La marginación es imparable con casi 500 mil mendocinos pobres

El rol del Estado y las organizaciones sociales en la problemática. Los códigos que se impusieron en los bolsones de excluidos en muchos casos se contraponen con las leyes y las "buenas costumbres".
Miseria. Las condiciones de pobreza e indigencia atacan a una porción cada vez mayor de la población mendocina. A la par, crecen el odio y la discriminación.

Los números de la pobreza y la ira social contra la violencia son la caras más visibles de una compleja realidad que bulle desde las márgenes de la sociedad mendocina. No es lo mismo ser pobre porque circunstancialmente la plata no alcanza a tapar las necesidades familiares que vivir en la marginación.

En la provincia hay casi medio millón de pobres, según datos del Ministerio de Desarrollo Humano, Familia y Comunidad. Para ellos existen numerosos planes oficiales y de organizaciones sociales, que hasta ahora no lograron evitar la escalada de conflictividad.

Además, la cartera social reconoció que el freno del crecimiento de la economía de la provincia y la suba de la desocupación que se registraron este año no sólo agrandaron la masa de pobres, sino que también conspiraron contra el trabajo de recuperación que se venía haciendo. Entre las organizaciones no gubernamentales, la Iglesia católica es la que tiene la estructura más grande haciendo foco en la problemática de la pobreza, la indigencia y la marginación.

Los fieles dedicados al trabajo social corroboraron el engrosamiento de la problemática. Y también alertaron sobre la destrucción de valores que afectan al tejido social de manera estructural, diferente a las consecuencias de malos períodos económicos.

"Hay un problema cultural, de falta de educación. Hay gente que se juega la vida sin darle ningún valor", analizó ante Diario UNO un grupo de mujeres dedicadas al trabajo social desde la parroquia San Miguel, de Las Heras, bajo la coordinación del cura Marcelo De Benedictis. "Desarrollamos un trabajo interdisciplinario, porque no es sólo es económico el problema", consideró el párroco, quien actúa como vocero del Arzobispado provincial.

"La máxima con la que entramos a la gestión es conseguir una educación de calidad con equidad. Claro que es mucho menos complejo plantearlo en el discurso que conseguirlo en la realidad", asumió Jorge Galleguillo, director de Educación Técnica y para el Trabajo de la Dirección General de Escuelas.

El funcionario tiene a cargo la política de los CENS y CEBAS de la provincia. "El crecimiento de la violencia es preocupante, porque nos desborda la capacidad de contención", reconoció. Galleguillo y las voluntarias de la iglesia San Miguel han comprobado que en las márgenes adonde crecen los bolsones de pobreza hay valores establecidos que enfrentan leyes y costumbres que hasta hace un tiempo nadie discutía.

"Hay una negociación permanente entre lo que establece el plan de educación y los valores de cada comunidad educativa para resguardar lo esencial y en cuestiones de formas, modos, estilos, y también en algunas que hacen al fondo y que se puedan abordar respetando a los sujetos con los que se trabaja", explicó Galleguillo.

Los crímenes y los atropellos de las normas de convivencia generan una guerra fría entre sectores sociales. Los caseríos inestables y los barrios bravos son una amenaza para los automovilistas que transitan sus inmediaciones, como quedó demostrado la semana pasada con la muerte del empresario Juan Manuel Olmo.

Este hecho reavivó varias discusiones, entre la que se destaca la que apunta a la edad de imputabilidad por delitos penales. Pero también puso en primer plano los riesgos para toda la sociedad de actitudes reñidas con la convivencia que son de práctica común en sectores de la población cada vez más numerosos.

Hechos como éste recalientan el odio entre los mendocinos de extracción social diferente. "El odio hacia los ricos salta no bien se empieza a trabajar interdisciplinariamente con los excluidos", aseguraron las mujeres voluntarias de la iglesia San Miguel.

A la vez resaltaron el maltrato que los excluidos reciben cuando buscan posibilidades de inserción social. En este aspecto, la incorporación al trabajo formal es uno de los caminos que, desde el Estado y las organizaciones sociales, más eficientemente conducen a la inserción.

Sin embargo, la experiencia es que la pertenencia a sectores marginales complica las chances de conseguir trabajo, entre otras.

"Las personas que viven en los barrios considerados rojos son discriminadas cuando intentan insertarse en círculos ajenos a los marginales. Es muy difícil que sean contratadas para algún trabajo formal. Cuando dicen adónde viven se les cierran todas las puertas", advirtieron las mujeres que trabajan con De Benedictis.

Esta línea es sustentada también por Patricia Di Cataldo, subsecretaria de Desarrollo Social. "En los barrios marginales, además de la pobreza, existen la estigmatización y el cierre de posibilidades", resumió la funcionaria.

"Los pobres en general no tienen la posibilidad de ejercer los derechos básicos. Nosotros brindamos algunas herramientas para posibilitar ese derecho, pero generando obligaciones", comentó Di Cataldo.

"Está peor, no se puede vivir así"

"Veo que la situación cada vez es peor, veo gente comiendo de la basura, niños que en lugar de estar jugando están pidiendo en las calles... y no me quiero acostumbrar a vivir así, con este nivel de exclusión", consignó Ivana Beatriz Castro, cabeza del programa Mujeres Menores de 21 años (MM21), que desarrolla la parroquia San Miguel, de Las Heras.

La limitación etaria con la que se creó el plan fue borrada por las necesidades de la población. Actualmente, también se enfoca el trabajo en madres solas de más de 21 años. "Hay chicas de 17 años que tienen uno o más hijos y pareciera que ya saben todo de la vida, pero no tienen ningún proyecto", contó Ivana.

"Es impresionante el cambio después de que les brindamos la primera atención", manifestó esperanzada Patricia Pollicino, a cargo de un hogar de chicos con problemas judiciales. "Aportamos a las familias cuidadoras –agregó–, pretendemos que ellos integren a los chicos. Hasta hemos conseguido que las familias cuidadoras consigan trabajo; el cambio es muy grande. El trabajo del equipo lleva tres años y medio".

Según la voluntaria, obtuvieron una gran respuesta de los chicos: "Un grupo de mujeres les dona la merienda a los chicos, pero además se queda todos los días a compartirla con ellos. El afecto que entregan es devuelto con creces".

Por su parte, Blanca de González, a cargo de los talleres de inserción laboral de la parroquia, se mostró golpeada por los resultados de un ejercicio que hacen semanalmente. "Les pedimos que cuenten algo bueno que les pasó y la mayoría de las veces no encuentran nada para decir", aseguró.

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