El marketing de la eutanasia

Por: Ricardo Roa

Salvo para los más religiosos, la eutanasia no es considerada ya un pecado capital. Muchos ven al suicidio asistido como un derecho humano y esencial: la vida le pertenece a cada uno.

Y por lo tanto, también la decisión de anticipar la muerte cuando se sufren enfermedades o accidentes ante los que vivir parece más duro que morir.

Es el caso del norteamericano Craig Ewert, un profesor de Informática de 59 años que decidió quitarse la vida luego de permanecer totalmente paralizado más de dos años por una enfermedad degenerativa (ver Polémica por las imágenes de un suicidio asistido emitidas por televisión e Internet). Fue a Suiza donde lo ayudaron a morir y eso está permitido. Lo hizo además con el consentimiento de su familia.

Desde lo religioso, la eutanasia es una grave ofensa a Dios, que nos dio la vida y al que únicamente le corresponde quitarla. Aunque la misma Iglesia flexibilizó su posición al condenar el "encarnizamiento terapéutico" que mantiene a los enfermos con vida a cualquier precio.

El derecho a una muerte digna se asocia al espíritu de los nuevos tiempos. Pero Ewert autorizó que la suya fuese filmada y emitida por TV. Esto también parece de estos tiempos: la vida privada se muestra ahora en Internet, hasta el debut sexual.

El drama de Ewert plantea al menos dos interrogantes. Uno: si es lícita la eutanasia. Y el otro, si al ventilarla por la TV en lugar de humanizar la eutanasia, la deshumanizan. Una cosa es defender el derecho a la eutanasia y otra promocionarla.

Por el camino de Ewert, la muerte asistida se convierte en un show. Un producto de marketing donde alguien obtiene beneficios: la muerte eleva el rating. El riesgo es que ese espectáculo termine por anular el valor mismo de la muerte digna.

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