Al margen de la semana Causas y efectos del miedo a gastar

Por Néstor O. Scibona

Con la anunciada eliminación de la "tablita de Machinea" en Ganancias, el gobierno de Cristina Kirchner hizo una carambola a dos bandas: mejora la relación con la CGT y también los ingresos de la franja más alta de los asalariados en blanco para reactivar el alicaído consumo interno.

Aunque falta conocer la letra chica del proyecto, se trata hasta ahora de la única medida que significaría un verdadero sacrificio para la caja fiscal. Una caja que el kirchnerismo se encargó obsesivamente de reforzar con mayores ingresos, con miras al próximo año electoral.

Esta decisión de poner más plata en el bolsillo de los trabajadores surge ahora más por necesidad que por virtud. Hace más de dos años había sido propuesta por el ex secretario de Hacienda, Carlos Mosse, quien siempre se topó con la negativa de la Casa Rosada. Para los Kirchner, cada suba de la presión tributaria se convirtió casi en un derecho adquirido para el Gobierno, más allá de sus consecuencias económicas. Por eso acaba de prorrogar el impuesto al cheque y duda en bajar las retenciones para la soja a pesar del derrumbe de los precios internacionales.

Si este diagnóstico comienza a variar, no es sólo por la permanente presión de Hugo Moyano. La contracción del consumo interno es cada vez más notoria en los dos extremos de la pirámide de ingresos.

Quienes están en la franja más baja no aumentan su consumo porque no pueden. Han sufrido este año la erosión de una inflación cuyos índices el Gobierno se encargó de manipular y falsificar sin ningún cargo de conciencia. Con sólo comparar el costo de la canasta básica con el salario mínimo o las jubilaciones mínimas (o, peor aún, con los planes sociales con montos congelados desde hace años), puede advertirse que en este sector el consumo es poco menos que de subsistencia y cada vez más selectivo. No ha habido para ellos ninguna medida específica hasta ahora.

Quienes se ubican en el segmento de mayores ingresos quizá puedan arriesgarse, pero tienen miedo de gastar. No sólo porque también pagan más precios en rubros que el IPC ya no mide, sino porque la desconfianza que provocó el Gobierno (con la intervención en el Indec, la confrontación con el campo o la estatización de la jubilación privada) hace que sean mucho más conservadores a la hora de tomar decisiones de consumo o inversión. A ello debe agregarse la incertidumbre que crea la crisis internacional. Por lo general, buscaron refugio en el dólar. Lo mismo han hecho las empresas y esto se tradujo en una fenomenal salida de capitales en el último año y medio.

En la franja intermedia de asalariados del sector privado, el problema no pasa únicamente por el poder adquisitivo, sino por la preocupación por el empleo y los niveles de actividad, lo cual los torna mucho más cautos. Esto ocurre especialmente en actividades relacionadas con la exportación, cuyos ingresos en dólares caen ante la perspectiva de recesión mundial, o la producción de bienes y servicios con demanda más elástica (turismo, inmobiliarias, construcción, artículos para el hogar, esparcimiento, etc.).

Precios más quietos

No es casual que con una demanda más débil se haya desacelerado el ritmo de aumento de precios en productos de consumo masivo. No es que las estadísticas del Indec sean ahora más confiables, sino que la brecha con la realidad se ha acortado.

Un ejercicio realizado varias veces en esta columna (medir periódicamente los precios de una misma canasta de productos en el mismo local de una cadena líder de supermercados de la Capital Federal) muestra algunos resultados sorprendentes. Como, por ejemplo, que en los últimos cinco meses (de julio a diciembre) se hayan mantenido sin variantes los precios del asado o hayan bajado los de la carne picada especial (23%), milanesas (39%), supremas y pata-muslo de pollo (de 1% a 10%) después del conflicto con el campo. Sobre un total de 30 productos, 10 de ellos bajaron o se mantuvieron sin cambios (entre ellos café, yerba, servilletas de papel, queso rallado, limpiadores con amoníaco o suavizante de ropa). El costo total de la canasta pasó, sin embargo, de 289,62 pesos en julio a 300,49 en diciembre, con un aumento de 3,7%, que se explica en fuertes alzas en hortalizas (40 a 50%); bebidas sin alcohol (de 10 a 17,4%) y algunos lácteos, como leche para bebes y postres dietéticos (6 a 16%).

Quizá sea éste un buen momento para sincerar los índices del Indec. No obstante, el Gobierno sigue sin dar ninguna señal en este sentido, con lo cual no hace creíble la desaceleración de algunos precios, ni contribuye a bajar la expectativa inflacionaria. Contra este objetivo conspiran la inercia de algunos aumentos, como ocurrió con las prepagas, cuyo ajuste fue frenado sin que se haya aclarado si se trata de una postergación. Y también la falta de coordinación: los planes de financiación sin interés del turismo interno coinciden con un nuevo aumento en las tarifas de ómnibus de larga distancia.

Dentro de este panorama, la batería de líneas de créditos fondeados con los depósitos de las AFJP que licitará la Anses entre bancos, así como el plan cuatrienal de obras públicas, pueden contribuir a atenuar la desaceleración de la actividad en varios sectores, lo mismo que la menor carga tributaria en Ganancias. Sin embargo, su efecto macro puede estar lejos del tono triunfalista del Gobierno, que bautizó pomposamente "plan anticrisis" al cuestionable blanqueo de capitales y la moratoria impositiva.

Primero porque el comportamiento de los consumidores no se puede digitar desde un escritorio. Los anticipos sobre planes para reactivar la industria automotriz no sólo hicieron desplomar las ventas en noviembre, sino que con un solo instrumento apuntaron a tantos objetivos (favorecer el acceso al primer 0 km, bajar precios con menor equipamiento, combinar planes de ahorro con financiación a tasa variable), que ahora hay más confusión que expectativas favorables entre potenciales compradores. De ahí que varias empresas ya hayan salido a ofrecer promociones por su cuenta mientras discuten la letra chica del plan. Tal vez hubiera sido mejor ofrecer créditos blandos para la adquisición de cualquier vehículo de fabricación nacional que tratar de segmentar la oferta y la demanda. El otro factor de incertidumbre es que todas estas medidas redistribuyen pesos en una economía en la cual el problema que se perfila para 2009 es la escasez de dólares, por la salida de capitales y la crisis externa, que reduce el superávit comercial. Aquí lo más urgente será clarificar el programa de pagos para el año próximo, aunque no tenga el impacto mediático de la canasta navideña ni de los créditos para renovar taxis aunque escaseen pasajeros. En todos los casos, lo mejor será cruzar los dedos para que la recesión externa tenga la menor duración posible.

Comentá la nota