Mario Blejer "No veo que el país atraiga a los inversores"

El ex presidente del Banco Central aconseja aprender la lección del colapso local para superar la crisis financiera internacional, cree que la situación mundial mejorará a partir de junio y dice que los Kirchner no deberían haber jugado con el Indec
La mayoría de los economistas acierta con sus predicciones mucho menos que los astrólogos, pero, a diferencia de Horangel o de Lilly Süllos, no le puede echar la culpa a la ubicación de los astros o a la carta natal para disimular sus errores.

A Mario Blejer, prestigioso economista y geminiano auténtico, reconocido por su paso por la presidencia del Banco Central en plena crisis argentina de 2002, por sus aciertos de diagnóstico y por su capacidad analítica, se lo va a recordar, desde ahora, por su optimismo al pronosticar que la crisis financiera internacional se revertirá en el segundo semestre de este año y que no afectará con tanta contundencia a la Argentina.

¿Quién es este hombre al que muchos empresarios locales y extranjeros consultan como si fuera el oráculo? Tiene 60 años, es cordobés, simpatizante del club Talleres, ex director del Banco de Inglaterra y funcionario del FMI por más de 20 años. Actualmente asesora a Repsol YPF e Irsa, entre otras empresas. Fue uno de los disertantes más elogiados en el último coloquio de IDEA, en Mar del Plata. Y en los últimos siete años su nombre siempre surgió como posible ministro de Economía cuando hubo algún recambio en el Palacio de Hacienda, aunque, según aclara, no tiene contacto con los Kirchner (sí lo tenía, en cambio, con Alberto Fernández, de quien se reconoce "bastante amigo").

En la entrevista con Enfoques, Blejer afirma que las medidas dispuestas por Obama para amortiguar la crisis lograrán efectos positivos "en mucho menos tiempo de lo que la gente imagina", aunque, advierte, todavía se verán "picos serios" y el desempleo seguirá subiendo en el mundo.

Al mismo tiempo, cree que en la Argentina y en los países emergentes habrá un efecto diferente, aunque aclara que nadie quedará aislado y que aquí no habrá una recesión galopante, pero sí una abrupta caída de la tasa de crecimiento. Respecto de las medidas anticrisis dispuestas por la presidenta Cristina Kirchner, sostiene que el diagnóstico con el que fueron diseñadas es correcto, pero que "son demasiado complicadas" y que, por ejemplo, el blanqueo de capitales "no tendrá un efecto demasiado fuerte" sobre los niveles de inversión.

El ex titular del Banco Central está convencido de que el conflicto con el campo "ha creado mucho ruido" y, aunque alterna elogios y críticas al Gobierno, destaca algo lapidario para los Kirchner: "No veo que el país, en este momento, sea atractivo desde el punto de vista de la capacidad de atraer inversiones locales y externas para poder sentar las bases de un crecimiento de largo plazo". En ese mismo sentido, critica la eliminación de las AFJP por "la incertidumbre que generó en el mercado de capitales", propone "hacer un borrón y cuenta nueva" en el Indec para que pueda "volver a tener índices confiables" y recomienda al Gobierno "normalizar la relación financiera con el resto del mundo".

-¿Por qué los rescates de la Casa Blanca no logran transmitir la suficiente confianza en el sistema financiero internacional?

-Los efectos de la política económica llevan tiempo y lo que vemos hoy son los errores que se cometieron anteriormente. Los resultados de las políticas de rescate se van a empezar a ver en unos meses. Y la confianza va a volver cuando se vean los resultados de las medidas que se están tomando. Es una política muy agresiva, muy activa, y va a tener un resultado en menos tiempo de lo que la gente imagina.

-¿Ya se vivió la peor parte de la crisis o todo puede empeorar más?

-Todavía vamos a ver picos serios porque son el resultado de lo que ha estado pasando. Por ejemplo, uno de los factores que mueve el mercado de valores hacia abajo es la caída en las cotizaciones en las acciones del sector financiero, particularmente de los bancos. ¿Qué refleja esto? No sólo el problema que existe dentro de los balances de los bancos, sino también la expectativa de que probablemente, en muchos casos, no habrá más alternativa que nacionalizar los bancos, por un tiempo por lo menos. En Estados Unidos e Inglaterra es lo que se espera. Parte de la caída del mercado de valores refleja esto. Por otro lado, cuando hablamos de si hemos visto lo peor, el punto más tangible para la gente es el desempleo, que va a seguir en ascenso. Como decimos los economistas, es una variable rezagada: cuando la economía comience a crecer, puede seguir subiendo por problemas sectoriales, de juridiscción. No sé si las predicciones de la organización Internacional del Trabajo (OIT) acerca de 50 millones de desempleados es precisa o no, pero ése es el costo real de la crisis, y todavía no hemos visto los peores números. Estamos en el primer trimestre de la crisis, que va a ser muy negativo en todo el mundo. Pero la política anticíclica del gobierno norteamericano está bastante bien diseñada y va a provocar una reversión de la crisis hacia la segunda mitad del año.

-¿Qué pasará en la Argentina? Usted había dicho que la crisis no iba a afectar tanto a los países emergentes.

-No quise decir que no va afectar tanto, sino que el efecto será diferente. Hasta septiembre pasado, en los países emergentes estaban en cierta forma aislados del efecto inmediato de la crisis. Estaban desacoplados. Pero cuando la crisis financiera y luego real de Estados Unidos y de Europa se aceleró, en los países emergentes hubo un impacto muy fuerte. ¿Por qué? Por un lado, por el precio de las commodities . Ahí nos afecta a nosotros. Por otro lado tenemos el comercio internacional, que está en colapso. Hay una contracción muy importante de los volúmenes de exportación y de importación en todos los países. Una de las razones importantes es la falta de financiamiento. Eso nos afecta también en forma directa, más allá de las exportaciones tradicionales argentinas, en la industria automotriz, de las autopartes, y muchas otras industrias que dependen de la demanda internacional o en las que la exportación es importante. Y luego está el canal financiero, la transferencia de ahorros externos hacia los países emergentes, los movimientos de capitales. Se prevé que caerá un quinto en 2009 comparado con 2007. Cerca de 150 mil millones de dólares en lugar de 950 mil millones. Eso tiene efecto muy nocivo para el financiamiento de las firmas, del Estado, para los recursos con que cuentan los países. La Argentina tiene una posición un poco diferente porque por el default residual no ha tenido tanto acceso a los mercados de crédito. Lo más probable es que no haya en la Argentina una recesión en el sentido de una caída absoluta del nivel de actividad, sino, tal vez, una caída muy abrupta en la tasa de crecimiento. La capacidad de generar puestos de trabajo está muy restringida y el empleo informal va a sufrir en forma más directa. No va ser un buen año desde el punto de vista laboral, pero tampoco veremos un salto inmenso en el desempleo.

-Las medidas anticrisis que anunció el gobierno argentino alcanzarán para mitigar los efectos de la crisis?

-En cuanto a tratar de mantener los niveles de consumo y evitar una caída en los niveles de ingresos para mantener la actividad interna, el diagnóstico está bien y las medidas están diseñadas para eso. El problema es que son demasiado complicadas y no tienen un efecto directo. Las medidas de tipo impositivo, como la cancelación de la "tablita" de Machinea, deberían tener un efecto positivo. Otros componentes, como el blanqueo, ayudan al financiamiento, pero no van a tener un efecto demasiado fuerte sobre el nivel de inversión. La obra pública tendrá un impacto, pero no inmediato. Todo está en la dirección relativamente correcta. Donde hay un problema que no se ha logrado resolver es en el campo, uno de los sectores centrales de la economía argentina, que ha creado mucho ruido, muy dañino. Nos hemos recuperado de una crisis casi terminal, como la de 2002, pero es importante tener un marco estable que permita una visión de largo plazo Esta crisis está causando en todo el mundo una concentración en el corto plazo: "Hagamos esto y después veremos". Está bien, pero tiene que estar conectado con una visión de largo plazo. Si no, las distorsiones que se van a crear nos van a llevar a otra crisis estructural.

-¿Qué paralelo se puede hacer entre nuestra crisis de 2001/2002 y la actual, que afecta a todo el mundo?

-Hace quince días me invitaron a hablar sobre ese tema en el Consejo de las Américas y me pareció que, sobre todo ante un público que entendía lo que estaba pasando allá, venir de la Argentina a decirles cómo manejar la crisis parecía una caradurez (risas). Las crisis son diferentes. Lo que está pasando hoy en los países de Europa del Este es más parecido a lo que nos pasó a nosotros. En 2002 teníamos a todos los sectores de la economía quebrados. El Gobierno, los bancos, las empresas, las familias. Hubo que reconstituir todos los balances. Se hizo en forma un poco brutal en el default, con la pesificación, pero lo que se hizo fue reconstituir los balances. Eso es lo que tiene que hacer el mundo, los países avanzados: restituir los balances como hicimos en 2002. Algo interesante: el FMI nos había dicho en esa época que era imposible suspender las ejecuciones. Y hoy es lo que está haciendo Estados Unidos. No sólo eso: el Fondo difundió un documento en el que explica por qué esto es útil en este proceso. Está en Internet. Evidentemente, los paradigmas han cambiado...

-¿Cuáles son las fortalezas y debilidades económicas del gobierno de Cristina Kirchner?

-La primera parte de la gestión de Kirchner fue la salida de la crisis, y se manejó en forma prudente porque se basó la recuperación en una serie de pilares macroeconómicos importantes. Y se logró tener un crecimiento fuerte cuando teníamos viento de cola. El problema de hoy es que no veo que el país sea atractivo desde el punto de vista de la capacidad de atraer inversiones locales y externas para poder sentar las bases de un crecimiento de largo plazo. Esa es la deuda pendiente. Los números de la inversión no son malos, pero su composición no permitirá que aumente la productividad y la competitividad de la Argentina de forma prolongada.

-¿De qué forma puede ser atractiva la Argentina?

-Primero hay que normalizar la relación financiera con el resto del mundo. Se trató de normalizar la relación con el Club de París, se está tratando en estos días de hacerlo con los holds outs, y se está tratando de alguna manera de mejorar la relación con las instituciones internacionales. Sería importante que la Argentina ya estuviera en condiciones de acceder a los mercados internacionales y de poder tener una participación como el resto de los países. En términos locales, se ha manejado en forma prudente porque no se han generado desequilibrios económicos, pero falta cierta claridad sobre las reglas de juego a largo plazo. A veces se hacen cosas positivas, pero que crean incertidumbre.

-¿Por ejemplo?

-El tema de las AFJP. Uno puede estar a favor o en contra: ha tenido efectos negativos en el mercado de capitales, pero es difícil decir que las AFJP hayan cumplido una función como la que se suponía tenían que cumplir. Es indiscutible que creó ruido e incertidumbre en el mercado de capitales, Tuvo efectos problemáticos. Y lo que falta acá es la previsibilidad, un factor que es importante. Otro tema que ha generado incertidumbre y descrédito internacional es el Indec: hay que recomponer la credibilidad en los índices. Las estadísticas tienen que tener una metodología estable. Y es importante que sean confiables.

-¿Cómo lograrlo? ¿Qué le aconsejaría a la Presidenta?

-Haría borrón y cuenta nueva. No trataría de corregir hacia atrás, sino que haría un índice nuevo, consensuado internacional y localmente. El problema de haber desacreditado los índices es que hasta los números que son reales o creíbles también se han convertido en dudosos.

-Lo saco de la política: ¿qué hace un economista en el tiempo libre?

-No tengo mucho tiempo libre. Hago muchos viajes. Yo soy judío ortodoxo, así que desde el viernes a la tarde hasta el sábado a la noche no trabajo. No atiendo el teléfono, no uso la computadora. Voy a la sinagoga, y ahí sí me desenchufo absolutamente. En medio de la crisis, viajé a Estados Unidos para entrevistarme con gente de la Reserva Federal y en la Argentina hubo un problema con el Scotiabank. Era un viernes y me llamó el presidente Duhalde para que volviera al país. "Pero hoy es viernes y los viernes no viajo", le contesté. "Te está llamando el Presidente", me advirtió. "Sí, pero los viernes no viajo", insistí. La cuestión es que ese día Duhalde les informó a los periodistas: "El presidente del Banco Central va hablar recién mañana porque es religioso" (risas). Me gusta estudiar temas religiosos. Tengo muchos libros que tienen que ver con la profundizacion del Talmud. Además, me gusta mucho ir al teatro y el cine, sobre todo el cine argentino.

-¿Y cómo concilia el aspecto espiritual con algo tan despiadado como la economía? ¿Qué le aporta a su trabajo?

-Desde el punto de vista religioso, es fundamental pensar que las cosas que uno hace afectan al individuo. Dios predetermina muchas cosas, pero uno se tiene que ayudar. Es fundamental saber que el objetivo final no es la acumulación sino mejorar la capacidad del individuo de construir una sociedad armónica. El otro aspecto muy importante, un punto de contacto en todas la religiones, es la honestidad. Hay una contradicción intrínseca entre ser corrupto o deshonesto, también intelectualmente, y ser religioso. Me gusta mucho estudiar la Biblia. Hay elementos interesantes que pueden explicar puntos de vista de la economía. Por ejemplo, la Biblia dice que no hay esclavos a perpetuidad, que a los seis años hay que liberarlos y compensarlos. No es una indemnización: la Biblia dice que no lo dejes ir con las manos vacías porque, si no, no va a poder reconstituir su vida y va a volver a ser esclavo. Es una enseñanza importante: no podés sacar de la pobreza a la gente si no la ayudás a que tenga los medios para poder ganarse la vida de forma honesta.

© LA NACION

Mano a mano

En la Argentina, ser economista puede ser considerado un trabajo insalubre. Quizá por eso se lo ve rozagante a Mario Blejer. Hace mucho que dejó su Córdoba natal y que es prácticamente un ciudadano del mundo. Sobre todo del mundo económico y financiero. En la charla que tuvimos en su departamento del barrio de Recoleta, de todas formas, quedó demostrado que no encaja en la imagen del típico burócrata de algún organismo nacional o internacional, como podría imaginar cualquiera que reparara en su trayectoria en el FMI, el Banco Central o el Banco de Inglaterra. Explica lo más intrincado de la economía en términos entendibles, por momentos en tono didáctico, y se muestra hábil al referirse a las debilidades del modelo kirchnerista, con contundencia, pero con críticas que no buscan ser hirientes. No se sintió tan cómodo cuando le pregunté sobre su infancia y si ya de chico soñaba con números del PBI antes que con una pelota número 5, pero no eludió una sola respuesta. En la clásica pregunta de estas entrevistas sobre qué hace en su tiempo libre, fue de menor a mayor: pasó de decir que no lo tiene a reconocer su pasión por el teatro, el cine argentino, el fútbol (Talleres y, cuando estaba en Inglaterra, Chelsea), el tango y, sobre todo, la religión. Este último aspecto fue el que más intriga me provocó y el que más me cautivó, sobre todo cuando Blejer comenzó a citar ejemplos de la Biblia o textos de Maimónides para vincular su fe con la economía. Me sigue pareciendo que hay un abismo que separa a las frías decisiones económicas y financieras de la espiritualidad y de los valores humanos más profundos, pero sentí que quizá el denostado gremio de los economistas tendría una mejor imagen (y un mejor desempeño profesional) si, como parece hacerlo Blejer, contemplara más lo que sucede en el alma y en el corazón que en las frías cajas fuertes. Pero es mucho pedir, sobre todo en medio de semejante crisis financiera internacional.

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