Por Maximiliano TomasAdivina, adivinador: ¿qué gran artista decía en un tema de los años 80 "Sergio, Omar / Quiero dinero, quiero dinero / Helmut, Omar / Quiero dinero, quiero dinero / ¡Quiero, quiero, quiero, quiero, quiero!"?
Si la dicotomía entre literatura y mercado ya no parece resultar tan interesante, quizá sería importante volver a pensar la relación, necesaria pero antitética, entre dinero y literatura
La revista mexicana Letras Libres le dedica el dossier de su último número a este tema, con el título "Cultura y dinero". Hay un artículo que relata cómo Sor Juana administraba los bienes del convento de San Jerónimo, otro donde se habla de la errática vida laboral de Juan Rulfo y un tercero que glosa el contenido de un libro llamado Trabajos forzados. El ensayo, publicado en España en 2011 y firmado por Daria Galateria, se dedica a inventariar los oficios y labores que desempeñaron algunos autores destacados de la literatura moderna y contemporánea. Raymond Chandler, encordador de raquetas de tenis. Boris Vian, trompetista. Jack London, policía de patrullas pesqueras. Bruce Chatwin, subastador, Charles Bukowski cartero, Dashiel Hammet investigador privado, T.S. Eliot empleado bancario y Franz Kafka agente de seguros. Ninguno de ellos, al menos en un principio, proyectó convertirse en un escritor profesional (o en una de sus peores versiones: el escriba a sueldo del poder político), o en obtener dinero por el resultado de su escritura. El trabajo funcionaba como la vía de sostenimiento de la creación literaria, el salario como la manera de comprar tiempo libre para escribir.
En su último libro, Plano americano , Leila Guerriero recopila veintiún retratos de escritores y artistas, entre ellos Guillermo Kuitca, Lucrecia Martel, Martín Kohan, Facundo Cabral, Nicola Costantino, Marta Minujín, Ricardo Piglia, Hebe Uhart, Idea Vilariño y Sara Facio. Poco se puede agregar a esta altura al excelente trabajo periodístico de Guerriero, convertida en una Truman Capote vernácula, sin la veleidad o el ansia de figuración del autor de Retratos. Guerriero le dedica horas, días, semanas o meses a sus entrevistados, habla con sus amigos y familiares, y logra hacer interesante a casi cualquier personaje que se cruce en su camino. Lejos del arrebato yoico de los cronistas actuales, y al mismo tiempo a distancia de cualquier pretensión de objetividad, su mirada funciona como un espejo perfecto, incluso como una Cámara Gesell: a través de sus ojos y de sus preguntas, conocemos en profundidad a sus entrevistados, que en algún momento se olvidan de la presencia de Guerriero y dejan traslucir sus ideas, sueños y temores más profundos.
No es lo mismo el precio de mercado de una obra de arte cualquiera (una novela, una sinfonía, un cuadro, una película) que su valor
En varias de esas piezas, el tema del dinero aflora con su potencial concreto y simbólico. En el deslumbrante texto sobre el poeta chileno Nicanor Parra, Guerriero escribe: "Hace un tiempo le propusieron participar de un aviso publicitario para una campaña que apoyaba el consumo de leche. Como sabía que Shakira formaba parte del proyecto, escuchó la propuesta y dijo que quería cobrar lo mismo que ella (.) Al parecer, cobró, por treinta segundos de publicidad, treinta mil dólares. Desde entonces, cada vez que lo invitan a dar una conferencia, dice que su tarifa es de mil dólares por segundo. Se sabe que a un editor llegó a pedirle un adelanto de cuatro millones de dólares, con el argumento de que eso era lo que había cobrado Clinton por escribir su biografía 'pero yo soy más importante, porque los políticos pasan, pero los poetas quedan'. Su interés por el dinero podría ser una rémora de aquella juventud de privaciones, o una forma de hacerse inalcanzable, o una conciencia muy contemporánea de cuál es su valor".
En el retrato de Rodolfo Fogwill, el escritor argentino declara, en cierto momento: "Hay que tener plata". Guerriero le pregunta para qué. "Para no preocuparse por la guita", responde Fogwill. "No me gusta cuando no tengo guita. Me siento revelado en mi verdad, y no quiero". Sobre el final de la crónica, el autor de Los Pichiciegos vuelve sobre el tema del dinero y la creación: "Nunca escribo más de cuarenta minutos. No hay guita que pague la producción de un libro. Una novelita, tipo La experiencia sensible, me lleva ocho meses. Si me encierro a laburar ocho meses, nadie me va a pagar veinte mil dólares, salvo que sea una obra maestra. Y yo no voy a hacer una obra maestra. Ni quiero".
La cuestión que señala Fogwill es central, ya que por supuesto no es lo mismo el precio de mercado de una obra de arte cualquiera (una novela, una sinfonía, un cuadro, una película) que su valor. ¿Cuál sería el valor de El ciudadano, de En busca del tiempo perdido, de Kind of blues ? ¿Cómo se mide ese valor? ¿Quién estaría en condiciones de pagarle a un escritor, a un músico, a un pintor el verdadero valor de su trabajo? Si la dicotomía entre literatura y mercado ya no parece resultar tan interesante (porque el mercado no existe, o porque su existencia no debería preocupar a nadie, mucho menos a los escritores), quizá sería importante volver a pensar la relación, necesaria pero antitética, entre dinero y literatura..


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