San Marcos Sierras o SMS, esa es la cuestión

La llegada del "progreso" al pueblo turístico divide a sus habitantes. Algunos ven a un cajero automático ya instalado como signo de que peligra su estilo de vida natural.
Los perros callejeros de San Marcos no le ladran a las ruedas de los autos, se ponen frente a los vehículos y no los dejan pasar. Los vecinos se enojan cuando ven tantos policías caminando por las calles. Si los agentes paran a los mochileros para revisarles las mochilas, los sanmarqueños se molestan más que los turistas.

El lugar, la historia. Primero fueron las tribus originarias. Después los españoles que, tras los años de invasión, en 1806 terminaron devolviéndole las tierras (a instancias del Marqués de Sobremonte) al cacique Tulián, lo más parecido a un prócer que hay en San Marcos. En las décadas de 1930 y 1940 fue el turno de las comunidades naturistas que vieron allí un vergel donde conjugar meditación y naturaleza; en los ‘60 y ‘70 se sumaron los hippies y hasta las comunidades Krishna, y en los ‘80 comenzaron a llegar esos seres extraños que no pertenecen a ningún colectivo ideológico y que se hacen llamar inocentemente "turistas".

Hasta el año 2000, San Marcos Sierras era un paraíso en el que pobladores originarios, Krishnas, naturistas, hippies y algunos turistas "aquerenciados" convivían con cierta armonía. ¿Quién iba a imaginar por entonces que el lugar se pondría de moda poco después?

El censo del año 2001 indicó que por aquellos años el pueblo era habitado por 916 personas y que, contando la población rural, arañaba las 1.200 almas. Apenas dos años después, en 2003, la población ya era de 2.300 habitantes y se estima que hoy hay entre 3.700 y 4.000 personas, sin contar las 1.000 plazas turísticas (ni los cinco campings).

Entonces se desató la discusión. ¿Qué debe hacer San Marcos Sierras, esa localidad que todavía conserva sus calles de tierra y sus habitantes descalzos, ahora que dejó de ser un refugio para unos pocos, y debe asimilar el progreso devenido de convertirse en un lugar turístico? Hoy, el pueblo que quería ser "otra cosa" para "otra gente" se enfrenta al desafío de definir su identidad.

El cajero, el enemigo. "Hay algunos que pretenden adaptar al pueblo a sus propias preferencias en vez de adaptarse al pueblo que los ha albergado. Hay algunos (generalmente nuevos habitantes) que pretenden (y ya lo están logrando) clorar el agua, piden asfaltar las calles, poner cajeros automáticos, habilitar estaciones de servicio, prohibir la música en las calles, cerrar bares a las 24 y poner un policía en cada esquina. Sin saber que todo esto sólo traería inseguridad, accidentes viales y contaminación masiva". El texto escrito por Marcelo Pais, un vecino, y publicado en Pequeño San Marcos Sierras Ilustrado, la revista turística local, fue lo que llevó a Día a Día a visitar la ciudad para conocer los detalles de la problemática.

"Se discute sin tener en claro el concepto de qué hablamos cuando hablamos de progreso", afirma Quique Pessoa, periodista de fama nacional afincado en San Marcos, desde donde transmite su programa El desconcierto de los domingos para Radio Nacional. "Estoy a favor del progreso, pero eso no implica que todo me parezca progreso. Creo que la existencia de un cajero automático no altera el espíritu del pueblo. Que el gas natural puede ser una solución y que necesitamos una red de cloacas y una planta de tratamiento. Sin embargo, estoy convencido de que el pavimento es un disparate", explica Pessoa en su estudio de radio, desde donde discutió con varios de los habitantes de la ciudad. El periodista llegó a San Marcos de veraneo hace 25 años y hace 17 construyó la casa que hace un tiempo se convirtió en la Hostería La Merced.

"San Marcos es un neuropsiquiátrico a puertas abiertas", afirma un poco en broma Sergio Pautassi, el dueño de las cabañas La Posta del Gaucho, que también llegó desde lejos para quedarse. Pautassi dice que en el pueblo hay "muchos egos personales" y eso impide que la discusión sobre el progreso se enfoque como corresponde. "Algunos creen que el progreso es el asfalto y la discusión debería centrarse en asumir que el turismo y no la producción orgánica es hoy la principal fuente de ingreso del pueblo. En las décadas del ‘40, ‘50 y ‘60 las quintas de aquí proveían de verduras al Hotel Edén de La Falda; hoy eso ya no existe. Salvo excepciones, ni la miel que se vende aquí viene de panales en San Marcos".

El intendente. Alejandro Alarcón es el jefe comunal y cree que el progreso se va a imponer. Aunque por un lado afirma que en el pueblo "sólo hay reservorio de agua para albergar a 30 familias más", asegura que quienes están en contra del progreso "son los que ya han vivido en el progreso y se cansaron y por eso se vinieron al pueblo". El análisis, que suena bastante limitado, es que los habitantes que no han tenido contacto con el progreso tienen derecho a disfrutarlo y por eso lo desean, argumenta.

Alarcón, que no nació en San Marcos pero vive allí, también dice que "todos los comerciantes que tienen sus negocios alrededor de la plaza acuerdan con el asfalto".

La plaza de San Marcos es el corazón del pueblo. Todo lo que pasa se origina o termina ahí. Día a Día habló con ocho comerciantes y sólo uno se mostró a favor del asfalto.

Qué se produce. Al llegar al pueblo, el turista se encuentra con carteles que anuncian su faceta más comercial, que es paradójicamente la que ofrece una ciudad alejada del consumo de las ciudades turísticas. Los carteles indican: "Valle libre de transgénicos", "Productores Unidos", "Capital de la miel". Sin embargo, basta hablar con los habitantes del pueblo para darse cuenta de que mucho de aquello es sólo parte de una escenografía.

La miel que se vende en San Marcos proviene de otros lugares. De las decenas de quintas que alguna vez funcionaron, sólo una o dos lo hacen hoy. Los productores, que son pocos, no están unidos. Lo que genera principalmente San Marcos es su propio mito. Ese mito que lo convierte, como dice Pessoa, en "el lugar soñado" al que cada vez más personas van a veranear. O sea, en un lugar turístico.

Lo curioso es que la oferta turística también puede resultar esquizofrénica. El vecino de San Marcos vive del turismo, pero rechaza la contaminación, que los turistas lleguen con cuadriciclos, que se llene de policías, objeta el cajero automático obligando a los turistas a buscar dinero en Cruz del Eje y, en algunos casos (como el del propio Pessoa), pone reparos a que la música en la plaza se extienda hasta avanzada la madrugada.

Todas esas objeciones y las falencias estructurales no quitan que alquilar una cabaña por 15 días ronde los 4.500 pesos, una cifra que no tiene nada que envidiarle a las cabañas de las ciudades más desarrolladas estructuralmente.

Habitantes. Este diario también habló con Pais, el autor de la nota citada antes: "San Marcos es muy especial –dijo– es un pueblo rural donde, por ejemplo, está prohibida la siembra de semillas transgénicas y una ordenanza de no polución lumínica evita que haya carteles de neón o luces de más en las calles que impidan ver la luna". Pais habló con este diario en las horas previas a la inauguración, en la plaza, de su propio comercio. "Se llama Difusión y es un juego de palabras con la idea de fusión cultural".

Según él dijo en la carta que publicó un mes atrás, "en nuestro pueblo nunca habrá asfalto, cajeros automáticos, ni estaciones de servicio. (...) San Marcos seguirá creciendo, pero expandirá sus ramas hacia lo alto, hacia la luz, hacia el sol. Los que pretenden otro ‘crecimiento’ desconocen la profundidad de sus raíces".

Pais, que a esta altura ya acepta convivir con un cajero automático, rechazó lo que dijo el intendente en referencia al asfalto alrededor de la plaza y anunció: "Si llegan a intentar asfaltar habrá una rebelión muy fuerte". Pais llegó a San Marcos como turista y desde hace 15 años vive allí, donde construyó una casa que alquila en verano.

Esa linda gente. Da la impresión de que San Marcos quería ser otra cosa y ahora no se termina de encontrar en el lugar donde está. Sus habitantes quieren un estilo de vida que, por más que intente desprenderse de ataduras económicas, no es barato. Pessoa habla de una "Babel cultural" que impide sentarse a dialogar. Pautassi y otros comerciantes hablan de los egos de los habitantes del pueblo; Pais cree que el pueblo tiene una "energía especial" que expulsa a los que quieren perjudicarlo.

Gabriel, uno de los comerciantes que habló con este diario, lo explicó de otra manera: "Yo no quiero asfalto. Soy uno más de los que vino a este pueblo buscando algo y la verdad es que no sé si lo encontré o no. Acá todo el mundo te va a decir que está maravillosamente bien, pero yo no sé si es tan así. Traemos al pueblo los mismos problemas de los que escapamos". El joven, de unos 35 años, no quiso sacarse fotos, pero habló sin pudor. "Me fui de la ciudad porque laburaba como un idiota en el cemento. Acá, laburo igual o más, pero con los pies en el agua. Me parece que en esa falta de definición que hay en la gente que vive aquí está la razón de que no podamos sentarnos a discutir qué queremos y cómo queremos que llegue el progreso a la ciudad".

El día en que Día a Día visitó el pueblo el cajero no funcionaba. Tampoco había funcionado el día anterior, ni el anterior a aquel. El fin de semana antes de Navidad estuvo sin dinero y el aparato se "comió" las tarjetas de tres turistas y de un grupo de maestros locales, que terminaron acampando en la vereda a la espera del camión de caudales. Un inspector municipal parado en la esquina le quitaba las esperanzas a los turistas: "Va a tener que ir a Cruz del Eje", afirmaba, amable.

La principal infraestructura del lugar sigue siendo el clima, el paisaje y la hospitalidad de sus habitantes. El "progreso" no siempre trae soluciones.

Comentá la nota