El mayor problema es la negación

Por: Eduardo van der Kooy

Los Kirchner tomaron varias medidas sobre el INDEC cuyo propósito central fue asegurarle la vigencia política a Moreno. Así desairaron a Boudou. El nuevo ministro suma conflictos. Intrigas con el plan de Scioli para diferenciarse del ex presidente. La inestabilidad sindical.

Juan Carlos Tedesco no renunció. Al ex ministro de Educación le pidieron la semana pasada, con discreción y deferencia, la renuncia. Cristina y Néstor Kirchner convinieron que ese lugar del Gabinete requería de una personalidad política más fogosa para los tiempos bien difíciles que se le han abierto al Gobierno después de la derrota.

El matrimonio presidencial no quiso prescindir de Tedesco porque su figura posee mucho prestigio en el ámbito académico. De hecho, no se recuerda una sola crítica de la oposición en el largo año que acompañó a la Presidenta. De allí que su tránsito en el poder kirchnerista haya resultado atípico: terminó jerarquizado, como conductor de una unidad de Planeamiento y Evaluación de la Educación en el país. Sin dudas, una buena intención.

Sólo una percepción muy exclusiva de la realidad podría explicar que Cristina y Kirchner, en estas circunstancias, hayan concebido al ex ministro de Educación como un problema político para el Gobierno. El argumento del bajo perfil sonaría insustancial: Tedesco no tiene una característica distinta, por ejemplo, a la ministra de Desarrollo Social. No es mucho lo que se sabe de la gestión de Alicia Kirchner, pero la hermana del ex presidente continúa firme en su cargo.

Aquella percepción de los Kirchner pareciera detectar conflictos donde, tal vez, no los hay e ignorar otros que vienen desde hace rato socavando los cimientos del Gobierno. Los casos más notorios son los de la inflación y el INDEC, además de la porfía con el campo.

La tenacidad del matrimonio por sostener a Guillermo Moreno ya pareciera escapar a los manuales más profundos y sofisticados de la política y la psicología. La figura del secretario de Comercio sirvió de nuevo, la semana pasada, para dinamitarle al Gobierno la posibilidad de una salida al laberinto en que se encuentra.

Podía ser, quizás, un escape sin secuelas mortificantes. Nunca como en estos meses, producto de la crisis económica y la caída del consumo, los precios y la inflación han tenido un descenso sostenido. Tanto que el último índice difundido por el INDEC se pareció bastante a las estimaciones privadas.

Lo más sorprendente es que todas las estrategias que cavilan los Kirchner giran en torno a aquel personaje público. Amado Boudou, el ministro de Economía, asumió maniatado: la Presidenta aceptó varias de las sugerencias de maquillaje del INDEC, pero le hizo saber que la batuta política del organismo continuaría en las manos de Moreno.

Existió, a propósito, una cronología sugestiva de los hechos. Norberto Itzcovich, el nuevo director del INDEC, salió de su anonimato un día después de la remodelación del Gabinete. Lo hizo por indicación del secretario de Comercio. Su designación había sido realizada apenas dos días después de la derrota electoral. El plan fue diseñado en Olivos, discretamente, por Cristina, Kirchner y Moreno.

Boudou no pudo ignorar nada de todo eso. Si lo ignoró, fue una víctima de los Kirchner y su reacción, quizá, debió ser otra a la mansa permanencia en su cargo. Al ministro de Economía no le alcanzaron las máscaras para ocultar el fondo de la cuestión. Ni siquiera el haber lanzado a la escena pública a un supuesto consultor externo como Mario Blejer.

El economista no figura entre los dilectos de los Kirchner. En verdad, ya no hay dilectos en el paladar del matrimonio. Blejer fue la máxima concesión que le hicieron a Boudou. Pero el ex titular del Banco Central se niega a ser lo que no es: por ese motivo zamarreó las decisiones sobre el INDEC. Nada indicaría, pese a todo, que no esté dispuesto a seguir conversando en la informalidad con el nuevo ministro. El interrogante, después de lo ocurrido, es saber si Boudou lo volverá a llamar.

Boudou imitó, de alguna manera, el estilo de los Kirchner. Armó algunos líos donde no existían y dejó transcurrir los más importantes. Concurrió a una reunión con industriales y anunció, un poco a los sopetones, la creación de un banco para fomentar el desarrollo. Miguel Peirano, el ex ministro de Economía, le había acercado, a propósito, los proyectos del BICE. Boudou nunca le respondió y tampoco le anticipó la novedad.

Peirano renunció porque esa descortesía fue la gota que rebasó su paciencia. Su malestar venía de más lejos. Eludió Economía pese a los pedidos de Alberto Fernández, entonces jefe de Gabinete, en los albores de la gestión de Cristina. Lo eludió porque intuía la existencia del síndrome Moreno. Creyó en un rumbo nuevo a partir del 2007, pero no ocurrió. Esperó correcciones luego de la derrota: las señales de los Kirchner habrían ido en otra dirección.

Peirano no es el único defraudado que se aleja. Juan Carlos Nadalich renunció también a un cargo clave en Salud. Se trata de un médico sanitarista amigo de Kirchner, a quien acompañó en la función pública en los 90 en Santa Cruz, que estuvo desde el 2003 bajo la órbita de Graciela Ocaña y de Alicia Kirchner. Parece no haber compartido las nuevas orientaciones del ministro Juan Manzur en Salud. Pero arrastraría un desencanto profundo y extendido con el presente del Gobierno.

Hay otros funcionarios desencantados que también murmuran por lo bajo. Aunque todavía fingen en público. Daniel Scioli se propuso ser más franco. Terminó de convencerse de los límites de su relación con los Kirchner cuando el ex presidente culpó a la vieja política y al propio gobernador de Buenos Aires por la derrota. "Hasta aquí llegué", se le escuchó decir.

Scioli no le hace asco a aquella vieja política que, tardíamente, descubrió el ex presidente. Tampoco está en condiciones de hacer otra cosa: Buenos Aires afronta graves dificultades económicas y sociales. Las arcas tienen un rojo estimado de $ 8 mil millones. El gobernador se ha propuesto una módica meta inmediata: pagar los sueldos del Estado provincial.

Su segundo objetivo consiste en armar un sistema político del cual carece, en especial después del desprecio de Kirchner al PJ bonaerense. Scioli se respaldará en los intendentes porque, bien o mal, la mayoría de ellos salieron airosos de la prueba de junio. De hecho, incorporó a su Gabinete a Baldomero Alvarez, de Avellaneda. Están en su agenda también Julio Pereyra, de Florencio Varela, y Alberto Descalzo de Ituzaingó. ¿Una concesión a Kirchner"? "En Buenos Aires han desaparecido los intendentes kirchneristas", se apuró a aclarar un funcionario de la primera línea del gobernador.

La idea de Scioli es apartarse paulatinamente de Kirchner. ¿Podrá, con una administración económicamente tan comprometida? Allí radica su mayor debilidad. Hay otra que tiene que ver con el pasado: el gobernador nunca pudo deshacerse de Kirchner durante el conflicto con el campo y en la última campaña.

Scioli empieza a percibir que los gestos públicos para diferenciarse del Gobierno nacional nunca alcanzan. Ha vuelto a dialogar con los dirigentes del agro, concurrió el viernes a la Exposición Rural y lo hizo ladeado por el senador oficialista José Pampuro, pidió una baja en las retenciones, armó su propio diálogo político y piensa ofrecerle algún cargo a la oposición. La Defensoría del Pueblo está vacante.

La marea de desconfianza que existe contra el kirchnerismo también lo moja. Los dirigentes del campo no saben si lo que hablaron con él fue genuino o sólo un mensaje embaucador de Kirchner. "La última vez que vio al ex presidente ni siquiera le avisó que iba a visitar la Rural.", aclaró un ministro del gobernador. Algunos ojos apuntaron a la presencia de Pampuro:el senador no ha cambiado palabras con Kirchner desde la derrota.

Kirchner estaría intentado que Scioli no se fugue como lo intentó alguna vez, sin suerte, con Carlos Reutemann. Los intendentes parecen dispuestos, al menos por ahora, a apuntalar los nuevos movimientos de Scioli hasta que el horizonte del PJ se comience a despejar. Ninguno parece haberse ocupado del triunfo de Francisco de Narváez.

Esa indefinición terminó siendo aliada para los Kirchner en la pelea sindical que puso en jaque a Hugo Moyano. Los viejos "Gordos" amagaron con una ruptura de la CGT que, en realidad, no hubiera tenido ahora ningún destino fijo en el peronismo. Intentaron, simplemente, ponerle un tope al poder y al manejo del dinero de las obras sociales al líder camionero.

La ruptura hubiera representado una suerte de tragedia para los Kirchner. Moyano es todavía el único hombre poderoso que camina junto a ellos en el desierto político que le quedó al matrimonio luego de junio. "El sindicalismo vivirá desde ahora un largo tiempo de equilibrio inestable", confesó un ministro que evitó la crisis.

Aquella inestabilidad no es sólo patrimonio del sindicalismo. La dirigencia, oficialista y opositora, celebra las rondas de diálogo que, por doquier, ha lanzado el Gobierno. Celebran también la atención de la Presidenta a quien desean descubrir más receptiva. Pero nadie atina a responder qué seguirá al diálogo cuando ese diálogo se acabe.

¿Acuerdos y cambios? ¿O la continuidad del mundo de espejismos que conforta a los Kirchner?

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