Los que menos tienen, los que más pierden

El “derrame” de recursos que se produce de las clases pudientes a los sectores más pobres es lo primero que se corta en una crisis. El problema de la falta de monedas. Por Fernando García Soto - Redacción LA GACETA.
“¡Qué desgracia es este país!”, se quejaba la dueña de un quiosco, por la falta de monedas. “Sobre que se vende cada vez menos, encima tenemos que soportar el malhumor de la gente porque no tenemos cambio para dar vueltos. Algunas personas aceptan golosinas, pero la mayoría quiere el dinero, como corresponde. Y si no tengo monedas, muchas veces debo deshacer la operación”. El recurrente tema de la escasez de cambio pone de malas a la gente, que permanentemente debe hacer malabares para poder comprar cualquier cosa. Las monedas hoy casi son objeto de culto, y los que más sufren a causa de esta restricción son los que piden en una esquina o en la puerta de una iglesia. Sufren más los que menos tienen. La falta de cambio sólo aumenta el estado de tensión en el que se posicionó la población este año, especialmente desde que el conflicto Gobierno-campo comenzó a mostrar que la Argentina no era un paraíso inmune como se pretendía hacer creer. Esta crisis y los efectos de la contracción de la economía mundial derivaron en un brusco cambio de expectativas entre la gente, que dejó de proyectar mejoras en su calidad de vida para concentrarse en despotricar contra el Gobierno -nacional y provincial- y contra cualquier cosa que se le cruce por la cabeza. Hay ambiente de malhumor en todos los sectores.

Los más perjudicados son aquellos que integran los grupos de menores recursos. El flujo de fondos que derraman las clases pudientes hacia los sectores más pobres o indigentes de la sociedad es lo primero que se corta en tiempos de crisis. Y no son pocos los pobres en Tucumán. Las estadísticas que elabora el Poder Ejecutivo señalan que el 17,8 % de la población de nuestra provincia se encuentra por debajo de la línea de pobreza, pero otros organismos -independientes- aseguran que ese porcentaje se ubicaría cerca del 32%. Para colmo, los más damnificados entre la población de menores ingresos son los jóvenes. En Tucumán, dos de cada tres desocupados tienen menos de 30 años.

Por el lado empresario, el panorama no es más alentador. Salvo que se trate de grupos favorecidos por el Estado, los hombres de negocios de distintos sectores observan con gran preocupación el presente y vislumbran un futuro más oscuro aún. La política oficial no comulga con el campo y hay un alto grado de desinversión en este ámbito, que lo sufrirán los argentinos en los próximos años, cuando, por ejemplo, el país deba importar carne vacuna para el consumo interno. En el comercio, actividad en la que cada décima de suba de costos se suele trasladar a los precios, esta vez están de cama. A causa del enfriamiento de la economía, los “vivos de siempre” se ven en figurillas para aumentar los precios en la época de mayor consumo del año, y tiemblan cuando piensan en el bajón que sobrevendrá en los meses futuros. En un contexto de este tipo, se favorecen los consumidores que tienen ingresos fijos o que no están afectados por la crisis, porque tienen la opción de comprar todo tipo de artículos hasta un 30% más barato que en meses anteriores.

Tal vez lo más grave de esta retracción es que se desarrolla en un marco de divorcio entre el Estado y buena parte del sector privado argentino. Sin diálogo y sin que se atiendan los problemas más serios de la economía argentina, la salida del túnel se muestra cada vez más difícil y lejana.

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