El meollo del atentado a la AMIA

Por Daniel Goldman.

Si bien existieron, en los actos alusivos a los 18 de julio, diferencias discursivas y de pensamiento entre los diversos grupos de familiares, en estos 15 años los enlazó el desconsuelo y la voluntad de desplegar el coraje cívico al momento de ejercer la denuncia, sin temer a la fuerza que cultive el poderoso.

Más allá de los juegos arquetípicos que realizaba Carl Jung con respecto a las víctimas, el carácter fuerte y profundo del "ser" víctima coloca a todo deudo en un lugar donde la articulación del discurso siempre invoca la relación entre el pensar y el pesar, ya que son vocablos ligados entre sí. Es el vigor de ese pesar el que les da la mayor autoridad para decir lo que debe ser dicho. Y es esa autoridad la que tiene su fuente de pesar en el dolor. La entereza que deviene del dolor de los días 18 sólo puede traducirse en congoja y admiración, dado que resumen las verdades que maduran cada año y que se profesan en pocos párrafos. El lugar del dolor permite que las convicciones más profundas puedan expresarse sin tapujos, sin velos ni relativizaciones. Los silencios escondidos detrás de los conmovedores alegatos nunca representan el vacío, porque siempre aciertan de modo firme en el foco de aquello que todos conjeturamos: culpas, responsabilidades y complicidades.

Recuerdo cómo hace algunos años atrás, un presumido mandatario de nuestro país intentó minimizar de manera omnipotente y de modo enajenante las palabras de un familiar que había hablado desde la tribuna, con la frase: "Los familiares hablan desde el dolor". Torpemente sentenció que el testimonio surgido de la aflicción y del tormento carece de valor. Es como si el sufrimiento limitara o invalidara la razón, en lugar de convalidarla. "Los familiares hablan desde el dolor" coloca a los deudos en un espacio en donde se pretende maliciosamente entremezclar la lástima y la incapacidad. Todavía me resuena la desagradable sensación de los damnificados al escuchar esta lapidaria frase, similar a aquella que tenían los sobrevivientes de la Shoá cuando eran tratados como pobrecitos inválidos, fabuladores y resentidos, en el tiempo en el que se reincorporaban a la vida detrás del horror de los hornos crematorios. Y es la misma que sufrieron las Madres de Plaza de Mayo, cuando se las quiso inhabilitar con el descalificativo de "locas". Una de las grandes virtudes que une a estos tres colectivos sufrientes es que supieron transformar el dolor, potenciándolo en el camino de la lucidez y jamás pidiendo venganza o pena de muerte.

Ahora, a los culpables y responsables ya no les alcanza con intentar imponer el poder de la lástima, porque parece que el orador llegó a horadar con su palabra. En su discurso debe haber acertado con el nombre, de modo tal que condujo al hombre del nombre a ejercer el conocido método intimidatorio como técnica de persuasión. En este sentido sería políticamente incorrecto hablar de un sistema parapolicial en la Argentina que sigue ocupando un lugar a la sombra del Estado, por más esfuerzos que el propio Estado haga para desbaratarlo. Pero la incorrección resulta la fuente de las certezas. Este tópico que está representado paradigmáticamente en la desaparición de Jorge Julio López tiene también su correlato en el procedimiento de espionaje que acosó en los últimos tiempos a Sergio Burstein; lo que vuelve a indicar con la necesaria incorrección, que no muy lejos de los talones de estos burdos agentes delincuenciales vouyeristas se debe encontrar el meollo del trágico atentado a la AMIA. La operación de espiar a los familiares que perdieron seres queridos es el resultado de una ética de tan baja calaña que encierra una capacidad de violencia directamente proporcional a la incapacidad política, la cual va acompañada de cierta microfísica de un poder que, como decía Foucault en su tesis, se ejerce desde la inmundicia, la calumnia y la suciedad, y que puede ser letal a la hora de la verdad y de la densidad de ser una víctima.

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