Una mente sensata y racional al timón.

Una mente sensata y racional al timón.
Por: Mario Diament.

Victor Zarnowitz, quien murió hace una semana en Nueva York a los 89 años, era un profesor emérito de Economía de la Universidad de Chicago y miembro asociado de la Oficina Nacional de Investigación Económica.

Como tal, era uno de los siete economistas oficialmente encargados de determinar cuándo los Estados Unidos se encuentran en recesión.

Entre sus múltiples estudios, el más notable fue uno publicado en 1975, en el que puntualizaba las imprecisiones de los pronósticos económicos. Tras analizar 50 predicciones realizadas entre 1962 y 1974, el doctor Zarnowitz concluyó en que por lo menos cuatro veces durante ese período (dos en 1970 y dos en 1974) las predicciones habían errado significativamente: habían previsto el crecimiento del producto bruto interno cuando lo que ocurrió fue una caída.

La noticia de su deceso tuvo un curioso simbolismo porque sucedió en la misma semana en que el presidente Barack Obama expuso su plan de gobierno ante una sesión bicameral del Congreso y se conoció el contenido del presupuesto nacional, que alcanza a la friolera de 3,55 billones de dólares.

Tras su anuncio, las predicciones de los detractores poblaron el universo mediático y uno no podía evitar pensar en el doctor Zarnowitz y en sus conclusiones, como la que publicó en un trabajo de 1998: "Los recurrentes y aparentemente sistemáticos errores de análisis y pronóstico son más predecibles que los críticos cambios económicos y financieros que los líderes públicos y privados, con sus asesores, tratan de anticipar".

Los indicadores económicos no podían ser más desalentadores. La economía se contrajo un 6,2%en el último trimestre de 2008, la peor performance en un cuarto de siglo; el desempleo alcanza al 7,6% de la fuerza laboral, la cifra más alta de los últimos 16 años; el valor de las propiedades cayó alrededor de un 40%; el valor de las acciones se redujo a la mitad. El gobierno debió tomar el 36% del paquete de Citigroup y ahora debe salir a socorrer a General Motors.

Y, sin embargo, Barack Obama se dirigió al Congreso y a la nación el martes por la noche para decirles que la economía se va a recuperar y Estados Unidos emergerá de esta crisis fortalecido, y la gran mayoría le creyó. Un sondeo de la CBS que mostraba un 63% de aprobación antes del discurso, trepó al 80% momentos después.

El entusiasmo no se apoyó meramente en las promesas. Ni siquiera fue producto de la extraordinaria elocuencia de Obama. Fue, por sobre todo, la comprobación de que el hombre que hoy ocupa la Casa Blanca tiene el coraje de llamar a las cosas por su nombre, y al mismo tiempo, es capaz de impulsar al país en una dirección novedosa y transformadora.

Audacia

Que un presidente que lleva apenas 35 días en el poder y que acaba de pasar el presupuesto más abultado de la historia, se atreva a prometer formalmente que recortará el déficit a la mitad para el fin de su período, es de una audacia admirable.

Que en medio de la crisis económica más profunda desde la Gran Depresión anuncie su intención de expandir el seguro de salud es temerario, y que reconociendo el deshonroso legado de la historia reciente afirme: "Puedo estar aquí esta noche y decir sin excepción ni equivocación que en los Estados Unidos no se tortura", es una prueba de su fibra moral.

Dos días después, la presentación de su presupuesto no hizo más que corroborar lo anticipado. Como lo describió The New York Times , "el presupuesto del presidente Obama propuesto el jueves no es nada menos que un intento de poner fin a tres décadas de política económica dominadas por las ideas de Ronald Reagan y sus acólitos".

Estas ideas se apoyaban en el travestismo de afirmar que, recortando los impuestos de los más ricos, se estimulaba la economía. Obama probará ahora la tesis contraria.

Jugada riesgosa

Como era de esperar, los republicanos, con pocas excepciones, salieron a combatir el presupuesto y sus premisas, como días atrás combatieron el paquete de estímulo. Empeñados en diferenciarse, también ellos están haciendo una jugada de grandes riesgos. Porque si Obama logra reactivar la economía, deberán comerse la lengua. De modo que la apuesta consiste en que le vaya mal para poder decir: "¿No les dijimos?".

Como es fácil advertirlo, la suerte del gobierno de Obama ha dejado de ser una cuestión que sólo atañe a los norteamericanos, sino que concierne a todo el mundo. Si Estados Unidos no logra remontar la crisis, la calamidad será universal.

Por eso, escuchar a Obama el martes fue una experiencia sedante. Comprobar que hay una mente sensata, racional y expeditiva al timón no calma la tormenta, pero la hace más tolerable.

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