La mayor crisis institucional del kirchnerismo

Es en materia de personalidad donde Kirchner no cambia y frente a las dificultades redobla la apuesta, escalando el conflicto.
La historia muestra que las crisis suelen escalar por errores de cálculo. El kirchnerismo ha sufrido tres derrotas en los casi veintiséis meses que lleva el gobierno de Cristina.

La primera fue la del campo en 2008 y ella tiene un nombre propio en política: Julio Cobos. La segunda se dio en la elección legislativa el año pasado, y en este caso el nombre es Francisco De Narváez. La tercera, al comenzar 2010, es la crisis del Banco Central, y en este caso el nombre es Martín Redrado.

En los tres casos se calculó mal. En la madrugada del 16 al 17 de julio de 2008 el oficialismo pensó que Cobos no se animaría a votar contra el Gobierno. En la elección legislativa, Néstor Kirchner apostó a que Narváez no resistiría la competencia electoral bonaerense y que cedería frente a situaciones como la denuncia de la efedrina. En la crisis del Banco Central, el oficialismo pensó primero que Redrado no pondría objeciones al DNU que destinaba reservas para pagar deuda y luego que no resistiría la presión para que renunciara.

Estos errores de cálculo fueron las tres claves por las cuales al comenzar el tercer año del gobierno de Cristina Kirchner, su situación política aparece debilitada.

La del campo fue una fuerte derrota política, pero que tenía baja incidencia institucional, ya que se cuestionaba sólo una Resolución ministerial, medida de menor jerarquía que un simple decreto. La derrota electoral no tuvo incidencia en dicho plano. Pero la crisis del Banco Central ha sido la más grave en el plano institucional desde la sufrida por el país entre fines de 2001 y comienzos de 2002.

Lo es porque está en juego no una simple resolución como en el conflicto del campo, sino el uso de los decretos de Necesidad y Urgencia por parte del Poder Ejecutivo; la capacidad de Presidenta para hacer uso de las reservas y destituir al titular del Banco Central, pese a su autonomía; también lo está la independencia del Poder Judicial, con decisiones que han sido un límite concreto al Ejecutivo, que en varios casos no quiso reconocer; está además en juego el rol del Congreso en cuanto a su capacidad para revisar la validez de los DNU, la posibilidad de que se autoconvoque durante el receso parlamentario y su rol en la remoción del presidente del Banco Central.

El conflicto del campo fue más importante en las calles, pero éste lo es en lo institucional y en el largo plazo ello es más relevante para el futuro de la Nación.

Planteada la crisis, es conveniente volver a la historia. Ella nos dice que los líderes políticos suelen cambiar de ideología de acuerdo a intereses, conveniencias y circunstancias, pero no cambian de personalidad.

Néstor Kirchner es el líder del oficialismo y quien, en consecuencia, toma las grandes decisiones políticas.

Para él, la ideología es instrumental. En las últimas semanas hemos visto cómo destinar reservas para pagar deuda externa, que en general en el mundo sería interpretada como de cuño neoliberal o de ortodoxia económica, en la Argentina es presentada por el kirchnerismo como de izquierda o progresista.

Es en materia de personalidad donde Kirchner no cambia y frente a las dificultades redobla la apuesta, escalando el conflicto.

Han pasado cuarenta y ocho días desde la firma del DNU que disponía utilizar reservas para pagar deuda y éste no se ha podido implementar y ya no será posible hacerlo, por lo menos en la forma que fue concebido. A su vez transcurrieron veintidós días desde el DNU que destituyó a Redrado y su renuncia.

La realidad es que ha entrado en crisis la estrategia política con la cual el oficialismo se disponía a gobernar hasta el 10 de diciembre de 2011: el uso de los DNU cuando el Congreso no aprobara lo que el Ejecutivo pretendía y del veto cuando sancionara lo que no quería.

Esta estrategia partía de la premisa de que los otros dos poderes, el Legislativo y el Judicial, no asumirían el rol que de acuerdo al sistema republicano les corresponde. Tampoco asumía que tanto la elección del 2009 como los sondeos de opinión pública muestran que el consenso del oficialismo ha disminuido sustancialmente.

Ya planteada la derrota del kirchnerismo en la crisis del Banco Central, al comenzar la segunda quincena de enero Kirchner, coherente con su personalidad, redobló la apuesta: el oficialismo comenzó a reclamar no ya la renuncia del presidente del Banco Central, sino también la del Vicepresidente de la Nación.

Es así como la Presidente lo acusó públicamente de conspirar y querer llegar al poder antes del 2011. A su vez el ex Presidente Kirchner hizo lo mismo, señalando que dicha conspiración pretendía que el Gobierno no llegara a fines del 2010.

Al mismo tiempo, el jefe de Gabinete, el gobernador de la provincia de Buenos Aires, el presidente del bloque oficialista en el Senado, el titular de los legisladores kirchneristas en la Cámara baja y el secretario general de la CGT reclamaron al unísono la renuncia del Vicepresidente, por la supuesta conspiración y por entorpecer la gestión del Gobierno.

A la crisis institucional que se generó alrededor del Banco Central, el oficialismo la escaló con la del Vicepresidente, cuya renuncia o remoción no depende de una decisión del Ejecutivo, sino de un procedimiento legislativo, como lo dijo el mismo Julio Cobos al platear que, si el oficialismo quiere removerlo, deberá tomar el camino del juicio político.

La superposición de las dos crisis institucionales trajo consecuencias inmediatas para el país. Un embargo a reservas argentinas en los EE.UU. puso en duda el éxito del canje de deuda. La suspensión del viaje de la Presidente a China, argumentando para ello que no podía dejarse el poder en manos del Vicepresidente dada la irresolución de la crisis del Banco Central, generó una fuerte señal de incertidumbre. La baja en los bonos argentinos hizo que el riesgo país subiera al máximo de América latina, superando incluso al de Venezuela, en momentos que Chávez expropia bancos y cadenas comerciales, saca del aire canales de televisión, clausura más de mil comercios y las protestas callejeras de los estudiantes opositores llevan a muertos en la represión.

Es en este cuadro político-institucional en el cual el vicepresidente Julio Cobos volvió a tener en sus manos una decisión crucial para el Gobierno, al presidir la comisión que dictamina sobre la remoción del presidente del Banco Central.

Podía presumirse que uno de los tres integrantes de esta comisión votaría desde una postura opositora (Prat Gay) y otro lo haría en su condición de oficialista (Marconato). Ello llevaba a que fuera el voto del Vicepresidente, en su condición de titular de la Comisión, el que desempate.

La renuncia de Redrado -con una fuerte defensa de las reglas institucionales en sus fundamentos- dio a Cobos la salida que necesitaba para no ser, por segunda vez, quien definiera una votación crucial frente al Gobierno.

La baja en los bonos argentinos hizo que el riesgo país subiera al máximo de América latina, superando incluso al de Venezuela, en momentos que Chávez expropia bancos y cadenas comerciales

Pero el kirchnerismo redobla nuevamente la apuesta y, desconociendo la renuncia del ex presidente del Banco Central, quiere obligar al Vicepresidente a que vote sobre la remoción.

Cobos sigue siendo la figura política con mejor imagen y quien tiene individualmente más intención de voto para 2011.

Si la opinión pública lo percibe cediendo ante Kirchner, puede perder parte de lo que ha ganado ante la gente, que lo valora como un límite al poder del oficialismo. Si enfrenta nuevamente al Ejecutivo, ello puede ser el argumento de nuevas y reiteradas críticas, presiones y denuncias contra él por parte del oficialismo.

La política suele ser el arte de resolver dilemas y Cobos ha demostrado más de una vez saber resolverlos, combinando al mismo tiempo moderación y firmeza.

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