La marca del estilo

Por Natalio Botana

En estos comienzos de año, tal vez sería oportuno armar un montaje teatral distribuyendo en el escenario los discursos que a diario invaden la escena. Pequeño mundo: la delantera de la escena estaría ocupada por los abundantes mensajes de la Presidenta; un poco atrás, ubicados los protagonistas en una plataforma saliente, el espectador recibiría el impacto de varias arengas que se descargan al modo de un juicio de instrucción; más apagadas, en el fondo, otras voces discretas harían las veces de un coro menos relevante.

Asistiríamos de este modo a un combate que se traba entre, por un lado, un ex presidente que vocifera contra las traiciones y conjuras mediáticas de sus enemigos y, por otro, las respuestas de quienes lo acusan en sede judicial de ser cabeza de una asociación ilícita. ¿Qué tendencia lleva las de ganar en este torneo belicoso? No sabemos aún cuales actores, en el futuro próximo o lejano, habrán de caer del pedestal, pero en todo caso, si nos atenemos a las actuales circunstancias, el gran perdedor es el estilo de nuestra democracia.

Con esto pretendemos aludir a un hecho recurrente. Cuando las palabras se visten con ropaje guerrero, algo anda mal en la realidad subyacente y en los comportamientos que ella oculta. Un discurso recíproco, forjado a golpes de traidores, enemigos y corruptos, no es un buen preámbulo para avizorar juntos, en un contexto mundial nublado por la crisis, el perfil del buen gobierno republicano. Es, más bien, una cacería de culpables. De este modo, el estilo político adquiere su más dura y originaria acepción: un punzón que escribe relatos sobre materias resistentes.

Provistos de las experiencias del pasado, teóricas y prácticas, sería absurdo negar la carga agonal inherente a la acción política. También errarían el blanco aquellos que recomiendan esgrimir el estilo propio de la ambigüedad (ya reconocía Aristóteles en su Retórica que esos estilos se difunden "cuando no se tiene nada que decir y se finge que se dice algo"). Estas advertencias, arropadas por milenios de reflexión política, son en gran medida verosímiles. Sin embargo, habría que preguntarse si, entre uno y otro extremo, quedan todavía espacios en el centro para encarrilar las cosas de una manera más racional; pertrechos de prudencia, en suma, con la virtud de encauzar las pasiones hacia las metas del bien general.

El problema, entonces, no sólo radica en el exceso de las palabras, sino en la madeja de conductas que van cavando en la existencia cívica un depósito de impunidades. Estos vínculos se realimentan y concluyen forjando también el depósito más vasto, por cierto no menos dañino, del descreimiento. Con estos condimentos, los comicios de este año corren el riesgo de transformarse en una batalla hiriente entre unos contrarios que, paradójicamente, no logran suscitar la confianza de la ciudadanía.

Habitualmente, los estudios electorales miden las motivaciones con arreglo a la tradición, a los valores o al cálculo utilitario, que guían la emisión del voto. Tal vez valdría la pena detectar el factor de resignación que asimismo alimenta no pocos de nuestros comportamientos.

Estas actitudes no son novedosas, pero si la corrupción sistémica sigue en aumento, mientras se descubren sus redes ocultas en el presente y en el pasado inmediato (me refiero al escándalo que desde su sede central proyectó sobre nuestro país la empresa alemana Siemens), seguirán prendiéndose luces rojas en el recorrido de la democracia. Aquí habría que trazar la raya de otro "nunca más" so pena de que la corrupción en la democracia se convierta en corrupción de la democracia.

Esta última observación evoca, felizmente, en las nuevas generaciones, un espejo lejano. Ellas no imaginan que la democracia pueda caer. Aun así, no hay que pronunciar elogios desmedidos y admitir que las diferentes formas de la corrupción están siempre al acecho.

Hace pocas semanas Julio María Sanguinetti publicó un libro ejemplar ( La agonía de una democracia. Proceso de la caída de las instituciones en el Uruguay, 1963-1973 ) en el cual expone, a través de una narración atrapante, el desenvolvimiento de la violencia política de la guerrilla que terminó provocando, en una tierra templada por la calidad cívica, el ascenso de una violencia simétrica en la forma de una dictadura militar.

Este juego de tenazas se inscribe en lo que Raymond Aron llamó la corrupción ideológica de los regímenes constitucional-pluralistas: el momento que presagia la tragedia en que un segmento de la ciudadanía opta por la violencia y se niega a plegarse al método pacífico de transferencia del poder mediante elecciones. Hoy, esta clase de corrupción ideológica del régimen representativo es muchísimo más débil que la que asoló a las democracias rioplatenses hace cuarenta años.

Luego de tanto dolor, algo hemos aprendido. Pero si bien esas ideologías parteras de la violencia son asunto del pasado (de un pasado, por otra parte, que en nuestro gobierno no quieren reconocer en su compleja causalidad), hay otro tipo de corrupción más sutil, que encadena al poder con sus sobornos, prebendas y protecciones particulares, y al mismo tiempo lo hace objeto de una retórica hecha de dicotomías absolutas. Una democracia que divide a sus actores entre titulares de la virtud y agentes del vicio es una democracia fracturada que no acierta a recrear una base mínima de moralidad.

Choque de realidades y choque de estilos: éstos no son los mejores auspicios para internarse en un año de elecciones. ¿Habrá que llegar a conclusión de que la dialéctica amigo-enemigo es la costumbre política más arraigada en la Argentina? Quizás exageramos adrede, ante la perspectiva que ofrecen los estilos que hemos recapitulado. A ello concurre una fragilidad institucional tan ostensible que conduce a dudar acerca de la transparencia de los comicios y a reclamar, en consecuencia, veedores internacionales (lo que, por ahora, no ha sido aceptado).

Los cruces entre las denuncias de corrupción ligadas a la inmunidad y la debilidad de las instituciones son propicios para que prosperen estas visiones agónicas de la política. Todo se acaba, el hundimiento y la catástrofe, para que de esas ruinas renazca un universo distinto sin contactos con el anterior. Son las consignas que propala el Gobierno desde hace un quinquenio y las que replican algunos opositores.

Esta es otra cara de la dialéctica amigo-enemigo. La democracia, en cambio, defiende el concepto más modesto y menos estridente de que las victorias, siempre parciales, deberían terminar con el gobernante derrotado yéndose con tranquilidad a su casa. Entre nosotros, lamentablemente, algunos ex gobernantes deben dar vueltas por los tribunales de justicia a la espera de procesos y sentencias.

Un argumento pesimista podría alegar que estas virulencias son representativas de una sociedad también virulenta. Habrá que ver, pero, mientras tanto, convendría tener en cuenta a los presidentes de nuestras repúblicas hermanas que abandonaron el gobierno con dignidad. Lo hicieron así porque, entre otras cosas, juzgaron que la política, preñada sin duda de conflictos y pasiones, reclama con urgencia practicar el arte de la paz. Acaso sea ésta la posibilidad entrevista por quienes aguardan en silencio: la del estilo sereno que troca la iracundia por la razón constructiva.

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