Medidas que reconocen un temblor mucho más fuerte que el admitido

Por: Daniel Fernández Canedo

Casi sin mediar declaraciones, el Gobierno pasó de hablar de la inexistencia de una crisis, a lanzar una batería de medidas con un doble objetivo: tratar de que no caiga la actividad económica y recaudar lo más que pueda.

Lejos quedaron los tiempos en los que la Presidenta decía que la Argentina no necesitaba un plan B porque estaba a salvo de la crisis financiera internacional.

El blanqueo para los capitales colocados en el exterior a un costo bajo, la condonación de deudas por empleados en negro y una moratoria impositiva amplia demuestra que Cristina entendió que la baja de la actividad económica ya no es sólo una amenaza.

Los indicadores de ventas y de recaudación impositiva encendieron la luz amarilla en el tablero oficial.

La soja ya no roza los 600 dólares la tonelada como en mayo, sino que está en 330 dólares y las posibilidades de recaudación son menores por esa vía.

También lo son las de subir los ingresos del Tesoro por los impuestos al consumo. El IVA ya no da lo que proporcionaba en otros tiempos.

Primero vino la la eliminación de la jubilación privada con el traspaso al Estado de las inversiones de las AFJP (unos $ 70.000 millones) y la posibilidad el año próximo de recibir otros $ 15.000 millones por los aportes de los trabajadores incorporados.

Ese shock de fondos tenía, entre otros, un objetivo: que el Tesoro podría demostrar que tenía plata para hacer frente a los vencimientos de deuda del año próximo.

Así, el Gobierno intentó despejar el fantasma de un nuevo default que agitaron, especialmente, inversores del exterior.

Pero eso no fue suficiente: la crisis internacional cobró nuevos bríos y nadie sabe cuando terminará. Sobre lo que sí hay certeza es que la actividad económica va para abajo.

El jefe de Gabinete, no tuvo ayer más remedio que reconocer el freno y que en 2009 el crecimiento está comprometido.

De lo contrario, no se explicaría la decisión de un blanqueo que aparenta ser muy amplio y que, como todos, implica una flagrante injusticia para con aquellos que pagaron.

Una vez más en la Argentina al contribuyente cumplidor lo embarga la bronca y la idea de que, al final, le va mejor al que no cumple. Acá, una vez más, todas las reglas parecen poder violarse.

Las primeras impresiones respecto del blanqueo de capitales indican que es barato (6% si se trae el dinero y 1% si se lo invierte en empresas o inmuebles).

Y que, en general, servirá más para declarar inversiones e inmuebles ya existentes comprados con plata negra que para un ingreso efectivo de dólares.

Se cree que de los US$ 123.000 millones que los argentinos tienen en el exterior, sólo 50.000 millones estarían en condiciones de regresar.

El resto, propiedades en Punta del Este y Miami o Nueva York, o en títulos públicos o en activos financieros externos, probablemente sigan afuera.

En materia laboral, el cambio también es evidente.

Hasta hace semanas el Gobierno coqueteaba con la propuesta de la CGT de imponer una doble o triple indemnización para evitar despidos. Ahora facilita una fuga hacia adelante para que las empresas blanqueen empleados.

¿Y cómo se compensa a las empresas que venían pagando las cargas previsionales en regla?

En el caso de la moratoria impositiva los expertos quieren esperar a conocer la letra chica. Pero, el levantamiento de las causas penales tributarias a cambio de adherirse resultaría altamente ventajoso para quienes puedan estar cerca de ir a prisión.

El blanqueo impositivo de 1992 aumentó la recaudación dos puntos en los tres años siguientes.

Hoy eso podría representar unos 5.000 millones de pesos por año adicionales sólo por esa vía.

Son muchos los cambios y habrá que esperar la lectura de los textos de las leyes.

Entre tanto, el polémico Guillermo Mo reno levantó los inspectores y controles de las mesas de cambio de los bancos porque consideran que la corrida cambiaria de octubre ya pasó.

Además, sería un absurdo pretender que ahora regresen dólares al país cuando el Gobierno recurre a métodos nada habituales para controlar al mercado de cambios.

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