Los mercenarios del tablón

Por: Ricardo Roa

Alguien asesoró mal a los funcionarios K que contrataron los servicios de barrabravas para hacer propaganda oficial en el superclásico. Les pagaron para colgar en la tribuna un trapo con una advertencia: "Clarín: el fútbol es una pasión, no un curro". Justo ellos, que si hay algo que hacen es negocios turbios con la pasión del hincha (ver El extraño acuerdo entre punteros K y los barrabravas de Boca y de River).

El folklore tribunero que hacía del fútbol argentino un espectáculo único se contaminó hace tiempo con la irrupción de estos hinchas pagos. No grupitos que llevan banderas y bombos, bastoneros que piden micros para acompañar al equipo y alentarlo. Son mercenarios. Verdaderas bandas mafiosas que se alquilan dentro y fuera de la cancha.

No le hacen asco a nada que huela a plata: cobran por gritar a favor o en contra de su propio club y por silenciar a los que gritan otra cosa. Y en su menú entra de todo. Recaudan lo que pueden y de donde pueden. Revenden entradas que les sacan a los dirigentes, exigen plata a los que estacionan cerca de la cancha y cobran protección a los vendedores ambulantes. Llevan turistas a los partidos y hasta manejan transas de drogas.

A los mercenarios del tablón les da lo mismo ir a apretar al plantel, custodiar a dirigentes políticos y sindicales, hacerles pintadas y meterse en sus grescas internas. O colgar una bandera a pedido. Sólo es cuestión de precio.

Lo peor es el ejercicio de la violencia. Están salpicados por sangre. Son capaces de matar a hinchas de otro club y también del propio cuando está en juego el control de los negocios.

Todo el mundo sabe todo. Empezando por el Gobierno, que dice tratar de erradicar la violencia en las canchas y termina contratando a los violentos para que le hagan trabajo sucio.

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