La marcha hacia el aparato

Por D. Schurman.

Hay un mito construido sobre la simbología peronista que no se condice con la realidad. ¿Realmente alguien cree que la imagen de Perón y la marcha partidaria tienen la fuerza suficiente como para torcer el resultado de una elección?

Hay un mito construido sobre la simbología peronista que no se condice con la realidad. ¿Realmente alguien cree que la imagen de Perón y la marcha partidaria tienen la fuerza suficiente como para torcer el resultado de una elección?

Cristina Kirchner venció a Chiche Duhalde en 2005 con una campaña despojada de todo guiño justicialista. Se convirtió en senadora bonaerense sin hablar del General ni cerrar los actos al son del hit de Hugo del Carril.

Por entonces Néstor Kirchner jugaba con la antinomia de "lo nuevo y lo viejo", creando categorías como "pejotismo" y "grupo mausoleo" para denostar a los que trabajaban por el traslado de los restos de Perón a la Quinta de San Vicente.

El punto más álgido del distanciamiento se alcanzó con una osadía de Aníbal Fernández en tiempos de transversalidad. "Que se metan la marchita en el culo", recomendó el ministro a la ortodoxia.

Para amortiguar las reacciones internas, la Casa Rosada apeló a una máxima del General. "Mejor que decir es hacer". Otra manera de afirmar que el peronómetro mide las acciones de gobierno y no el cotillón partidario.

Sólo la debilidad llevó a Kirchner a refugiarse en el PJ. Asumió la presidencia para obturar el crecimiento de corrientes adversas y evitar una diáspora detrás de un nuevo liderazgo.

El repliegue hacia aquello que había desdeñado durante su gestión incluyó la vuelta de la liturgia peronista pero casi como un elemento secundario. El ex mandatario sabe que aquello que pueda evocar la marchita, los dedos en "V" o las gigantografías de Eva y Perón no es determinante a la hora de votar.

Su gran preocupación, como la de todo peronista con aspiraciones presidenciales, es mantener bajo control al fenomenal aparato partidario de la populosa provincia de Buenos Aires. Se trata de un engranaje –aceitado por una liga de intendentes– que además de logística y despliegue territorial ofrece un cúmulo de votos subsidiados.

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