El mejor argentino

Por Martín Caparrós.

La muerte golpeó a la Argentina y los medios hablaron de Sandro más que nada. Lo curioso es que lo convertimos en algo que nunca fue. Para los argentinos es una suerte saber que al fin y al cabo nos morimos y nos convertimos en leyenda. Porque el mejor argentino, es el argentino muerto.

La locutora cubana hacía llegar, desde Miami, su solidaridad con todos los argentinos por la pérdida sufrida –y el conductor de la radio local, educado, la dejaba hablar. Un locutor mexicano le explicaba, desde el DF, al mismo conductor que esto no era ni más ni menos que una tragedia y como tal debíamos enfrentarla –y el local, educado, acordaba con él. Y después una paraguaya y un chileno y quichicientos argentinos repetían; eran sólo un ejemplo de los cientos, miles de periodistas que velaban la aureola del señor Roberto Sánchez Sandro.

Este lunes la muerte volvió a golpear a la Argentina, y consiguió atontarla una vez más. Durante un par de días, los medios hablaron del señor Sandro más que nada: los diarios lo llevaron a la primera página y dieron a su muerte ribetes de tragedia. Los diarios son –curiosamente, todavía– los que establecen la agenda informativa que siguen los demás medios, así que todos entendieron que se trataba de una tragedia nacional. Que sirvió, entre otras cosas, para precisar uno de los conceptos blandos más exitosos del postmenemismo. Clarín lo usó con propiedad de propietario: "La gente le dice adiós a Sandro en el Congreso" –y, enseguida: "Pasaron 40 mil personas". Quedó claro, por fin, quién es lagente: esas 40.000 personas que pasaron a mirar el cuerpo del cantante, un suponer.

–Así que eso era lagente.

–Y sí, mire vea.

–La mitad de un recital de los Redondos o de los Piojos. Pero seguro que esos no serían lagente.

–Quién sabe no, vaya a saber.

No es fácil escribirlo, porque está la famosa muerte de por medio, pero las loas y alabanzas que desparraman sobre el difunto me suenan a levemente mucho. El señor Sandro fue un cantor con una voz agradable pródiga en gritos y susurros, una puesta en escena que rozaba la caricatura, la toqueteaba, la penetraba impune, un cuerpo atractivo y movedizo y esa cara de turrito seductor, que cantaba canciones tan poco originales –ajenas, al principio, y después copias– con una dicción rara, donde su ye porteña se transformaba en una elle for export sudaca. El señor Sandro no inventó nada; su aporte a la música consistió en un puñado de temas muy primarios que recordamos como se recuerdan los jingles de la infancia: con esa misma mezcla de nostalgia y displicencia y una pizquita de vergüenza:

–Bueno, éramos chicos.

–Sí, chicos éramos, claro. Pero no…

Ahora pataleamos en el mito: leyenda, tragedia, ídolo nacional. La primera psicóloga aburrida diría que nos estamos quedando tan huérfanos de referentes que cualquiera que pueda lejanamente postular para el puesto se lleva toda la torta las velitas el payaso un par de serpentinas –y más si consigue morirse cuando cuadra. La segunda –discusión encendida, café, cigarrillos con rímel– retrucaría que es un efecto más puro de la muerte: que el señor se convirtió en este tótem improbable porque en sus últimas semanas capturó nuestra atención con esa agonía sin fin que ofrecía la esperanza de que incluso las enfermedades terminales dejaran de serlo –y que fue realmente trágico comprobar que no, que cuando alguien va a morirse en general se muere. La tercera –porque las psicólogas siempre vienen de a tres, por si las moscas– contestaría que no es así, que hablamos de la muerte pero de otra manera: que se trata de la nostalgia de tantos por su propia juventud perdida, de cómo se trabajan la memoria para convertir ciertos hechos menores en momentos espléndidos: aquellos ritmos que bailaron sudados en algún carnaval y que, tiempo mediante, por la monotonía de lo que le siguió, se volvieron gloria en el recuerdo, y que llorar a Sandro es llorar lo que no fuimos, diría, su lagrimita atravesada.

Y así seguirían y yo, por decir algo, les propondría dejar por un momento el barro del mito y la leyenda y las apologías del artista eximio, y mirar sus canciones para chequear esa noción –seguramente malintencionada– de que sus letras son cimas picos cúspides de la cursilería. Entonces buscaría entre las más celebradas; la que empieza, por ejemplo, "Ay, Rosa, Rosa/ tan maravillosa/ como blanca diosa,/ como flor hermosa,/ tu amor me condena/ a la dulce pena/ de sufrir...", portento del lugar común ya ni siquiera muy común de tan común. O, si no –siempre entre sus hits–: "Una muchacha y una guitarra/ para poder cantar,/ esas son cosas/ que en esta vida/ nunca me han de faltar./ Siempre cantando,/ siempre bailando/ yo quisiera morir,/ dejar al cielo/ sobre este suelo/ en el que yo nací". Otro milagro de profundidad, revelación, interpretación de lo nunca antes dicho con rima infinitiva o bien gerundia. Y una de las psicólogas me miraría y pensaría en preguntarme qué me pasa, e incluso, quizá tararearía: "Se te nota,/ porque estás muy agresiva,/ la mirada siempre esquiva,/ vida mía, se te nota./ Se te nota,/ porque finges al hablarme,/ y pretendes simularme,/ vida mía, se te nota." Otro hondo drama humano encerrado en siete versos.

–Bueno, pero lagente lo quería.

–¿Ah, sí, lagente?

Es indudable que el señor Sandro fue muy querido por muchos argentinos. Es un hecho, es un mérito –quizá mayor que tantos otros. Pero que alguien sea querido no lo convierte en un artista ni da un valor estético particular a lo que hace; prueben a matar a Tinelli o a Giménez y verán cuántos millones van a velarlos dónde sea. Parece obvio y, sin embargo, abundaron estos días columnistas en diarios y radios mofándose de los "intelectuales" –o, incluso, "intelectualoides" o "intelectualosos", aunque la mayoría considera que la palabra intelectuales ya es insulto suficiente– que osaran decir que el señor Sandro era lo que era y no ese busto gardeliano que han inventado esta semana. Que son elitistas, retorcidos, insensibles al sentir de lagente, dicen: populismo en todo su esplendor.

–Tá bien, pero ¿por qué se tira contra el pobre Sandro? ¿Qué le molesta de él?

–Nada, a mí nada, ¿y a usted?

El señor Sandro me parecía un tipo simpático y decente, querible, respetable, todo bien; lo curioso es que lo hayamos convertido en lo que nunca fue. Sandro era un señor que la pegó con unas cuantas canciones hace cuarenta años y que, desde entonces, las repetía para un público acotado de señoras cada vez mayores. Y había sido, también, el protagonista de algunas de las peores películas del peor cine argentino. Los que ahora se llenan la boca con su leyenda su mito su poesía su arte nunca lo escuchaban en su walkman o ipod o portátil ni iban a verlo a un recital; alguno, si acaso, habrá pensado en divertirse un rato con un espectáculo francamente kitsch –y después, seguramente, le dio fiaca y se quedó mirando Los Soprano.

Yo creo que la apoteosis del señor Sandro es un episodio más de la plebeyización del gusto que empezó con el menemismo, cuando los ricos argentinos y sus repetidoras habituales consiguieron por fin deshacerse del deber ser que decía que tenían que alabar la "alta cultura" y se entregaron sin tapujos a la cumbia y el fútbol –Macri, valor y referente– y legitimaron esos gustos: los convirtieron en valores. Un gran momento; frente a eso, la pretensión de producir estéticas distintas pasó a ser –considerado– elitista o antipopular o simplemente estéril, el intento de formular un juicio estético pasó a ser –condenado por– intelectualoso o pretencioso o vanidoso o algún otro oso más o menos hormiguero. Y la popularidad –también llamada mercado– se convirtió en el gran baremo.

Por eso, entre otras cosas, es posible convertir a Sandro en gran artista, mito. Por eso, y porque la muerte cambia todo, calla todo, transforma cualquier voz en loa. En la Argentina actual la muerte es el gran criterio de legitimidad, de atención, de importancia. Y, entre otras cosas, mata cualquier posibilidad de análisis y la reemplaza por la hagiografía.

A este paso, un día se va a morir Kirchner y va a ser el varón probo austero que salvó a la Argentina del abismo, Narváez y va a ser el sacrificado Gautama que olvidó su fortuna por el amor del pueblo, Carrió la pitia ahumada en Delfos, Cobos aquel iluminado que en un momento decisivo vio la luz y dijo voto caca, y así. Lo sabemos, aunque todavía no está confirmado el rumor de que hay un consultor guatemalteco que anda proponiendo a los candidatos para las próximas elecciones que se mueran un mes antes del comicio –para asegurarse la victoria pírrica. Quizá no sea verdad, pero podría. Para nuestros líderes, para todos nosotros argentinos es una suerte la desgracia de saber que al fin y al cabo nos morimos: una luz de esperanza. Después de haber sido denostados –en general, muy justamente denostados– durante todas nuestras vidas, siempre nos queda ese momento en que, ya muertos, vamos a ser espléndidos. Allá vamos, henchidos de esperanza, rumbo a nuestra leyenda, a nuestro mito pequeñito. Porque como ya sabe –por experiencia propia– Sandro, el mejor argentino es el argentino muerto. O, dicho por Él con esa verba incomparable: "Serán los días más felices/ que puedas tú vivir/ con luz de mil matices/ y todo es para tí."

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