Maradona o la prescindencia

Por A. Wall.

Se abrazó a Fidel, protestó contra Bush y apoyó a Evo. Ahora parece que la marea lo acercó a las orillas kirchneristas. A pesar de sus contradicciones, verlo tomar partido es preferible a la mediocridad de los que siempre prescinden

En esos días, Bolivia estaba sola. Milton Melgar todavía era secretario de Deportes y luchaba contra la discriminación de la FIFA, que había vetado el fútbol en La Paz por ser una ciudad del altiplano. Apenas lo acompañaban algunas declaraciones políticamente correctas de los dirigentes sudamericanos, siempre esquivos a enfrentarse con el poder central. Hasta que un día apareció Maradona: subió a la alturas coyas, a las alturas aymaras, se abrazó con Evo Morales y desde arriba le pidió a Joseph Blatter que se dejara de joder: “No sabe lo que es jugar al fútbol, nunca pateó un penal”. La frase recorrió el mundo en lo que se tarda en hacer un doble click de mouse. Y Melgar no pudo dejar de entregarse a la sorpresa de ver cómo Diego le ahorraba tantas batallas.

Maradona suele barrenar las olas de la política con cierta fascinación. Es posible que la marea, de tanto en tanto, lo lleve hacia orillas distintas. Esas contradicciones, al cabo, son las mismas que una gran parte de esta sociedad albergó con mayor hipocresía: Maradona jamás renegó de sus palabras ni intentó borrar el archivo ni dijo que no lo votó ni se inventó una historia de lucha en alguna provincia patagónica ni quiso ser la vanguardia de una revolución socialista. Y sin embargo, siempre metió los pies en el charco. ¿Cuántos personajes del tamaño de Maradona tienen esa costumbre? Bueno: ya es difícil encontrar un personaje del tamaño de Maradona. Pero aun así, suponiendo que uno lo encuentra y que lo tiene ahí y que es como Maradona, no hallará más que prescindencia. O peor, si pensamos que ahí nomás está Pelé.

Maradona no es prescindente. Y eso, en la era de la posmodernidad, es una virtud. Algunos medios dijeron por estos días que había vuelto a Villa Fiorito. Error: nunca dejó de ir. Su novia, de hecho, también es del barrio. Con esa autoridad, lo cacheteó al intendente de Lomas de Zamora, que debió tragar saliva cuando escuchó: “Acá cae una gota de agua y no se puede pasar. Le pido que se comprometa a asfaltar”, reclamó. Porque Diego no se subió al palco sólo para la foto. Maradona no es, por dar un nombre, el Coco Silly. Y ahí dijo lo del orgullo villero, una reivindicación de clase a la que pocos se animarían.

La rebeldía, o al menos ese espíritu provocador, habrá nacido en los ochenta. Ocurrió hace más de veinte años, cuando Diego peleaba por los derechos de sus compañeros del Napoli. El presidente del club, Corrado Ferlaino, sorprendido por la radicalización del jugador, lo increpó:

–¿Usted quién se cree que es, el Che Guevara?

–Y, puede ser –respondió Maradona.

De ahí en más debió dar explicaciones a la prensa italiana acerca de su nueva simpatía. “Veo su cara en las banderas, en las marchas, y me conmueve, así que empecé a interesarme por saber quién era ese argentino.” Todavía no tenía el tatuaje en el hombro derecho.

Su relación con Cuba empezó después del Mundial de México. Los periodistas Carlos Bonelli y Pablo Llonto le llevaron a su departamento de la avenida del Libertador una invitación de Prensa Latina, que lo había elegido como el mejor deportista del año. Diego aceptó a cambio de llevar muchas mujeres: la Tota, la Claudia, la Dalma. Un día, caminando por las calles de La Habana, bajo el sol caribeño, le comentó a Bonelli: “¡Qué fenómeno este país! No vi ni un pibe descalzo”.

Después se abrazó a Fidel, se calzó una gorra de comandante y defendió a Cuba en todas las tribunas que tuvo a disposición. Y junto a Hugo Chávez, Hebe de Bonafini y Evo Morales, se subió a un tren con destino a Mar del Plata para frenar el avance de George W. Bush. Ese coqueteo con las izquierdas, que algunos le atribuyen a su preparador físico Fernando Signorini, le valió, incluso, la desconfianza de la CIA, el odio de los gobiernos yanquis, que aún le niegan el ingreso a Estados Unidos.

Diego tuvo intervenciones políticas con las que logró provocaciones más intensas de las que consiguieron muchos intelectuales. Con una simpleza irreverente, le dio una estocada nada menos que a Juan Pablo II, contándole el oro que el Vaticano guarda en sus paredes. Y cuando volvió a advertir que tal vez sus compañeros no la pasaban tan bien como él, se dedicó al armado de un sindicato de futbolistas. Tampoco le tuvo miedo a Clarín, el monstruo al que tantos temen y al que él le negó la palabra durante años en solidaridad con un delegado despedido. No digan que no es extraño. Mejor: digan lo que quieran, pero Maradona no tenía ninguna necesidad, como no la tenía el día que caminó hasta la Plaza Congreso para repudiar el ataque terrorista a la AMIA. Lo hizo escondido bajo un paraguas para que la multitud no lo reconociera. No quería que dijeran nada sobre él; quería ser uno más.

Ahora, parece, dicen, hay algunas fotos que lo confirmarían, que esta vez la marea lo acercó a las orillas kirchneristas. Algo tienen en común: los une el espanto –o algo así– hacia Eduardo Duhalde. Y podrá caerle mal a muchos, podrán resultar revulsivas sus compañías y, sin embargo, verlo tomar partido, aun en sus contradicciones, aún en sus quilombos, aun cuando pueda haber quedado manchado del salpicré menemista, aun con todo eso, es interesante. Y preferible a la mediocridad de los que siempre prescinden.

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