El malestar de las naciones

El malestar de las naciones
Por Carlos Escude

Un malestar embarga al mundo, es la aflicción por la legitimidad del orden. ¿Cuál es el principio que debe pautar lo que se aprueba como bueno y lo que se condena como malo en las relaciones entre pueblos y naciones?

¿Debe ser "universalista", en el sentido de reconocer el derecho de todas las culturas y regímenes a contribuir por igual a establecer normas? ¿Debe ser "realista", en el sentido de admitir que las diferencias de poder entre estados hace inevitable la desigualdad de derechos en la administración del orden? ¿O deben rechazarse ambos criterios, optándose por un "idealismo" que acote lo legítimo a aquello que una ética democrática tiene por bueno?

El criterio tradicional es el universalista. Privilegia la soberanía y autodeterminación de los estados reconocidos. Su estandarte es la regla: "un Estado, un voto". La Liga de las Naciones lo adoptó desde su fundación, en 1919, y actualmente rige en la Asamblea General de las Naciones Unidas. Muchos lo consideran democrático, aunque esa caracterización está cuestionada.

El criterio realista es el que primó cuando la Carta de las Naciones Unidas estableció un Consejo de Seguridad con cinco miembros permanentes dotados de poder de veto. La ONU se convirtió así en una organización en la que conviven dos principios de legitimidad.

El oligopolio del Consejo de Seguridad respondió a una lógica de hierro. Si se quiere fundar una organización que vele eficazmente por la paz, y existe un pequeño grupo de países cuyo poderío puede destruir el mundo, el nuevo organismo debe reconocer un poder de veto de jure a las grandes potencias que, de facto, pueden desbaratar cualquier resolución, ya que nada les puede ser impuesto.

Finalmente, el criterio idealista responde a principios que jamás han primado en el mundo real, pero que fueron promovidos por hombres tan ilustres como el presidente norteamericano Woodrow Wilson. Su ilusión era que la Primera Guerra Mundial hiciera al mundo "más seguro para la democracia" y que la Liga de las Naciones se constituyera como concierto de democracias. Según los adeptos a esta línea, el criterio universalista vacía de contenido a la legitimidad porque pone a los despotismos más terribles en un pie de igualdad con las democracias.

Como sabemos, la utopía de Wilson no se concretó. La Liga incluyó a las dictaduras más infames, que luego se dieron el lujo de abandonarla con un portazo. Su lenta desintegración fue presenciada por Clarence Streit, un intelectual devenido en corresponsal de The New York Times . Su best seller de 1939, Union Now , fue lectura obligatoria para generaciones enteras de estadistas norteamericanos y británicos. Embebido en ideas kantianas, Streit fue un defensor de la hipótesis de que las democracias deben unirse frente a los autoritarismos. Partiendo de la premisa de que "la libertad viene primero y la paz le sigue", sostuvo que las dictaduras deben quedar excluidas de la organización internacional.

La Guerra Fría, con su realismo, eclipsó estas ideas. Pero pocos años después del colapso de la URSS, éstas resurgieron en el más alto nivel político bajo el influjo de Bill Clinton y su secretaria de Estado, Madeleine Albright. En 2000 ésta lanzó en Varsovia una organización intergubernamental, la Comunidad de Democracias, que aspira a operar como bloque en las Naciones Unidas para defender principios frecuentemente traicionados.

Simultáneamente, desde las más diversas vertientes ideológicas, en el mundo entero se multiplicaron las críticas a la ONU. Para los halcones realistas, ésta no es eficiente a la hora de garantizar la paz o intervenir militarmente para salvaguardarla. El veto de una gran potencia frecuentemente la paraliza, "obligando" a la adopción de políticas unilaterales.

Por su parte, los universalistas sostienen que la Organización no es suficientemente "democrática" porque el Consejo de Seguridad es ajeno al principio de "un Estado, un voto". Claman por el cambio de estas reglas de juego, o en su defecto por la inclusión de más estados entre los miembros permanentes del Consejo.

Finalmente, los adalides de la democracia liberal arguyen que es precisamente porque el principio de "un Estado, un voto" rige en la Asamblea General, que en 2003 un país autoritario como Libia pudo presidir la Comisión de Derechos Humanos de la ONU. El Consejo de Derechos Humanos, que en 2006 reemplazó a la Comisión, no parece mejor: una de sus primeras medidas fue eliminar las investigaciones especiales de la situación de derechos humanos en Cuba, Belarús, Myanmar y Corea del Norte. Según estos críticos liberales, la membresía de un gran número de países autoritarios en la ONU conspira contra la vigencia de las libertades cívicas. La democracia entre estados estaría opuesta a la verdadera democracia, que es la de los derechos humanos individuales.

Esta es la tesitura que, sin dominar, está cobrando fuerza en Estados Unidos. Un documento representativo es el informe final del Proyecto Princeton, sobre seguridad nacional, de fines de 2006; fue el producto de una iniciativa conjunta de los dos grandes partidos políticos, que incluyó a gurúes del gobierno, universidades, empresas y ONG. Fue copresidido por George Schultz (secretario de Estado de Ronald Reagan) y Anthony Lake (alto funcionario de Clinton y actual asesor de Barack Obama en política exterior), y codirigido por dos reconocidos académicos, John Ikenberry y Anne-Marie Slaughter. Propone la negociación de un tratado multilateral para lanzar un nuevo organismo intergubernamental acotado a las democracias. John McCain, el derrotado contrincante de Obama, se apresuró a endosarlo.

El arco ideológico entusiasmado por esta movida es sorprendente: desde demócratas como Clinton hasta neoconservadores como Robert Kagan. Por motivos diferentes, tanto los idealistas campeones de la democracia liberal como los halcones realistas convergen en su rechazo del principio "un Estado, un voto". Si las Naciones Unidas fueran reemplazadas por un "concierto de democracias" similar al que propone el informe, países como Libia jamás podrían presidir su comisión de derechos humanos, a la vez que, en asuntos de guerra y paz, el organismo no estaría muy a la izquierda de la OTAN. Lo primero satisface a los progresistas idealistas y lo segundo a los halcones neoconservadores.

Es así como, el 6 de agosto de 2007, ya en plena campaña presidencial, Ivo Daadler, otro asesor de Obama e influyente analista de la Brookings Institution, firmó una nota de opinión junto con Kagan en The Washington Post , titulada La próxima intervención . Según los autores, la legitimidad de una intervención militar en el extranjero no requiere de la sanción de unas Naciones Unidas obsoletas, sino del concierto de las democracias. Y otra publicación de Daadler, en este caso en coautoría con James M. Lindsay, porta el resonante título Democracias del mundo, uníos .

Dada esta confluencia, ¿puede sorprender que Robert Gates, el secretario de defensa de George W. Bush, permanezca en funciones bajo Obama?

El autor es sociólogo y licenciado en Ciencias Políticas

Comentá la nota