La medicina para calmar la voracidad del peronismo

Por Martín Rodríguez Yebra

Una paradoja condiciona el temprano 2009 de Néstor Kirchner: para soñar con la subsistencia de su proyecto político no tiene más remedio que organizar, al menos gestualmente, su salida.

Le quedan tres años al gobierno de su esposa y Kirchner se vio precipitado a tolerar (y alentar) la irrupción de peronistas con ilusiones presidenciales. Justo él, que había descartado una casi segura reelección para evitar la debilidad que se abalanza sobre un presidente al promediar el segundo mandato. Hoy la obsesión de Kirchner es salir airoso de las elecciones de octubre, coinciden en su entorno. Si no, no habrá 2011.

El novelesco lanzamiento de Carlos Reutemann despertó un inusual optimismo oficialista. Y desde la Casa Rosada se animará a otros peronistas menos populares, como Mario Das Neves o José Luis Gioja, a que expongan otra vez sus ansias presidenciales.

Pero dos fuentes de trato diario con Kirchner cuentan que el jefe del PJ no desborda de alegría por el efecto Reutemann. Es cierto que el senador santafecino se posicionó fuerte para octubre y le abrió al PJ la posibilidad de ganar en una provincia grande donde la oposición es fuerte. El tema es que Kirchner no esperaba tanto fervor interno por la aparición de un sucesor. ¿Cómo conviviría Kirchner de cara a 2011 con un dirigente de peso ratificado en elecciones? ¿Se puede esperar una transición mansa entre el kirchnerismo y un proyecto peronista de centro? No hay una sola fuente del oficialismo que imagine a un Kirchner resignado a ceder el poder que construyó tan minuciosamente. "Por qué no pensar en un Reutemann que aporte muchos votos en Santa Fe, pero pierda por poco con el socialismo de Binner", sugiere un dirigente que conoce la lógica kirchnerista.

Tal vez Reutemann haya percibido la amenaza de una trampa en su apuro por desmentir que su proyecto hubiera sido cocinado en la residencia de Olivos.

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El Gobierno saca cuentas. Imagina una derrota amplia en la Capital. Tiene la esperanza de sembrar Córdoba de listas electorales para que no se pueda nacionalizar el resultado en una provincia donde los Kirchner tienen la imagen por el sótano. Busca apuntalar al gobernador de Mendoza para amargar a Julio Cobos. Y calcula que sumará lógicas victorias en las provincias chicas que gobierna el PJ.

Pero todo será en vano sin Buenos Aires. Kirchner se convirtió en el Duhalde de estos tiempos y su futuro se moldea en la provincia más grande. Aún no descartó el plan de competir como diputado o como senador. Su brújula serán las encuestas: nunca se anotaría sin la garantía de un triunfo arrasador, dicen sus exégetas. Y para eso necesita una oposición atomizada y desconcertada con sus movimientos. Hoy la siguiente opción sería Sergio Massa, según Kirchner les dijo a varios interlocutores. El jefe de Gabinete jura a quien quiera oírlo que no será candidato este año. Otras fuentes sospechan que no quiere exponerse a un juego de desgaste y que, en realidad, fantasea con el relieve que podría darle ser uno de los ganadores de octubre.

Kirchner tiene una relación zigzagueante con Massa, a quien no considera un incondicional. Eso podría subir las acciones electorales de Florencio Randazzo, el ministro del Interior, un bonaerense que logró convertirse en brazo ejecutor del ex presidente. En esa batalla dirá si está viva la llama del "tercer mandato".

Siempre pragmático, Kirchner se resigna al poskirchnerismo, esa medicina que le suministra al peronismo para que el poder no se le escurra como los números de las encuestas.

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