La mayoría desunida, ¿vencerá a la minoría unida?

Por Mariano Grondona

La democracia, ¿es un mito? Así lo pensó el politólogo anglo-norteamericano James Burnham, quien en su libro Los maquiavelistas comentó la obra de otros autores que pensaban, como él, que el gobierno de la mayoría es una ilusión porque, en los hechos, siempre manda alguna minoría. En su libro La clase política, Gaetano Mosca, el más famoso de los maquiavelistas, resumió el pensamiento de su escuela al afirmar que "una minoría organizada siempre prevalece sobre una mayoría desorganizada".

Burnham murió en 1987. Si hoy se levantara de la tumba, ¿vería en la campaña electoral que hoy arrecia entre nosotros una confirmación de su tesis minoritaria? La pregunta es pertinente porque si nos concentramos en la provincia de Buenos Aires, donde se despliega como tantas otras veces "la madre de todas las batallas", el electorado bonaerense parece dividirse en tres partes equivalentes: el kirchnerismo, el peronismo federal del trío De Narváez, Solá y Macri, y el pan-radicalismo, de Margarita Stolbizer. Un tercio con el oficialismo y dos tercios con la oposición.

La imagen que se ha creado, sin embargo, es que, si la lista kirchnerista sale primera en Buenos Aires por delante de las otras dos, el kirchnerismo cantará victoria aunque las otras dos listas, sumadas, lo superen, y que sólo no tendría más remedio que reconocer su derrota si la lista de De Narváez, que por ahora aventaja a la de Stolbizer, saliera primera.

Podría alegarse que esta visión del proceso electoral es "reduccionista", en primer lugar porque desconoce que lo que está verdaderamente en juego es la distribución de las bancas legislativas, por lo cual, aun si saliera primero en la provincia de Buenos Aires, el kirchnerismo igual podría perder en el caso de que la oposición le arrebatara el control del Congreso, y en segundo lugar porque, al ver que sólo De Narváez parece estar en condiciones de desplazarlo del primer lugar en la gran provincia, los votantes que no quieren pronunciarse de ninguna manera por Kirchner -el "voto negativo" de los que dicen a los encuestadores que en ningún caso apoyarían al ex presidente es muy alto- podrían polarizarse al fin en torno del peronismo federal, con lo cual a Kirchner ya no le quedaría ni siquiera el consuelo de llegar primero.

Pero estas dos objeciones a la imagen prevaleciente son casi para especialistas, por lo cual la gente sigue preguntándose si Kirchner le ganará a De Narváez o De Narváez a Kirchner. Al canalizar una amplia campaña de desprestigio contra De Narváez, Kirchner parece pensar lo mismo. Desde la cátedra podría discutirse esta percepción dominante pero, como Mitre se lo advirtió alguna vez a Roca, "en una democracia, cuando todo el mundo se equivoca, todo el mundo tiene razón".

Argumentos para escépticos

Dos razones parecen avalar a los escépticos sobre la salud de nuestra democracia. La primera es que también aquí, según Mosca, miden sus armas un oficialismo minoritario pero unido y una oposición mayoritaria pero desmembrada. Que el kirchnerismo es un movimiento "unido" parece, incluso, una afirmación tímida.

Cuando un frente político se compone de dirigentes incondicionales ante la voz del "jefe", ¿habría que decir de él sólo que está "unido" o, mucho más, que está "disciplinado" en forma vertical, no cual si fuera un "partido" sino cual si fuera un "ejército"? Esto al menos hasta que el resto de dignidad que pueda quedarles a los subordinados de Kirchner desemboque en ese estado de "diáspora" o de rebelión que, según algunos observadores, ya ha comenzado.

Hasta que ello suceda, sin embargo, Kirchner aparece como un fiel discípulo de Mosca, en tanto que algunos de sus opositores parecen más preocupados por vencerse entre ellos que por vencerlo a él. ¿Cómo juzgar si no que hasta la ponderable Margarita Stolbizer haya dicho que De Narváez debiera renunciar a su candidatura aun cuando la campaña de desprestigio que Kirchner y los suyos lanzaron contra él resulta falsa? Lo que más le importa a Stolbizer, entonces, ¿es aventajar a Kirchner o aventajar a De Narváez?

A veces pareciera que, en tanto que Kirchner sabe que está disputando una "final" por la única copa que está en juego, algunos de sus opositores se demoran todavía en la "semifinal" que decidirá en 2009 cuál de ellos enfrentará al kirchnerismo en la "final" de 2011.

Pero la más grave objeción que podría presentarse hoy al proceso electoral en curso es que, al haber eludido las elecciones "internas", todos los partidos han permitido que los candidatos entre los cuales deberá escoger la ciudadanía de aquí a cincuenta días no hayan surgido de una sana competencia "intrapartidaria", como ocurre en las democracias bien sazonadas, sino de la digitación del "jefe" que, en cada distrito, confeccionó las listas. Es que la ausencia de auténticas elecciones "primarias" hace que los candidatos, una vez designados, no deban su lealtad al pueblo que los ha votado, sino al jefe que los ha incluido en las listas, sólo ante el cual deberán rendir cuentas cuando se prepare la próxima elección.

Este es el resultado de la poco democrática "lista sábana", que en lugar de que los candidatos deban presentarse a rendir cuentas directamente ante sus votantes, permite que su suerte futura sólo dependa de esos mismos patrones de lista que los habían designado. Si aquellos que van a controlar la conducta de los elegidos no serán sus votantes sino sus patrones electorales, ¿cuán democrática es, entonces, nuestra democracia?

La forma de superar este estado de cosas sería acudir, como lo hace la mayoría de las democracias, al "voto uninominal", que ideó en su momento Joaquín V. González, en virtud del cual cada distrito, sea Tandil, Quilmes o La Boca, elige a su representante; ese distrito electoral, ese demos que fue en Atenas el nombre original de la "democracia", es el único al que su elegido deberá, finalmente, rendir cuentas. Pero la "reforma política" de nuestra democracia, tantas veces prometida, sigue durmiendo el sueño de los justos.

¿Más o menos democracia?

Todo lo cual nos lleva al único argumento que podría refutar a esos pensadores sutiles que fueron tanto Mosca como Burnham: que si, cuanta "menos" democracia tengamos "más" podrían prevalecer los argumentos minoritarios contra la democracia, sólo una democracia auténtica, plena, podría derrotarlos.

Convengamos por ello que nuestra democracia, todavía inmadura, es imperfecta. Si Obama hoy puede presentarse como un presidente verdaderamente representativo y, en función de tal, como un revitalizador de la democracia norteamericana que parecía haberse eclipsado con el autoritario George W. Bush, esto sólo le fue posible después de haber pasado por todo un año de agotadoras elecciones primarias.

A nuestros partidos políticos actuales, y sobre todo a los que proclaman contra Kirchner una vocación democrática, sólo les queda en tal caso "huir hacia adelante". Más en el caso de Kirchner, pero también ante las fallas no menores de la oposición, lo que necesita la Argentina en esta hora crucial para nuestras instituciones es, entonces, "más" y no "menos" democracia. Una "cuasi democracia" como la que aún tenemos, sería incapaz de resistir en el mediano o en el largo plazo los embates de quienes aún sueñan con manipularla ya no en busca de la ampliación del poder popular, sino en busca de la ampliación de su propio poder, en un afán en definitiva hegemónico, autoritario. La democracia a la que aspiramos, en suma, será plenaria o no será.

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