Medio siglo después, se diluye el sueño del Tíbet

Medio siglo después, se diluye el sueño del Tíbet
El Dalai Lama ve pocas posibilidades de alcanzar un acuerdo con Pekín
HONG KONG.- Hace exactamente 50 años, grupos de tibetanos comenzaron a aglomerarse en las afueras del Norbulingka, el Palacio de Verano de Lhasa, la capital del Tíbet.

La muchedumbre estaba inquieta. Había rumores de que China, cuyas tropas habían invadido el Tíbet casi una década antes, planeaba secuestrar al monje Tenzin Gyatso, el venerado Dalai Lama, líder espiritual de los tibetanos.

Lo que empezó como una manifestación espontánea se convirtió en una protesta multitudinaria y acabó en masacre cuando el Ejército Popular de Liberación avanzó sobre Lhasa con tanques y morteros, aplastando a los rebeldes, que se defendían armados con piedras y cuchillos.

Más de 80.000 tibetanos murieron en los episodios que se conmemoran hoy. Algunos días después de la masacre, el Tíbet vio partir al exilio a su líder, que desde entonces conduce a su pueblo desde Dharamsala, una pequeña ciudad en el norte de la India conocida como "la pequeña Lhasa".

A los 73 años, el decimocuarto Dalai Lama tiene estatus de estrella de rock. Ganó el Nobel de la Paz, es doctor honoris causa de las principales universidades del mundo y la lista de los premios humanitarios que ha recibido ocupa varias páginas.

El líder del budismo tibetano viaja de país en país y en todos ellos es recibido con los máximos honores por presidentes, primeros ministros y reyes. Sus conferencias siempre llenan las salas, su figura ha sido protagonista en dos películas de Hollywood y una página de sus seguidores en Facebook tiene más de 150.000 afiliados.

Con su desconcertante humildad, su permanente sonrisa y sin haber vuelto a pisar su tierra natal, el Dalai Lama ha conseguido poner la causa del Tíbet, una árida estepa al norte del Himalaya, en los primeros lugares de la agenda de conflictos internacionales.

Pero ninguno de esos logros tiene la significación que tendría devolverle la autonomía a su territorio, objetivo que difícilmente verá cumplido en lo que le queda de vida.

Aunque los rumores de que estaría sufriendo serios problemas de salud parecen infundados, el Dalai sabe que sus días están contados y sus esperanzas de lograr negociar una mayor autodeterminación para la región anexada por China se diluyen con el tiempo.

Ante un grupo de periodistas en Tokio, en noviembre del año pasado, el líder tibetano sorprendió a su audiencia al admitir que sus esfuerzos por convencer a Pekín de que es posible dar al Tíbet autonomía política bajo el dominio chino llegaron a un punto muerto. "Nuestra estrategia falló en traer algún tipo de cambio positivo para el Tíbet. Debo aceptar ese fracaso", se lamentó.

Camino del medio

Acusado por sus detractores de haber apoyado la insurgencia armada en contra de China a principios de los 50, con los años el Dalai Lama ha renunciado a la idea de la independencia y ha abrazado una postura moderada frente al dominio de Pekín, que él llama "el camino del medio".

Ese camino, sin embargo, ha sido rechazado por las sucesivas administraciones chinas, para las cuales el único punto de partida posible de cualquier negociación sería el reconocimiento del Dalai Lama de que el Tíbet fue y siempre será territorio inalienable de China.

"El Dalai Lama nunca ha expresado que el dominio chino en el Tíbet es legítimo, y mientras eso no suceda China seguirá creyendo que él busca la independencia y no simplemente la autonomía política para tener injerencia en los asuntos de la región", dijo a LA NACION Barry Sautman, profesor y especialista en el Tíbet de la Universidad de Ciencia y Tecnología de Hong Kong.

Atrapado entre la intransigencia china y los tibetanos en el exilio, entre los cuales hay muchos que apoyan la insurrección armada, el Dalai Lama ha empezado a contemplar la posibilidad de que el futuro del Tíbet esté en manos de su sucesor.

Tras 50 años de recorrer el mundo recaudando afectos y apoyo político que han probado ser inocuos para el propósito de liberar al Tíbet, el líder budista podría estar acercándose a la peor encrucijada de su vida.

"El Dalai Lama sabe que cualquier arreglo con China sería más relevante y respetado por su pueblo si el signatario es él. El reloj avanza y yo no descartaría que el dirigente tibetano considere un cambio de posición", especuló Sautman.

Si bien no hay señales claras de que el Dalai consideraría un acercamiento a la posición china, en los últimos tiempos sí ha hablado repetidamente de encontrar un sucesor en vida, de manera que su pueblo no tenga que esperar a que se produzca la reencarnación de su alma para encontrar al nuevo Lama.

La idea rompería con siete siglos de tradición, pero resolvería el vacío de poder que se produciría una vez muerto el líder.

El gobierno chino, por su parte, compuesto en su mayoría por dirigentes de la línea dura, sabe que tras la muerte del Dalai Lama el movimiento por la independencia del Tíbet se debilitará, y espera pacientemente a que eso suceda.

"Entre los líderes chinos hay algunos moderados a quienes les preocupa que una vez muerto el Dalai Lama sólo quedarán radicales con los cuales negociar. Pero quienes piensan así son una minoría", dijo a LA NACION una fuente que prefirió no ser identificada.

Consciente de que el tiempo apremia, el jefe político y espiritual de los budistas tibetanos continúa buscando salidas, sin muchas esperanzas quizá de regresar a la tierra de sus ancestros.

El monje de 24 años que en ese marzo turbulento hace medio siglo cruzó el Himalaya perseguido por las tropas chinas no podía imaginarse que llegaría a convertirse en una especie de santo venerado a nivel mundial.

Como tampoco debió prever que recuperar la independencia de su país iba a resultar una tarea irrealizable. Un desafío superior a las fuerzas de lo humano y hasta de lo divino.

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