Mariu y Vidal: la doble cara de una gobernadora

Mariu y Vidal: la doble cara de una gobernadora

En esta tercera entrega de columnas basadas en su libro "¿Cambiamos? La batalla cultural por el sentido común de los argentinos", la autora se detiene en María Eugenia Vidal, la dirigente que "puso el cuerpo", pero gobernó blindada.

En noviembre de 2015, sentados ambos alrededor de una mesa familiar, Jorge Lanata entrevistaba a una sonriente María Eugenia Vidal, primera mujer electa como gobernadora de la provincia de Buenos Aires.

“Vidal de entrecasa”, se leía en el zócalo:

Lanata: -¿Le tenés miedo al monstruo? ¿Pensás que en algún momento el monstruo te va a comer? Lo que vos llamabas recién "el sistema”. ¿El sistema te puede comer?

Mariu: -No.

Lanata: -¿Por qué?

Mariu: -Porque voy a ser fiel a mí misma. (…) Si yo voy a negociar con el sistema, perdí. No voy a sobrevivir y voy a defraudar a toda la gente que me votó. Mi única manera de lograr algo en serio es enfrentando (…) Vengo a dar la batalla que haya que dar. Para eso no hay que ser ni macho, ni prepotente, ni violento, ni levantar la voz. Sino saber decir no. Que es mucho más difícil que decir sí.

El rasgo más sobresaliente de la figura de María Eugenia Vidal fue la dualidad: ella tuvo dos caras, como el dios romano Jano, el de la duplicidad, el que domina el territorio. Así lo reconoció, rápidamente, el saber popular, que la bautizó como “Heidi” (o “La Hiena”, en ambos casos irónicamente) y también como “La Leona”.

Ella fue, alternativamente, Mariu y Vidal. Mariu ponía en juego lo que alguna vez la vicepresidenta de la Nación, Gabriela Michetti, llamó “atributos de lo femenino”: dulzura, candidez, sensibilidad. Vidal escenificaba otras propiedades “típicamente masculinas”: agresividad, coraje, decisión.

Mariu se nos presentó como una meritócrata: ella, nos dijo, tuvo que hacer “toda la escuelita” para llegar a donde llegó. Siempre contrastó con el club de amigos de Macri, con esos funcionarios ricos y exitosos venidos de una distante galaxia social, que nos repetían qué tremendo sacrificio hacían al gobernarnos. Ella construyó una meteórica carrera político-profesional para proyectarse desde debajo del ala de su padrino político, Rodríguez Larreta, hasta transformarse en una de las líderes más importantes de Cambiemos.

Demostró que haber sido electa primera gobernadora mujer de la provincia más importante del país, donde desde 1820 todos los gobernadores habían sido hombres, y desde 1987 todos peronistas, no era, como muchos preferían creer, un “golpe de suerte”. Porque también en 2017 triunfó en la ímproba tarea de transformar a un candidato como Esteban Bullrich en senador por Buenos Aires.

Vidal contó con recursos que prometían exorcizar, de una vez, esa regla de hierro de la política argentina que dice que la provincia de Buenos Aires es, al mismo tiempo, trampolín y tumba de las carreras políticas.

Contó con el apoyo de Macri, a cambio de ser, como lo fue Carrió, garantía de la discutible honestidad de Mauricio: “Sé quién es. Confío en él. No podría trabajar para alguien que no crea que es honesto”. Puso en juego, además, una ambición política indoblegable y se rodeó de un equipo de colaboradores formado casi enteramente por hombres jóvenes con experiencia en política, que le otorgaron a su gobierno una “pata peronista” con la que caminar la provincia. Fue una de las pocas líderes por proximidad de Cambiemos. Mientras Macri se ocultaba tras los hidrantes de Gendarmería en los actos públicos, o mientras Juliana nos sonreía intocable desde Instagram, Mariu se fotografió “poniendo el cuerpo” para gestionar “los problemas cotidianos de la gente”. Las palabras “escucha” y “estar cerca” fueron las más repetidas en su ajustado libreto duranbarbiano; en ellas insistió más de una vez tras la derrota de las PASO.

Gobernó blindada: el monstruo contra el que le advirtió Lanata le mostró los dientes muy pronto. A poco de asumir, tres prófugos de una cárcel bonaerense condenados por el llamado “triple crimen de General Rodríguez”, lograron burlar a todas las fuerzas de seguridad de la Argentina durante dos semanas, mientras la prensa mostraba a la policía persiguiéndolos “en ojotas” en una tragicómica road movie.

Blindada por el sistema de seguridad que la rodeó, mudó su residencia y la de su familia a una base militar, y cambió la Uniqlo y las botas de lluvia por un helicóptero. Blindada por una férrea coraza mediática, resistió serias denuncias de corrupción, como el escándalo de “aportantes truchos”, y pudo salir impune de gravísimos hechos que mostraban una injustificable irresponsabilidad en su gestión, como la muerte de dos docentes por la explosión de una garrafa en una escuela humilde de Moreno, que ya había denunciado ocho veces la pérdida de gas.

Blindada, como la caja negra en la que convirtió a la provincia de Buenos Aires durante su gestión.

Sus “atributos femeninos” (Michetti dixit) fueron parte fundamental de su potencia política. Después de asumir la gobernación y divorciarse, usó extensamente la imagen de mujer-madre-joven-y-sola: “Soy una romántica”, “me considero una mujer joven, así que creo que va a haber una oportunidad”. Se dejó tratar como una pícara niña por los periodistas, ladeando la cabeza y sonriendo cuando le preguntaban: “Mariu, ¿tenés novio?”

también se nos mostró “de entrecasa”: se fotografió en un supermercado con ojotas plateadas, short y mochila animal-print, o seleccionando personalmente regalos de Reyes en Pinamar. Fue una “mamá que trabaja”, pero que se hacía tiempo para una “escapadita” a un local de comida rápida con sus hijos.

Aunque femenina no es feminista, como nos dejaron bien en claro casi todas las mujeres de Cambiemos.  Mariu se nos presentó como “una promotora de la igualdad de oportunidades”, pero “no feminista”; “estoy seriamente en contra del aborto”, nos dijo enfáticamente más de una vez.

Pero las reglas de hierro de la política lo son por algún motivo. Muy pronto, Vidal sepultó a Mariu: el profundo desgaste de la gestión bonaerense comenzó a reflejarse en el cuerpo, el gesto y el aura de esta mujer dual, que sólo atinaba a repetir “no me voy a rendir”. Aunque fue Macri, más que la provincia, lo que sepultó a Vidal. El golpe de gracia al “plan V” que consagraría la carrera política ascendente de la gobernadora se lo dio el propio Mauricio, cuando decidió no bajarse de su candidatura presidencial y transformarla en la primera gobernadora bonaerense en no lograr su reelección.

Probablemente, la expectativa de un Cambiemos alineado tras el liderazgo de esta ambiciosa mujer de dos caras debe haber sido vista como demasiado riesgosa para el club de negocios de los amigos del presidente, que prefirieron perderlo todo antes que renunciar a una parte. «

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