Menéndez sumó otra condena a perpetua por torturas y asesinatos

Ya había recibido dos sentencias iguales. Tiene otros juicios pendientes.
En un juicio que comenzó con la noticia del suicidio de un testigo, y en el que se ventiló la terrible castración de un subcomisario a manos de la "D2" -la policía cordobesa durante la dictadura militar- Luciano Benjamín Menéndez, el ex Jefe del Tercer Cuerpo de Ejército, fue condenado ayer por segunda vez en esta provincia a cadena perpetua en cárcel común. El ex dueño de la vida y de la muerte en diez provincias argentinas entre 1976 y 1979, continuará así en la prisión de Bouwer, donde está recluido desde la tarde del 24 de julio de 2008.

El Tribunal Oral Federal Nº 1 presidido por Jaime Díaz Gavier lo sentenció por unanimidad, junto al ex coronel Rodolfo Campos, quien era el titular de la policía en aquéllos años (ver aparte); y los ex agentes Armando Cejas y Hugo Cayetano Britos. Todos fueron encontrados culpables de los delitos de "privación ilegítima de la libertad calificada por tratarse de un funcionario público; homicidio calificado por ensañamiento, alevosía y por una pluralidad de partícipes". En el caso de Menéndez y Campos, los querellantes y el fiscal apelaron al principio de la "responsabilidad mediata": la teoría del alemán Claus Roxin, que ya sentó jurisprudencia en el Juicio a las Juntas.

El tribunal le dio 16 años (y no 23, como pidió el fiscal Gonella) al ex D2 Miguel Angel Gómez, un hombre al que apodan "el Gato"; y absolvió a Luis Calixto Flores.

Durante la mañana, cada uno de los reos tuvo oportunidad de dar su última palabra. Menéndez aprovechó entonces para sentarse en el escritorio de sus defensores y leer su tan largo como remanido discurso sobre "la Guerra contra el marxismo" en la Argentina, mirando al público de vez en vez. Repitió que "los guerrilleros están ocupando puestos en el Gobierno, en el Congreso y en la Justicia", y que "hoy estamos sufriendo una guerra desatada por el comunismo internacional". Volvió a cometer el error histórico de comparar el plan represivo del que formó parte con lo hecho por el gobierno italiano con las Brigadas Rojas en 1978, aún cuando se sabe que en 1978, y con el primer ministro Aldo Moro secuestrado, el jefe de la policía, Carlo Alberto Dalla Chiesa, se negó a torturar para obtener información. "Italia ¿dijo¿ puede permitirse perder a Aldo Moro; pero no implantar la tortura".

La novedad de su diatriba tuvo un nombre y apellido inesperados: Abel Posse. Menéndez utilizó, para justificar sus crímenes de lesa humanidad, una nota publicada por el flamante ministro de Educación de Mauricio Macri. "Abel Posse bien recuerda -citó con su tono marcial¿que ningún país repudió a su ejército por lo que le exigieron sus gobiernos: ni Francia por lo de Argelia; ni Alemania por la matanza de Rusia; ni Rusia por la masacre de Polonia y Berlín; ni Estados Unidos por Hiroshima".

A su turno, Rodolfo Aníbal Campos, quien vio todo el juicio desde Buenos Aires por un sistema cerrado de televisión, ya que obtuvo permiso del cuerpo médico forense de la Corte Suprema de Justicia por su estado de salud, siguió la línea del dictador Jorge Rafael Videla para ampararse. Aquello de "los desaparecidos no están ni muertos ni vivos, están desaparecidos". El reo lanzó: "¿Hay delito si no hay cuerpo del delito? ¿Y dónde está el cuerpo?", en referencia al del subcomisario Ricardo Fermín Albareda: un hombre que fue castrado con un bisturí, desangrado hasta morir y desaparecido en septiembre de 1979. La condena a perpetua en cárcel común para Rodolfo Campos fue la sorpresa del día, ya que pocos esperaban que se le revocara la prisión domiciliaria de la que gozó hasta ayer.

La sala del Tribunal Federal estuvo repleta. Abuelas de Plaza de Mayo, Familiares de Desaparecidos, políticos, público y periodistas siguieron cada palabra durante la jornada y estallaron en aplausos ni bien el juez leyó cada una de las sentencias. Al final, los condenados se retiraron en fila india, con la cabeza gacha y aturdidos por los cantos de la gente. A lo largo de veinte audiencias, ninguno esbozó arrepentimiento alguno ni se disculpó por nada.

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