La marca de la transición

Por Carlos Pagni

La aceptación de la OEA de reincorporar a Cuba al Sistema Interamericano es, hasta ahora, el episodio más relevante de una larga transición: la de las relaciones entre los países de la región y el régimen cubano, y la que experimenta en su seno ese mismo régimen.

El levantamiento condicional de las restricciones que impedían a Cuba volver a la OEA se explica mejor a la luz de la emergencia, desde comienzos de siglo, de un conjunto numeroso de gobiernos de centroizquierda en América latina. Las principales cancillerías de la región programaron para sus presidentes durante el último lustro una incesante peregrinación que convirtió a La Habana en La Meca. Ese tráfico se explica no sólo en el interés por atenuar el aislamiento de los Castro. Esas visitas también abonaron el marketing doméstico de líderes como Michelle Bachelet, Luiz Inacio Lula da Silva, Tabaré Vázquez o Fernando Lugo -el último en llegar, anteayer-, sospechados por sus seguidores más antiguos de haberse rendido a las prescripciones del mercado y la política burguesa.

Para percibir el ritmo de esta estrategia basta comparar las trabajosas participaciones de Fidel Castro en las Cumbres Iberoamericanas de los años 90 -la única plataforma regional que se le ofrecía y en la que debió soportar las catilinarias de José María Aznar-, con el clamor que se oyó en la reciente Cumbre de las Américas de Trinidad y Tobago, donde todo el continente abogó frente a Barack Obama para que Estados Unidos levante el embargo contra la isla. En ese coro sobresalió la voz del secretario general de la OEA, José Miguel Insulza.

Esta transformación del nexo entre Cuba y la región está desde comienzos de este año sobredeterminada por el cambio en el vínculo entre ese país y Estados Unidos.

Entre los escasos documentos de política exterior con los que se manejó Obama durante su campaña -las encuestas siempre lo encontraron rezagado en esa materia frente a su contrincante John Mc Cain- hubo uno que recomendaba modificar la relación con el régimen castrista.

El discurso de Barack Obama sobre Cuba se basó en ese programa y no le impidió ganar en Florida y casi empatar entre los hispanos de Miami. Esos resultados fueron la prueba áurea de que se podría girar respecto de La Habana sin pagar costos internos demasiado altos.

Por otro lado, los jóvenes militantes de la causa anticastrista de Miami, encabezados por Jorge Más Santos, sostienen posiciones más contemporizadoras que sus padres. Más Santos, por ejemplo, financió el proselitismo demócrata que anticipaba el descongelamiento.

Los cambios en la relación con Cuba son la otra cara de los cambios en Cuba. Raúl Castro lidera la transición hacia un modelo de capitalismo administrado, más cercano al modelo chino -en el que el aparato de defensa funciona como columna vertebral- que al "socialismo del siglo XXI" de Hugo Chávez.

De esta metamorfosis hubo señales internas y externas. Entre las primeras está la defenestración del canciller Felipe Pérez Roque y del vicepresidente del Consejo de Estado, Carlos Lage, el pasado 3 de marzo. Lage fue eyectado, casi con seguridad, por sus malas relaciones con el hermano de Fidel. Pero Pérez Roque se alejó, al parecer, por su excesiva propensión bolivariana.

Las diferencias entre el menor de los Castro y Chávez son tan evidentes que hay quienes fantasean con un duelo por la herencia de Fidel.

Más cerca de Brasil

La disidencia quedó al desnudo cuando el presidente de Cuba encomendó a Brasil y no a Venezuela la representación de su país en la cumbre de Trinidad y Tobago. Estos indicios rituales se corresponden con otros de fondo.

Los Castro se han cuidado de no contaminar su política internacional con dos fenómenos que constituyen el pasa/no pasa de la diplomacia norteamericana y occidental: el narcotráfico y el terrorismo fundamentalista. Una disonancia evidente con el emir bolivariano, sospechado por sus vinculaciones con la narcoguerrilla colombiana de las FARC -sus huellas digitales quedaron demasiado marcadas en el ordenador del finado Raúl Reyes- y por su alianza con el régimen iraní de Mahmoud Ahmadinejad.

Por eso es posible que a varios gobiernos de la región les moleste más compartir la OEA con Chávez que con Castro.

Esas abstenciones cubanas facilitaron el reacercamiento con Estados Unidos. El representante del Departamento de Estado en las negociaciones ha sido el subsecretario para las Américas y próximo embajador en Brasil, Thomas Shannon. Sus interlocutores fueron los diplomáticos de Cuba que se alojan en la embajada de Suiza en Washington.

Shannon fue quien ayer, en la cumbre de cancilleres que removió el veto a Cuba, consiguió que figurara, como condición del regreso, un proceso de diálogo y negociaciones "en conformidad con las prácticas, los propósitos y los principios" de la OEA. La diplomacia estadounidense, junto con otras de la región, fijó esos requisitos a pesar de la resistencia del club bolivariano -Venezuela, Ecuador, Nicaragua y Bolivia-, que sólo los aceptó a cambio de que se mencionaran también los principios de autodeterminación y no intervención.

Este juego de fuerzas entraña un enigma: hasta qué punto Chávez facilita o entorpece la estrategia regional de Raúl Castro. Y otra incógnita, más densa: en qué medida Fidel Castro, quien ayer volvió a denostar a la OEA, desautoriza la política de su hermano o despliega un doble juego.

En la Argentina se puede encontrar una pista. Antes de partir rumbo a Trinidad y Tobago, Cristina Kirchner recibió a Alejandro González Galeano, el canciller de Cuba. Según fuentes bien informadas, González Galeano llegó con un novedoso pedido: que el gobierno argentino ayudara a moderar el febril discurso antinorteamericano del presidente de Venezuela.

Magnífica señal de la mutación que se vive en la región: hace seis años, el que les pedía a los Kirchner que contuvieran a Chávez era George W. Bush.

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