Medidas que no se anuncian

El derrumbe de los precios de las exportaciones amenaza los “superávit gemelos”. Con el último paquete, CFK reconoció la dimensión de la crisis. Pero hay dudas sobre sus resultados.
No hay ninguna orientación ideológica en las medidas que lanzó el Gobierno desde que estalló la crisis internacional. Si la estatización de las AFJP califica como una política “heterodoxa”, el blanqueo de capitales es propio de un menú “conservador”, aplicado sin éxito en el pasado por dictaduras y funcionarios como Alsogaray, Krieger Vasena o Cavallo.

El denominador común a esas decisiones es la desesperación por apuntalar los dos pilares del modelo económico. Los llamados “superávits gemelos”, el superávit fiscal y el externo, tambalean por el derrumbe de los precios de las commodities. Con la soja a u$s288 la tonelada (la mitad de los valores de julio) y el petróleo en u$s42 el barril (menos de un tercio de los precios que alcanzó durante el primer semestre) los ingresos del fisco por retenciones a las exportaciones empiezan a flaquear. También se achica la oferta de divisas comerciales que entran al país, cuando por la otra ventanilla la demanda de dólares sigue firme: en el último año se fugaron u$s22.000 millones.

Tal vez los $15.000 millones adicionales de aportes previsionales que embolsará el Estado el año próximo, junto con la poda de subsidios energéticos, alcancen a compensar el bajón en la recaudación y mantener el nivel del superávit fiscal. Pero ni el más optimista de los funcionarios cree que la amnistía ofrendada –según el proyecto de ley, sólo– a evasores con fondos en el exterior pueda acercar los dólares que faltarán en la economía.

PAQUETE. El cambio en el escenario internacional, el drástico vuelco en las expectativas y las altas tasas de interés, necesarias para detener la salida de depósitos de los bancos, están golpeando sobre la producción y el empleo más rápido de lo imaginado. La industria automotriz y la construcción, dos de los motores del crecimiento de los últimos años, se frenaron bruscamente en noviembre. En las últimas semanas se multiplicaron las suspensiones y despidos en sectores (construcción, metalmecánica, frigoríficos y curtiembres, entre otros) que hace un año eran grandes demandantes de mano de obra.

El paquete de créditos por $13.200 millones para estimular el consumo y las exportaciones anunciado el jueves por Cristina Fernández apunta en la dirección correcta. Primero, porque implica que el matrimonio presidencial reconoció la dimensión de la crisis y archivó la ilusión del “desacople” que demoró por semanas las decisiones enfocadas en la economía real. Segundo, porque son políticas de incentivos generales, que contrastan con los amagues iniciales de afrontar la crisis sólo con folclore: es decir, con Guillermo Moreno, teléfono en mano, llamando de a una a las empresas que despidieran o suspendieran personal.

Sin embargo, la efectividad del combo de créditos para revertir el proceso recesivo no está garantizada, ni mucho menos. Todavía resta definir cómo se instrumentará el financiamiento para los compradores de autos y electrodomésticos. Al momento de los anuncios no se habían definido plazos, tasas ni los requisitos para acceder a los préstamos. Y ni siquiera se llegó a un acuerdo con las terminales automotrices sobre los modelos que venderán con descuento. Si esas condiciones no son lo suficientemente atractivas, es difícil que consumidores atemorizados por el futuro de sus empleos se larguen a endeudarse para adquirir bienes durables.

Pero aun si el paquete se implementara con éxito, persistirían las dudas sobre el impacto macro en una economía en declinación. La mayor parte de los créditos anunciados (unos $10.500 millones) se fondearán con los plazos fijos que la ANSES y las AFJP tenían depositados en el sistema financiero. Si bien la ANSES estirará los plazos de esas colocaciones a un año (contra los 30 o 60 días actuales), como advierte el colega Miguel Olivera, esos recursos no son dinero nuevo sino que ya estaban en los bancos financiando, en parte, créditos. Así que si los bancos quisieran expandir la capacidad prestable a los consumidores, probablemente debieran también recuperar más rápido las líneas ya otorgadas, restando fuerza al resultado final.

Una segunda observación fue realizada por el economista Lucas Llach. Se basa en la siguiente cuenta. El PBI argentino ronda el billón de pesos, de los cuales el consumo representa el 60 por ciento, es decir, 600 mil millones anuales. Así el “paquete keynesiano” representa apenas el 2,2% del consumo y sólo el 1,3% del PBI. Pero en créditos, no en gasto directo del Estado, así que su impacto sería todavía menor.

LITERATURA. En silencio, lejos del atril de anuncios con empresarios y gobernadores, el Gobierno llevó adelante en las últimas dos semanas la política más potente para amortiguar los efectos de la crisis sobre la economía local. El Banco Central dejó que, gradualmente, el dólar se elevara: en 10 días hábiles, la cotización trepó más de 15 centavos y ayer cerró en el mercado mayorista (donde operar bancos y empresas) en $3,475, con lo cual el martes el minorista abrirá rozando los $3,50.

En diciembre, el Central debe cuidar las reservas porque el Tesoro tendrá que afrontar fuertes vencimientos de deuda y para cubrirlos demandará divisas que se girarán al exterior. Pero además, después de largas discusiones internas, en Olivos concluyeron que no tenía sentido anclar el dólar en los valores previos frente a la magnitud de las devaluaciones en los países de la región. Funcionarios del equipo económico opinan, a puertas cerradas, que el modelo de altas tasas de interés con tipo de cambio atrasado era un pasaje de ida a una depresión económica. Y que en ese contexto, las medidas fiscales y arancelarias para mejorar la competitividad de las empresas se asemejaban a los ensayos de Cavallo para contrarrestar el peso sobrevaluado de la convertibilidad.

Desde agosto, el dólar en Brasil escaló más de 60 por ciento, impulsado por una fuga masiva de capitales. En cambio, en la Argentina, aun contabilizando el salto de los últimos días, trepó “sólo” 14,7%. Para alivio de la Rosada, ayer una agresiva intervención del Banco Central brasileño le fijó un techo a la divisa en 2,50 reales, tras haber superado los 2,60.

“Cuando el problema es cambiario, todo lo demás es literatura”, dijo Aldo Ferrer la semana pasada durante su exposición en la conferencia de la UIA. El profesor de la UBA es uno de los defensores de la política económica oficial. Unos meses atrás escribió un documento en el que advertía que el tipo de cambio en Argentina había dejado de cumplir las funciones que contribuyeron a explicar la recuperación posterior a 2002: promover el compre de productos nacionales porque resultan más baratos que los importados, retener el ahorro nacional y desalentar la especulación financiera. En los cálculos de Ferrer, para cumplir esas funciones, el tipo de cambio debería ubicarse entre 3,60 y 3,70.

Además de contrarrestar parcialmente el impacto de la megadevaluación del socio mayor sobre la producción local, un dólar más alto le sirve al Gobierno para aminorar el efecto de la baja de los precios internacionales sobre las cuentas fiscales y externas.

Sin embargo, mover el tipo de cambio en Argentina siempre conlleva riesgos. Con el consumo en el tobogán, hoy el problema no es la inflación sino el contagio sobre lo depósitos bancarios. Los números de noviembre dieron luz verde al Central para dejar flotar la paridad. El mes pasado se frenó la corrida de octubre: crecieron levemente los depósitos en pesos y aumentaron mucho más las colocaciones en dólares. Es decir que la dolarización de carteras se mantuvo dentro del sistema bancario.

“Si dejas subir el dólar todos los días un poquito, los que corren a comprar tienen la impresión de que siempre es barato. Hay que definir estrategia cambiaria para estabilizar la paridad, generando la incertidumbre de que el dólar también puede bajar en algún momento”, comenta un economista de consulta de Néstor Kirchner. Sin esa estrategia, agrega, estimular el crédito a tasas bajas para impulsar la economía puede resultar muy peligroso. Si empresas y consumidores cuentan con más pesos disponibles, con el dólar siempre en alza, ¿por qué no correrían a comprar?

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