Marcha peronista y zonceras argentinas en la política cultural

Por Beatriz Sarlo

En el acto en que asumió el equipo del secretario de Cultura de la Nación, Jorge Coscia, se entonó la Marcha peronista. Es raro, porque Coscia no es secretario de Cultura del Partido Justicialista, sino un peronista nombrado en el gabinete del gobierno nacional. Los cantores de la marcha seguramente pensaron que estas diferencias entre partido y gobierno son viejas manías del formalismo republicano.

El discurso de Coscia trajo, una vez más, el conocido tema del peronismo irredento: "Formo parte de una tradición política que ha sido la gran excluida de la Argentina".

Es cierto que el general Perón fue desalojado en 1955 por un golpe militar y que debemos 18 años de inestabilidad a la injustificable proscripción del peronismo, que sólo terminó con la victoria electoral de Cámpora en 1973. El golpe de Estado de 1976 desalojó a Isabel Perón, pero sería equivocado pensar que se hizo sólo en contra de ella y que reprimió, asesinó o persiguió nada más que a peronistas.

Después de 1983, el peronismo gobernó en varias provincias hasta llegar con Menem a la presidencia, para durar allí diez años. Dos años después, con la caída de De la Rúa, el peronismo volvió con Duhalde para seguir hasta hoy bajo los Kirchner. La experiencia de la proscripción es imborrable, sin duda, pero dado que el peronismo gobernó 18 de los últimos 20 años sus militantes bien podrían reconocer que últimamente no les fue tan mal.

El irredentismo peronista tiene espíritu de revancha. Piensa al peronismo como el eterno excluido (porque se resiste a dar certificado de "verdadero" peronismo a gobiernos justicialistas como el de Menem). Coscia enumeró dentro de la tradición de excluidos a Arturo Jauretche, Raúl Scalabrini Ortiz, Homero Manzi, Cátulo Castillo, Hugo del Carril, Discepolín y Rodolfo Walsh.

De ellos difícilmente podría decirse que hoy son víctimas de un oscurecimiento provocado por las pasiones antiperonistas. ¿Quién los excluyó en las últimas décadas?

Otro tema del discurso de Coscia expone una fórmula tan vieja como ambigua: "La cultura es esencial en la construcción de un proyecto nacional. La cultura y la política cultural deben formar parte de la construcción de un proyecto nacional que no deje a la cultura como una cuestión accesoria.

"De ahí que creo profundamente que hay que politizar la cultura y culturizar la política; de esta dialéctica se nutre una concepción que pone a la cultura en la proa del proyecto político del cual formo parte."

En efecto, la cultura no es una cuestión secundaria; en efecto, los políticos deberían tejer relaciones más intensas con la cultura. En efecto, la cultura tiene una dimensión política insoslayable que toca a la distribución de los bienes materiales y simbólicos necesarios para producirla y difundirla. Toda distribución de bienes que tenga lugar más allá de la esfera privada es política. Si Coscia quiso decir esto, estamos todos de acuerdo.

Si quiso indicar que la política debe dirigir los caminos, muchas veces impredecibles, que toma la cultura, se equivoca. Y, para usar una clásica expresión de Jauretche, está diciendo una zoncera.

En este segundo sentido, la cultura mantiene con la política relaciones muy complicadas e históricamente variables. No es expresión de la política ni de ningún proyecto nacional de manera deliberada y programática.

A veces interpreta tendencias políticas, otras veces corre en paralelo o las contradice; puede ser más subversiva que la política y que la moral; puede abrir problemas que no son los que aparecen en primer plano en el presente; puede volver a viejos dilemas en los que la política no está pensando.

Por eso, la libertad de la cultura respecto de la política es justamente eso: que los intelectuales y artistas elijan la proximidad o la distancia, hablar para grandes masas o para minorías, seguir los temas de conversación de moda o sustraerse a ellos.

Lo importante, como hace mucho tiempo afirmaba Bertolt Brecht, es cómo se reparten los medios para que todo eso sea posible. Entonces, señor Coscia, hablemos de dinero y hagamos que su inversión sea formalmente inobjetable.

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