Malsana escalada de escraches

Por: Ricardo Roa

El Gobierno justificó el adelanto de las elecciones en la crisis internacional o, más precisamente, en que el país no toleraría tanto tiempo embretado en contiendas partidarias. La explicación detrás de la explicación es otra: el largo desgaste que el kirchnerismo sufriría hasta octubre y el temor a la derrota.

Pero como tantas otras cosas, también adelantó la crispación política. Desde luego, con mucho aporte propio. Entramos de lleno en la hora del escrache. Los hay desde hace mucho. Pero ahora potenciados por la batalla electoral. Y si nadie los para, también se hará largo el camino hasta el 28 de junio elegido por el Gobierno.

Hay para todos los gustos. Los que pegan en la oposición y los que salpican al kirchnerismo. Activistas docentes manifestaron frente a la vivienda de Gabriela Michetti, la segunda de Macri en la Ciudad. Y en Resistencia, Chaco, pintaron todo el frente de la casa del hijo de Elisa Carrió. Graffitis agresivos e intolerantes. Todo porque, según quienes los pintaron, ella se reune allí con la Sociedad Rural. Con la misma lógica, debieran enchastrar las casas de De Vido y de Randazzo, que también hablan con la Rural (ver Se extiende la moda del escrache, una peligrosa forma de intolerancia).

No es una práctica sólo del bando kirchnerista. Antes hubo huevazos contra el diputado oficialista Rossi en Santa Fe y ahora amenazas contra el cordobés Canteros por la misma razón: defender al Gobierno en el conflicto del campo. La política vaciada y reducida a simple patoterismo.

Los partidos y la propia Democracia existen precisamente para abolir la fuerza como metodología. Hacer política es -debería ser- argumentar y confrontar sin violencia. Nadie puede pretender convertirla en un juego de señoritas o en ejercicio académico. Pero todo escrache, venga de donde venga, huele a fascismo.

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