Marcas, huellas y gestos en un año memorable

Por Ricardo Forster *

La Argentina ha sido y sigue siendo un país extraño; no sólo por sus promesas incumplidas –al menos en la mayor parte de su travesía histórica–, aquellas que soñaron un futuro de riquezas infinitas en una tierra pródiga, mientras lo que se fue cumpliendo fue precisamente lo contrario: la acumulación de la riqueza en cada vez menos manos mientras se multiplicaron la desigualdad y la pobreza.

País insólito capaz de alimentar a centenares de millones de personas gracias a su clima estupendo y a sus recursos naturales invalorables, pero que deja en la indigencia y el hambre a varios millones de conciudadanos. País de intensos debates en el que nada acaba por resolverse, como si los espectros del pasado nunca pudieran descansar en paz, sus sombras persiguen la conciencia de los vivos recordándonos nuestras deudas impagas. País de contrastes, de enfrentamientos nunca saldados, de escrituras que recogen antiguas herencias para seguir pleiteando en el presente como si el ayer todavía pudiera exigir sus derechos, sus potestades ante una realidad que sigue en estado de indefinición. País de polémicas en el que se guarda, cada vez más pauperizada, la memoria de una época de equidades extraviada en las últimas décadas pero que sigue insistiendo en la experiencia de los más humildes como un testimonio de que la vida puede ser distinta porque efectivamente lo fue en el pasado.

Un país, entonces, de demandas insatisfechas que ponen en evidencia que la actualidad ha quedado por detrás de otro tiempo argentino. Un presente que nos recuerda que la intención, aunque sea escasa e insuficiente, por revertir la tendencia favorable a la apropiación de la renta por parte de los poderes económicos es y será furiosamente confrontada por esos mismos sectores una vez que dieron por concluida la “primavera” de los primeros años del gobierno de Néstor Kirchner. Este ha sido el sino desde el comienzo mismo de la presidencia de Cristina Fernández, enfrentarse a la insaciabilidad de las corporaciones económicas.

Tal vez por eso, por la persistencia de diversas memorias (memorias de la igualdad, de la distribución más equitativa de la riqueza en los tiempos del primer peronismo; memoria de los dolores, de los muertos insepultos, de una justicia todavía injusta; memorias políticas que hunden sus raíces en el lejano siglo XIX y que se proyectaron durante los 200 años de historia independiente que ya estamos a punto de celebrar), nuestra sociedad sigue ofreciéndose como una anomalía, sigue expresando su excepcionalidad a la hora de encontrar un modo de definirla o de explicarla. Somos arduos y laberínticos, seguimos caminos cuyos puntos de llegada se vuelven a transformar en puntos de partida.

Siguiendo estas huellas que atraviesan las geografías de la política y de la memoria, de la economía y de la cultura, quizás podamos comprender mejor las vicisitudes de un año que se cierra; vicisitudes extraordinarias que han puesto en evidencia gran parte de lo no saldado por nuestra sociedad; como si los diversos acontecimientos que atravesaron el 2008 tuvieran la virtud, para quien intenta pensarlos más a fondo y sin complacencias, de permitirnos desentrañar algo de nuestra excepcionalidad. Son excepcionales los acontecimientos que ofrecen, como si se tratase de un espejo invertido, la posibilidad no sólo de comprender la trama del presente sino, a su vez y de un modo deslumbrante, las significaciones de ciertas encrucijadas del pasado. Digo esto porque en el 2008 hemos visto de qué modo el conflicto desatado por la defensa a ultranza de la renta agropecuaria de parte de las organizaciones del campo generó un debate que volvió a apropiarse de palabras y conceptos en desuso al mismo tiempo que puso en evidencia el papel decisivo de las corporaciones mediáticas ya no sólo como empresas de la información y el entretenimiento sino como verdaderos actores de la puja político-económica en el interior de una época profundamente rediseñada por los lenguajes comunicacionales.

En la Argentina se volvió a discutir la olvidada cuestión de la renta y de su distribución; se polemizó sobre el rol del Estado, reiluminando la significación calamitosa de la era neoliberal desplegada entre nosotros por el menemato de los noventa; incluso se llegó a revisar el concepto mismo de riqueza entramada con el rol del ciudadano-consumidor; a eso se le agregó la persistencia de algunos giros discursivos que hicieron relevante la discusión en torno al prejuicio social y el racismo; se volvió a hablar de clases sociales incluso antes de imaginar la tremenda crisis que estaba por sacudir hasta sus cimientos el orden económico mundial. Pocas son las cosas que han permanecido fuera de la agenda de estos últimos meses en los que el terrorismo retórico de ciertos economistas del establishment tuvo que replegarse ante el derrumbe de casi todos sus supuestos ideológicos junto con la bancarrota de un modelo de capitalismo especulativo-financiero que determinó, durante más de dos décadas, el destino del planeta (en especial de los países periféricos convirtiendo a América Latina en un continente abrumado por el daño social infringido por las políticas emanadas del consenso de Washington). Pero lo que todavía no se ha derrumbado es la persistencia de un modelo cultural que logró transformar profundamente los imaginarios colectivos penetrando hasta los rincones más oscuros de la vida privada. Las conciencias fueron atravesadas por un núcleo simbólico-cultural que asoció los intereses del mercado y del neoliberalismo a las formas “naturales” de la existencia, casi convirtiéndolos en un equivalente a la lluvia o a cualquier otro fenómeno natural generando una esencial deshistorización de las actividades humanas haciendo del mercado y de sus ideologemas el eje de lo verdadero y absoluto.

Sería demasiado largo hacer una enumeración de los cambios operados en la conciencia individual y pública, pero sí es clave comprender que la dinámica inaugurada con la revolución neoconservadora en los años ’80 tuvo como eje principal esa captura de las conciencias; una captura motorizada alrededor de un reconocimiento central: la importancia decisiva de los lenguajes culturales a la hora de redefinir enteramente el orden político-económico. Y en esa decisión del sistema el papel de los medios de comunicación fue absolutamente relevante. Tal vez por eso la máxima dificultad a la hora de diseñar otro modelo de país y de sociedad, un modelo capaz de abandonar la lógica univalente del mercado y de regresar sobre el interés colectivo volviendo a hacer visibles a los invisibles de la historia, sea la potencialidad inédita de la máquina mediático-política para insistir en los lenguajes neoliberales como núcleos insustituibles de la vida cotidiana.

El año que se cierra fue pródigo en enseñanzas, nos permitió auscultar el fondo, muchas veces oscuro, de nuestra sociedad, de los valores hegemónicos que la rigieron desde la dictadura en adelante con escasas líneas de fuga; abrieron la posibilidad de comprender las persistencias, en lo más profundo de nuestras conciencias, de una lógica del prejuicio social y hasta racial; ofrecieron la oportunidad para reinstalar discusiones que parecían como saldadas pero que se vuelven fundamentales a la hora de proyectarnos hacia el Bicentenario. En fin, dejaron abiertos los surcos de un futuro capaz de reencontrarse con lo mejor del pasado (en especial con las experiencias de la equidad y de la distribución más justa de la renta nacional) pero también capaz de conducirnos hacia la repetición de lo mismo, es decir, de la desigualdad y de la intolerancia, de la continuidad, bajo otras formas y otras retóricas, de la lógica del mercado que arrasó con derechos y seguridades proyectando un modelo de sociedad articulada alrededor de la figura del ciudadano-consumidor, de aquel al que sólo le importa su bolsillo. Ojalá que el año que está por abrirse nos permita recuperar el hilo de la memoria en el interior de otros desafíos y de nuevas necesidades.

Algo de este espíritu se desplegó en la aventura iniciada por el colectivo Carta Abierta que vino a colocar una palabra diferente en la escena política argentina; una palabra que intentó desmarcarse de los lugares comunes y que buscó poner en cuestión el discurso hegemónico y homogéneo de los medios de comunicación, verdadera maquinaria puesta al servicio de los intereses de los dueños de la tierra y a la naturalización de los valores neoliberales. Carta Abierta fueron sus escrituras y sus asambleas, su decidido apoyo a un gobierno democráticamente elegido y a su intento de redistribuir la fabulosa renta agropecuaria. Pero CA fue también un colectivo cultural-político en el que se afirmó una voluntad de autonomía y de espíritu crítico que no dudó en señalar ciertos gestos espasmódicos y contradictorios del gobierno. Carta Abierta se constituyó como un colectivo integrado por gentes provenientes de diversas tradiciones culturales y políticas unidas, todas ellas, por un mismo ideal emancipatorio, por un común rechazo a la ofensiva de los sectores destituyentes que venían a intentar clausurar una etapa inusualmente rica e intensa de la historia argentina.

Así dejó algunas marcas y colocó algunas palabras entramadas en sus escrituras, palabras e ideas que le dieron otra fisonomía al debate político. Lejos del consignismo y de las frases altisonantes se prefirió horadar el sentido común poniendo en debate la constitución de una Nueva Derecha que, entre otras cosas, intentaba apropiarse de algunos símbolos y tradiciones que se guardaban en la memoria popular pero puestos al servicio de sus propios intereses. Carta Abierta comprendió, y eso más allá de las dificultades que se abren, el sesgo esencialmente cultural de la batalla política; de la necesidad de quebrar el discurso de esa derecha que se despliega a través de los dispositivos mediáticos y que hace carne en el sentido común.

Quizás el momento más extraño y elocuente del itinerario seguido a lo largo de estos meses por Carta Abierta haya sido su última asamblea del año, con brindis incluido, a la que llegó sin aviso previo y de modo totalmente espontáneo el ex presidente Néstor Kirchner acompañado por el secretario general de la Presidencia, Oscar Parrilli. Toda forma de protocolo fue dejada a un lado generando una inédita posibilidad de discusión franca y abierta entre los asistentes a la asamblea y uno de los hombres clave de este tiempo nacional. Mientras Kirchner esperaba su turno para intervenir en la asamblea y Oscar Parrilli se acomodaba como podía entre los asistentes, siguió con su intervención más que lúcida e interesante Diego Tatián, miembro de CA Córdoba. La escena era inusual y extraordinaria; algo de la lógica del poder, de sus formas y protocolos, se había quebrado mientras se iniciaba un diálogo fraterno entre el ex presidente y los asambleístas; algo desencajado de las prácticas políticas habituales en nuestro país y que venía a ofrecer un genuino acto de democracia efectiva, sin mediaciones; de una democracia construida entre palabras, escrituras y cuerpos que discutían sobre el país, sobre el pasado y el presente, que debatían los caminos a seguir. Fue un momento para atesorar, una rareza rayana en lo insólito que no dejó de instalarse en las vicisitudes de un año memorable. Puedo intuir la risa cómplice de Nicolás Casullo, su mirada pícara y rea, imaginando lo que dirían los cultores de “la calidad institucional”, aquellos que no se cansan en destacar el gesto descuidado y plebeyo de un gobierno que les resulta intolerable, entre otras cosas por ser portador de actitudes como las que tuvo Néstor Kirchner el sábado 20. Lo descentrado y lo inusual para ir cerrando un año pleno de acontecimientos. Marcas, gestos y huellas que seguirán perturbando la siempre enigmática realidad argentina, esa que nos recuerda su anomalía y su extrañeza, a la par que nos sigue mostrando de qué modo en su interior continúa expresándose el litigio por la igualdad. Veremos qué lenguajes y qué palabras intentarán encontrar el sentido de las cosas en el año que está por iniciarse.

* Doctor en Filosofía. Profesor de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA).

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