Medios locos

Por Alfredo Leuco

Hace más de tres meses, precisamente el 29 de noviembre del año pasado, esta columna arrancó con el siguiente párrafo: “El gobierno de los Kirchner está potenciando el más formidable operativo para controlar los medios de comunicación que se tenga memoria desde la restauración democrática en 1983.”

Es un plan sistemático y reservado que se viene perfeccionando desde que llegaron al poder y que no descarta ningún mecanismo de presión, castigos publicitarios, compras de empresas y campañas de hostigamiento a periodistas fogoneadas desde el poder. Néstor y Cristina sueñan con trasladar a todo el país la experiencia de Santa Cruz que consiste en achicar a su mínima expresión las voces críticas y multiplicar la obsecuencia y los elogios.”

En su discurso de inauguración de las sesiones ordinarias del Congreso, la presidenta Cristina Fernández dio la orden de iniciar la segunda etapa de este operativo cuando habló de pagar “una vieja deuda de la democracia” con el envío del proyecto de la nueva ley de radiodifusión.

Los argumentos son razonables. Es cierto que la legislación vigente es un esperpento parido por la dictadura militar y luego reducido a escombros por diversas modificaciones que funcionaron como trajes a medidas de diversos amigos del poder. La tecnología de las comunicaciones cambió a la velocidad del sonido y dejó en ridícula letra muerta esa norma que registraba al fax como último salto de modernidad. No hay dudas de que la concentración monopólica de medios conspira contra el pluralismo y la libertad de prensa. Esto casi nadie lo discute. Pero lo que casi todos sospechan es que a los Kirchner no los mueve ninguna de estas ideas republicanas. Toda la trayectoria política del matrimonio desde la Municipalidad de Río Gallegos hasta la Presidencia de la Nación, pasando por la Gobernación de Santa Cruz, ha tenido y tiene como objetivo reemplazar la mirada crítica que es parte del ADN del periodismo, por la propaganda sin límites. A esta altura ni sus amigos más fieles niegan que los Kirchner tienen una especial intolerancia hacia aquellos medios que no se arrodillan ante sus órdenes y sus delirios de editores de la realidad.

Este es el verdadero problema. Este debe ser el eje del debate. ¿Qué tipo de medios quieren los Kirchner? Y en consecuencia, ¿qué tipo de ley van a impulsar? ¿No sería más razonable y transparente que la nueva ley sea aprobada por el parlamento que viene, donde todo indica que las bancas van a estar más repartidas? Es que los Kirchner están convencidos de un absurdo que no resiste el menor análisis: los medios son el partido de la nueva derecha. O que el enemigo destituyente es una alianza agro-mediática-neoliberal.

Una sola pregunta desarticula esa visión conspirativa y equivocada: ¿cómo se explica entonces que la mayoría de los medios eran muy críticos en la época de Carlos Menem, el ícono del neoliberalismo en la Argentina? ¿O no dijo Menem que le había ganado las elecciones al periodismo? ¿O nadie recuerda las denuncias de casos de corrupción? ¿Cómo era posible que la senadora Cristina Fernández fuera una de los que más frecuentaban los programas políticos de televisión y el aire de las radios a medida que más criticaba a Menem? Su discurso duro, su belleza y altanería eran un bocado apetecible para los productores periodísticos de medios audiovisuales. El día que ella dijo que no era la recluta Fernández casi todo el periodismo la convocó. Sobre todo muchos de los periodistas que hoy los Kirchner odian porque siguen siendo críticos del poder, como corresponde, aunque el poder haya cambiado de camiseta. Una pirueta ideológica insólita explica que quienes más defendieron a Carlos Menem y recibieron millonarios beneficios de él sean hoy los que más defienden al matrimonio Kirchner para seguir recibiendo esos mismo billetes. ¿Esos son los medios que quieren fomentar con la nueva ley? Empresarios y periodistas que impulsaron la xenofobia, las recontra privatizaciones, la mano dura, y que humillaron a los derechos humanos, hoy entrevistan casi en exclusiva y todos los días a los funcionarios oficiales, incluso a los presidentes Kirchner. Ellos los tratan afectuosamente por sus nombres de pila. Les dicen Oscar, Fabián, Eduardo, y se manifiestan gustosos de transitar la alfombra roja que les ponen. Los hacen sentir como en su casa tal vez porque los kirchneristas están realmente en sus casas. Como en Canal 7 pero con mejor audio e imagen. Los Kirchner creen que un periodista es un enemigo hasta que se demuestre lo contrario o hasta que les chupe las medias para calmar su sed de pauta oficial.

Todos los días aparecen nuevos ejemplos de censura, de empresarios amigos, cómplices o socios que compran medios, y de esa concepción genéticamente autoritaria de considerar los recursos del Estado como si fueran de su propiedad. Que Canal 7 haya sido obligado a transmitir completo el discurso de Néstor en un acto del Partido Justicialista en Chivilcoy da vergüenza ajena. Salvo que en las próximas horas hagan lo mismo con las actividades del radicalismo o el socialismo o el macrismo. Parece difícil.

Eso sólo muestra la hilacha de sus verdaderas intenciones, y de paso mancillan el apellido de gente muy valiosa como Tristán Bauer, que no puede explicar lo inexplicable. Por eso hay tantos funcionarios eficientes y razonables que huyen del kirchnerismo. Cuando ordenan cometer un despropósito, irremediablemente hacen que el que lo ejecuta deje sus huellas marcadas. Y lo más grave es que bajan una señal de zona liberada que permite a gobernadores o intendentes hacer lo mismo. Muchos programas y periodistas de radios del Estado en el interior han sido extirpados por el solo hecho de negarse al verticalismo de la subordinación y valor a los Kirchner. Entre Ríos bate todos los récords en este sentido.

Hoy los medios no adictos han pasado a ser el enemigo principal de los Kirchner. Esto se va a ver con más claridad en los próximos días, a medida que se intensifique su pelea contra el Grupo Clarín, la fortuna en juego que hay con el tema del triple play y la presentación del proyecto de la nueva Ley de Radiodifusión. El campo, por ahora, ha pasado a un segundo lugar en cuanto a adónde apuntan los cañones bélicos del Gobierno. Aquí los Kirchner instalaron un nuevo escenario. Recuperaron la iniciativa política y se calzaron una careta dialoguista, moderada y pacífica para bajar los niveles de confrontación y disimular su rostro autoritario. La aparición de Cristina en la reunión con la Mesa de Enlace, el papel que firmaron acordando varios puntos que los productores venían reclamando y la nueva versión de Kirchner elogiando la responsabilidad de “las patronales rurales” son eslabones de un mismo plan.

Es como si hubieran fundado el Movimiento Necesidad y Cambio (MNyC) para enfrentar al Movimiento Me Opongo a Todo (MOT). Es que la sabiduría popular dice que la necesidad tiene cara de hereje y que el miedo no es zonzo.

Los Kirchner construyen desde el borde del abismo pero no comen vidrio. Tarde pero seguro advirtieron que “el mundo se cae a pedazos” y que parte de esa mampostería va a golpear nuestras posibilidades. El aislamiento les hizo comprender que ya no podían seguir tozudamente golpeándose la cabeza contra la pared con el riesgo de perder por nocaut en las próximas elecciones de octubre. Y sobre todo, sintieron su fracaso y su urgencia en el bolsillo, que es la víscera que más les duele. Cada vez necesitan más dinero para afrontar el año más difícil en un siglo, y cada día recaudan menos por todo concepto.

Por eso se muestran conciliadores. Por eso Néstor cada vez sobreactúa más su papel de Pastor Giménez de las buenas ondas de amor y paz Están urgidos en resolver el conflicto con el campo. Ahora van a cumplir con eficiencia y rapidez lo que firmaron y eso sólo traslada el debate y la incertidumbre al campo del campo, valga el juego de palabras.

Por primera vez desde que se desató la pelea, los dirigentes ruralistas corren atrás de la agenda que le fija el Gobierno. Hay una nueva realidad, aunque sea fingida o por especulación electoral. Y los ruralistas deben interpretar correctamente lo que está pasando. Se equivocan si responden con las mismas armas a un combate que cambió de escenario. Por eso se abrieron grietas en la Mesa de Enlace en general y en la Federación Agraria en particular. Los presidentes Kirchner cedieron a los reclamos de que se terminara el ninguneo y de que aparecieran algunas soluciones concretas. Entonces no se puede mantener la misma postura intransigente de antes. Si una parte cedió, la otra debe ceder. Es el corazón de cualquier negociación civilizada. Eso deberán asimilarlo los representantes del campo pero también los políticos opositores y hasta cierto sector del periodismo y la opinión pública. Para tener credibilidad y mantener la honestidad intelectual hay que criticar sin eufemismos pero también elogiar sin eufemismos.

La Mesa de Enlace está ante un gran desafío. Pasó con creces el examen a la hora de embestir, resistir y movilizarse contra los ataques kirchneristas. Ahora deben rediseñar sus tácticas frente a la moderación de los Kirchner, aunque tengan motivos para sospechar de su autenticidad. El martes van a seguir avanzando en los acuerdos para bajar las retenciones de muchos productos emblemáticos para las provincias, como el maní para el centro del país, o la yerba para la Mesopotamia, o el vino para Cuyo. Y lo van a hacer en forma consensuada con los gobernadores. Eso es positivo. Son pequeños pasos pero en el rumbo correcto. Los ruralistas no pueden permitirse apostar a la ideología del todo o nada. Porque ese fue el concepto que llevó a Néstor Kirchner a recibir su más terrible paliza política. Y si el campo utiliza el mismo mecanismo va a obtener el mismo resultado. La democracia no es blanco o negro. La sociedad no tolera más la intolerancia. Es tan despreciable que Kirchner quiera poner de rodillas al campò como que el campo quiera poner de rodillas a los Kirchner. No es de una persona de bien pagar con la misma moneda ni querer comerse al caníbal. Hay una esgrima delicada que sostener con los autoconvocados que tienen muy poca experiencia sindical o política y una bronca terrible y justificada porque se sintieron violados en su mansedumbre por los Kirchner. Pero también debe buscarse el equilibrio que no permita los embates por izquierda o por derecha que hacen crujir a la Mesa de Enlace. Por un lado, Alfredo de Angeli puso en duda la honorabilidad de Eduardo Buzzi cuando dijo que tal vez había algún acuerdo reservado del que todavía no se había enterado y desautorizó a su jefe gremial al decir que él no hubiera firmado el acuerdo. Es grave lo que pasó, más allá de que después hayan guardado sus facones y se hayan reconciliado para la televisión. Buzzi apeló a la metáfora de sus testículos inflamados porque siente que De Angeli muchas veces le disputa liderazgo agitando a la gente en las rutas aprovechando su carisma mediático. El problema es que De Angeli, por sus propias convicciones indómitas o por la presión que a su vez ejercen sobre él militantes de la microscópica izquierda jurásica, tiende a llevar los conflictos a un callejón sin salida. La lucha de Gualeguaychú contra Botnia es un claro ejemplo de ese pensamiento que de tan combativo se aísla, agota la lucha en sí misma y le hace perder legitimidad.

Del otro lado del espectro ideológico, hay una luz de alerta similar pero más peligrosa. Pedro Apaolaza, capo de Carbap, no oculta sus críticas hacia los Kirchner por todo lo que hicieron en el último año contra el campo, pero disimula su respaldo a viejos jefes de la dictadura militar como el vicealmirante Luis María Mendía, que fue responsable de los vuelos de la muerte en la ESMA y que compartió hasta que falleció la conducción de esa entidad rural con Apaolaza. Está claro que la realidad política es muy compleja y nos exije una motricidad cada vez más fina para no dar pasos en falso a la hora de etiquetar al otro. El doctor en Filosofía Ricardo Forster sostiene que frente a los Kirchner hay un intento de restauración conservadora, y eso sólo abre las puertas de un debate apasionante. Seguro que hay dirigentes y pensamientos reaccionarios en las filas del anti kirchnerismo. Pero también existen en las filas del propio kirchnerismo. En el acto de Catamarca, mientras Kirchner atropellaba las palabras desde el escenario rodeado de Gildo Insfrán, Mario Ishi y Beder Herrera, entre otros marxistas y lacanianos, abajo las banderas rojinegras del Partido Intransigente se mezclaban con las pancartas de Ramón Saadi y Luis Barrionuevo. Tal vez don Oscar Alende, ese viejo bisonte sabio que Forster supo votar, se retorcía en su tumba.

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