Menemismo tardío, la táctica de Kirchner

Por Joaquín Morales Solá

Néstor Kirchner aterrizó en el siglo XXI. Buena novedad. Hasta ahora venía amenazando con el atolondrado regreso del país a los años 70, 80 o 90. Si el oficialismo perdiera las elecciones, acaba de decir, el país volvería a los martirios de 2001. No es menos doloroso, pero es más moderno, por lo menos.

Sin embargo, fue el propio Kirchner el que retrocedió hasta los demonizados años 90 cuando se deslumbró con la candidatura de Nacha Guevara en la provincia de Buenos Aires. Eso es menemismo tardío, porque fue Menem el que lanzó la moda, allá por la mitad de la última década del siglo pasado, de reemplazar la política con el espectáculo.

Ambas cosas, la apelación a figuras populares de las marquesinas teatrales y la invocación del retorno de la gran crisis, son partes de un mismo drama: la destrucción del sistema de partidos, que el ex presidente promovió aún más, sin haber hecho nada para resolver el conflicto. El caso de Nacha Guevara es especialmente significativo, porque virtualmente será la primera candidata real del oficialismo bonaerense. Kirchner no ha dicho todavía si asumirá su banca de diputado nacional (aunque es seguro que nunca irá al Congreso) y el gobernador Daniel Scioli fue sincero: su candidatura es sólo testimonial y no volverá al Congreso. Ellos serán los dos primeros candidatos. Guevara será la tercera y, por lo tanto, la primera real. ¿Quién le preguntó al peronismo bonaerense si ésa es su mejor alternativa? Nadie. Es la desaparición de un partido.

¿Qué le dice Nacha Guevara al vasto y sufrido electorado bonaerense? Se sabe que la artista es peronista, pero no mucho más. Y como la orquesta del peronismo ha tocado todas las melodías, es probable que Guevara sea también una representante cabal de esa ductilidad. De hecho, en los años 90 ella compartió la vida social del menemismo con una increíble capacidad para olvidar su historia y sus viejas canciones.

Lo que importa, de todos modos, es comprobar si una artista, que sólo conoció las vecindades de la política, está en condiciones objetivas de formar parte del Congreso. Hay demasiados legisladores que ignoran más que lo que saben, pero ya es hora de que los que se postulan tengan alguna idea sobre los temas cardinales del país, sepan leer un presupuesto (que es lo que deben aprobar, cambiar o rechazar todos los años) y conozcan cómo se confecciona un proyecto de ley y cuál es el trámite que debe seguir luego. Nacha es una perfeccionista del espectáculo, pero no se conoce que lo sea de las leyes.

Sería injusto, con todo, que la crítica a tanta frivolidad sólo mojara a Nacha Guevara. ¿El peronismo disidente bonaerense no lleva acaso como tercera candidata a Claudia Rucci, más conocida como actriz de televisión que como hija del legendario dirigente metalúrgico José Ignacio Rucci? ¿Y qué decir de Nito Artaza, un cómico que pasó de candidato a diputado radical por la Capital a candidato a senador del radicalismo correntino?

La liviandad de las ideas permite a los recién llegados a la política hacer luego cualquier cosa. Mauricio Macri inventó a Borocotó, un médico famoso, simpático y familiero, como candidato a diputado nacional por la Capital. Quince días después de su elección, Borocotó se pasó, ufano, al kirchnerismo. En medio de la tormenta que él mismo desató, y cuando su nombre ya se había convertido en una categoría política (la "borocotización"), siempre hubo en el viejo médico algo de quien pregunta por qué lo criticaban tanto, como si para él fuera lo mismo entrar por la puerta o por la ventana en el Congreso.

Macri, como Scioli, viene de una formación política corta y su fama previa se debió a otras razones. Ellos también desconocen muchas cosas de la política y, sobre todo, de las instituciones. Macri adelantó las elecciones en la Capital sin darse cuenta de que le estaba abriendo una puerta a Kirchner para que éste también anticipara las elecciones nacionales, que era lo que necesitaba desesperadamente. A su vez, Scioli se apresuró a aceptar la candidatura a diputado nacional sin preguntar antes si la Constitución se lo permitía. La Constitución no se lo permite.

Hay, además, un riesgo para los buenos artistas y es el de hipotecar para siempre carreras que se han construido con el esfuerzo de muchos años y con una saga de éxitos y fracasos. Los deportistas son, por lo general, cosas distintas: se meten en política cuando ya sus carreras están terminadas. El mejor caso de los artistas que fracasaron en la política es el de Palito Ortega, gobernador de Tucumán en tiempos de Menem y luego senador nacional por esa provincia. No dejó ninguna huella en la política, pero nunca más pudo volver a sus menesteres de cantante, cineasta o productor, que es lo que sabía hacer.

Lealtad

La sociedad parece perdonarles hasta los errores a las figuras públicas, siempre que éstas conserven cierta lealtad con lo que son. El cruce de la frontera casi invisible entre lo que eran y lo que son, y el uso ilegítimo de la fama que la propia sociedad les proporcionó, significan, muchas veces, un paso decisivo entre el favor y el disfavor popular.

Pero ¿qué ha hecho el kirchnerismo en todos estos años para ofrecerle a la sociedad sólo las luces de las marquesinas en elecciones cruciales, según las propias palabras de Néstor Kirchner? ¿No es Nacha Guevara la consecuencia inevitable de una política bonaerense siempre dominada por caudillos menores y por el clientelismo político? ¿No reemplaza ella la ausencia de figuras de la política en condiciones de seducir a vastos sectores sociales? ¿Las luces del varieté no terminan llenando, en última instancia, otra ausencia, la de políticas y de propuestas más serias que el estrépito de un día de anuncios sorpresivos?

Seis años hace que el kirchnerismo gobierna. Ahora nos venimos a enterar de que la eventual derrota en unas elecciones legislativas de mitad de mandato podría reinstalar todos los fantasmas, la extrema tensión social y la monumental crisis política y económica de fines de diciembre de 2001. Palabras de Kirchner. ¿Qué hizo el kirchnerismo en más de un lustro para reconstruir las instituciones devastadas, para restaurar la economía frágil de entonces (después de cinco años de memorables crecimientos del PBI) y para rehacer el propio sistema de partidos políticos? Nada o muy poco.

No es necesario esperar el final de las elecciones: el país ya tiene, antes de ellas, un montón de conflictos sin resolver. Es, entonces, el caos o el caos, según la catastrófica mirada del ex presidente. ¿Serán ciertos todos esos presagios de la ruina? Quizá se trata sólo de una puesta en escena. El espectáculo comienza cuando la política se termina.

Comentá la nota