los eucaliptos debería ser desterrada de la discusión pública.

Pues bien, aquí haremos lo contrario, y postularemos otra tesis: la crisis del Parque del Bicentenario, generada en partes iguales por un Gobierno distraído y por un grupo de vecinos atentos, tiene la potencia de una metáfora muy fuerte, que pone en cuestión la imagen de poder de toda una administración y que, precisamente por ello, ha generado un grado de locura tal en varios de los protagonistas.

Cuando muchos se preguntan hoy "¿tanto lío por dos eucaliptos?" dejaremos esa respuesta a los actores del debate: funcionarios, vecinos, ingenieros, botánicos, concejales, arquitectos y ambientalistas. Esta columna es análisis político y por lo tanto la pregunta que se hace es más amplia: "¿cómo diablos puedo armarse tanto lío en la calle por dos eucaliptos?". Esa nos interesa, y no la primera.

¿La metáfora son las dos plantas, entonces, y las motosierras? No tanto, lector. Eso es lo que se ve desde Brown, demasiado encima de los hechos.

Para ver la metáfora política completa conviene mirar la escena desde Riobamba, o bajar a la costanera desde el centro. Recién allí se ve completo el cuadro, o la metáfora: desde el puente avanza un sendero de cemento, que se hace cada vez más impreciso, luego de tierra, hasta llegar a un talud. La pared cortada a pique impide seguir. El trayecto se estanca. Los ingenieros y los políticos llegaron hasta allí por propia decisión. El camino está bloqueado y, para avanzar, hay que romper, y cortar plantas. Los vecinos no quieren y ahora hay hasta un campamento que custodia el lugar. El Gobierno está preso de una disyuntiva, idéntica a la del camino. Seguir o no seguir. O mejor: poder o no poder, ésa es la cuestión. Esa es la metáfora.

Cuestión de Estado

Reiteremos un concepto, porque este cronista quiere hacer un relato interesante, pero no un cuento autista. Dos árboles no son ni por lejos un tema central en una ciudad como Olavarría.

El tema es que lo que acá está en juego ya no son dos árboles: es una puja simbólica que en un par de días más representarán en público la capacidad (o incapacidad) del Gobierno local de imponerse, negociar, destrabar y/o ejercer el poder.

En los últimos tiempos, el pase de la red social Facebook al terreno ha mostrado que hay al menos un grupo de vecinos, militantes partidarios, referentes ruralistas, chicos que hacen el aguante, padres que los apoyan con temores lógicos, ciudadanos que pasan por el lugar y les ofrecen colaboración, profesionales, alguna gente con interés político y otra gente con interés idealista, ha decidido hacer frente a la decisión del Gobierno de arrasar con las plantas, cosa que no figuraba en ningún proyecto oficial.

Empecemos por el final probable de la historia: ¿cuáles son las salidas del Gobierno? Tres, a nuestro entender, y es más probable la última.

1. Voltear las plantas ya y sacarse el problema de encima rápidamente. Sería la opción "a la Helios Eseverri". Es complicada, porque ahora para temprano es tarde. El problema creció mucho, los chicos siguen acampando, viene el Día de la Primavera (el más políticamente incorrecto para talar de todo el calendario), de día no se pudo y de noche tampoco encontraron el espacio, porque hubo bloqueo antes del operativo de madrugada.

2. Sentarse a negociar con los díscolos, lo cual incluiría un llamado a los referentes del grupo en discordia, la escucha atenta de propuestas y una redefinición del proyecto. Seria la opción "a la José Eseverri 2007/2008". Esta opción también tiene problemas: luego de mostrarse empecinado en voltear los árboles, ante la gente y ante la Justicia, cambiar ahora de idea es riesgoso, y sería una muestra de debilidad. Salvo una cosa: que saltara un funcionario "fusible" por el error. Conclusión: el Gobierno ni por asomo piensa entregar a nadie "por dos plantas", como se definía el tema la semana que pasó, antes de que empezara a complicarse demasiado y el asunto quedara directamente sin denominación oficial. Opción descartada.

3. Esperar el desgaste, ir viendo qué pasa y cuándo no queda nadie. Es la que claramente configura la opción oficial. La idea es esperar el paso de los días, que los chicos se cansen de hacer "el aguante" debajo de los eucaliptos y cuando no quede nadie, o casi nadie, tirar las plantas. Es la opción elegida.

De todos modos, la última alternativa debería incluir un cálculo adicional: que la opinión pública de a poco le saque apoyo a la protesta y hasta entre en fastidio con el reclamo. En otras palabras: si el lugar queda libre para voltear las plantas pero la opinión más extendida es que los eucaliptos no deben sacarse, la tala sentará mal. Aunque nadie se ponga debajo de las lingas de acero ni delante del tractor.

Esa alternativa es, también, inestable: puede ser que los pibes se cansen o vayan al lugar sólo por entretenimiento (como alguno ya admite en las charlas en Fecebook) pero también puede ser que los acontecimientos, cada vez más salidos de cauce, generen mayor presencia. Ya ni Dios lo sabe con precisión.

Mientras tanto, la polémica se agiganta y excede en muchos a las "dos plantas": los chicos se dedican a juntar firmas contra la tala (porque entienden que se trata de una pelea simbólica), los gestores del grupo en Facebook soportan mensajes y presiones (y costos judiciales) para los cuales no estaban preparados, y los ingenieros y arquitectos libran una dura batalla que a esta altura ya tiene un nivel difícilmente encausable.

Como sea, la dimensión de la pelea se ha salido de madre: insultos telefónicos, presiones personales, operativos de tala sin medidas de seguridad, acusaciones de "politización" del conflicto y un proyecto que, al estar estancado, crece ante la mirada pública más de lo que el Gobierno local quisiera.

El pequeño escándalo pone, también, otros focos sobre el Parque del Bicentenario, el único gran proyecto que jamás fue presentado oficialmente por el Gobierno local ante la prensa y que en cambio se entregó a paquete cerrado a un solo medio de comunicación para que lo anunciara.

Es decir, el mismo proyecto que en lugar de ser licitado se cedió llave en mano a un ingeniero, Leo Sainte Cluque, muy allegado al Gobierno local, a quien se le creó un cargo específico en la plantilla municipal para estar a cargo de la obra.

Con el camino bloqueado, el de la metáfora, con los pibes tocando la guitarra al pie de las plantas, con adultos que los ayudan y otros que amplifican el debate político a fondo (como era obvio que iba a pasar) las cuestiones que el Municipio prefiere obviar sobre la obra hacen cada vez más ruido.

Como a propósito, viendo que las máquinas se han retirado, los manifestantes se plantan. Porque saben que lo que se frena es algo más que un sendero de cemento.

El Gobierno, que ve claramente el talud que se le interpone en el camino, también entiende de qué se trata. Y por eso el nerviosismo que lo invade: entre todas las hipótesis de conflicto, la última que esperaba el eseverrismo de José al asumir en 2007 era la de quedar enfrentado a chicos con guitarras y termos. Cualquiera menos ésa.

El tema, ahora, es descifrar qué metáfora, que imagen, quedará instalada cuando la obra se termine, con sendero por arriba, con sendero por abajo, con árboles o sin árboles. Y allí el asunto, de verdad, ya no son dos plantas.

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