Del manual K.

La decisión política de congelar tarifas a pesar de la devaluación y los nuevos costos, subsidiar a algunos sectores y generar un estado de cosas mágico, irreal, con las empresas concesionarias en el papel de los monstruos de una película de terror, es un clásico del manual K.
Modelo que se replicó en Mendoza. En ese proceso anestésico nadie ignoraba el muerto del armario. Cuando Julio Cobos se fue embelesado por su acuerdo con K y llegó Celso Jaque en nombre de Cristina, ahí estaba la brasa enrojecida del agua y las cloacas.

Jaque venía con la idea de reestatizar OSM "si los concesionarios no invertían" o comprar la parte del paquete accionario de los franceses y sus socios, un 32 % cada uno (el Estado mantenía el 20 % accionario), para después encarar las obras impostergables con el Estado como accionista mayoritario y operador. La Legislatura lo paró.

Que OSM se iba a caer devastada en manos del Estado o de sus amigos de la "burguesía nacional" (en este caso local) estaba cantado. Pasó con empresas nacionales de servicio.

Las culpas se las disputaban conducciones políticas que no quisieron nunca pagar el costo de afrontar la realidad devaluadora e inflacionaria, otorgando tarifas adecuadas a los concesionarios, dentro de en un proceso razonable. Hoy el muerto les cae en las manos, ya con mal olor.

Y el tratamiento tarifario inevitable -que pudo ser gradual y razonable- es ahora un golpe traumático y de tipo shock. Los empresarios insisten en que no obtenían los réditos imaginados en 1998 cuando pagaron 160 millones de dólares por la vieja estructura de OSM.

Entonces, no pusieron lo necesario en las redes, se asentaban con el canon debido al Estado y esperaban el final inevitable. Abajo, la víctima, el usuario, pidiéndole al Estado -el responsable máximo, a pesar de la concesión privada- que asuma su función esencial como garante del servicio.

Esta entelequia tenía un final previsible: sin la rentabilidad imaginada, las empresas no harían las inversiones impostergables, el servicio se deterioraría, los concesionarios extranjeros huirían a sus pagos (como los franceses de la anterior Edemsa) y el filo hilo del usuario se cortaría irremediablemente.

La película es de blanco y negro. Las empresas caen devastadas como trastos viejos en manos del Estado o de sus amigos interesados ("El Estado, podría negociar con algunos de los otros grupos de OSM para darle la operación técnica que actualmente tiene Saur y que esta empresa no renueve el contrato", dijo ayer el nuevo Interventor).

Mientras, los servicios se corroen como los del Tercer Mundo (estamos hablando de cloacas y agua potable) y los gobiernos se ven en el trance de hacerse cargo del muerto, endeudarse para poner plata que no tiene y dispararle con la ametralladora de tarifas al usuario. O negociar con amigos dispuestos.

Un clásico K. Si "la realidad es la única verdad", el sistema de aguas y cloacas canta la verdad: está colapsado. Los franceses, con las valijas hechas, culpando al Estado por cínico y demagógico, el Gobierno imputándole su desgracia a los "perversos que ganan y no invierten un peso". La oposición enrostrándole al Barrio Cívico apelar a la intervención "por vocación reestatizante". Abajo, el vecino, con servicios del bajo mundo y mañanas de shock tarifarios.

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